viernes, 13 de diciembre de 2013

Dos películas con dos directores opacados


Cuando hablamos del término «cine de autor» esto conlleva a hacer referencias sobre universos personales de directores de cine, generalmente haciendo reconocibles las películas a nivel formal y en cuanto su contenido. De esta manera, uno puede detectar que tal o cual película es de tal o cual director sin mirar los títulos de crédito, tan sólo observando algunos fotogramas del filme. Así, uno cuando observa secuencias de suspense, con una estética cinematográfica refinada, con ambientaciones de estudio, con protagonistas rubias y actores de primera clase, invariablemente se estará observando una película del gran Alfred Hitchcock. También, si observamos una narrativa con planos temporalmente prolongados, en donde se hace referencia directa e implícita al cristianismo, en donde los hilos conductores de las narraciones clásicas no son respetados, con una preocupación en la composición de imágenes palpable y ambientaciones en Rusia, seguramente estaremos reconociendo una película del cineasta soviético Andréi Tarkovski.

Sin embargo, hay dos películas que me llaman la atención ya que, cuando las vi, reconocí esos universos personales que definen al «cine de autor» y,  sin embargo, no son dirigidas por quienes se supone deberían ser los directores.

El tercer hombre

Rodada en 1949, en clave de cine negro, El tercer hombre trata sobre la llegada de un literato en decadencia (Joseph Cotten) a la ciudad de Viena, en donde su amigo Harry Lime (Orson Welles) lo llama para ofrecerle un trabajo. Sin embargo, justo cuando el personaje que interpreta Cotten llega a la capital austriaca, Lime es asesinado misteriosamente, por lo que progresivamente irá descubriendo que el finado tenía ligas con grupos criminales, desenmarañando una misteriosa intriga en la que también aparecerá el amor.



Al ver El tercer hombre me sentí como si estuviera apreciando una obra firmada por ese genio del cine llamado Orson Welles (Ciudadano Kane, 1942) ya que la trama, la puesta en escena, los encuadres, las atmósferas y la dirección de actores me llevan a relacionar esta película con otros títulos de este cineasta como La dama de Shanghái (1947) o El proceso (1962), en donde predominan las historias laberínticas, la estética expresionista y desenvolvimientos histriónicos notables, coincidiendo las tres con la aparición de Welles como actor. Sin embargo, la ficha filmográfica de El tercer hombre nos dice que fue dirigida por ese capaz director inglés llamado Carol Reed, responsable de títulos tan disímiles como el drama circense titulado Trapecio (1956) o el musical Oliver (1968), adaptación de la novela Oliver Twist de Charles Dickens.

El tercer hombre tiene como guionista al escritor británico Graham Greene, quien ajusta muy bien su historia a la visión cinematográfica que Welles siempre imprimió a sus películas.

Yo no tengo dudas de que Orson Welles tuvo mucho que ver en la realización de El tercer hombre, más allá de que en los créditos digan que es una película de Carol Reed.

Sueños de un seductor

Si con El tercer hombre uno llega a pensar que Orson Welles es el director y no Carol Reed, con Sueños de un seductor (1973) la confusión es total, pues se trata de una película retomada de una obra de teatro escrita y montada por el propio Woody Allen, sobre la cual también escribió su guión para cine.



La cinta va de un fracasado seductor (Allen) —cuándo no— que tiene alucinaciones en las que el personaje de la película Casablanca (1942), Rick Blaine (interpretado magistralmente por Humphrey Bogart en la realidad), le da consejos para conquistar a las mujeres. Un matrimonio (Diane Keaton y Tony Roberts), amigos del personaje al que da vida Allen, también tratan de ayudarlo, consiguiendo más fracasos que éxitos.

El universo Woody Allen en esta cinta es total, y se entiende máxime porque fue un proyecto ideado por el neoyorquino: estamos ante una comedia romántica, de una creatividad sinigual, con un  fracasado entrañable y con la pareja protagónica de Allen y Keaton; no hay más, es una película de Woody Allen. Sin embargo, llama la atención que el director del filme sea Herbert Ross, un cineasta que si bien se caracterizó por dirigir comedias, éstas eran de diferente calado (Funny Lady, 1975; Mi querido mafioso, 1990). Yo veo más hermanada a Sueños de un seductor con películas como Annie Hall (1977) o Maridos y esposas (1992), del propio Allen, que con cualquier proyecto emprendido por Herbert Ross (aunque cabe decir que no soy un especialista en su filmografía).
 
Más allá de quién las dirigió, de quién realmente fue el genio detrás de este par de obras, tengo que decir que El tercer hombre y Sueños de un seductor son dos de mis títulos consentidos en la filmoteca personal, que me hablan de mundos particulares, el de Welles y el de Allen, aunque fueron dirigidas con una eficacia tremenda por Reed y Ross, respectivamente, aunque estos directores no hayan imprimido un discurso propio y se hayan limitado a una tarea básica de la dirección cinematográfica: componer y yuxtaponer planos de imágenes en movimiento, dejando a otros la creación del arte autoral.

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