Cuando hablamos del término «cine de autor» esto conlleva a hacer referencias sobre universos personales de directores de cine, generalmente haciendo reconocibles las películas a nivel formal y en cuanto su contenido. De esta manera, uno puede detectar que tal o cual película es de tal o cual director sin mirar los títulos de crédito, tan sólo observando algunos fotogramas del filme. Así, uno cuando observa secuencias de suspense, con una estética cinematográfica refinada, con ambientaciones de estudio, con protagonistas rubias y actores de primera clase, invariablemente se estará observando una película del gran Alfred Hitchcock. También, si observamos una narrativa con planos temporalmente prolongados, en donde se hace referencia directa e implícita al cristianismo, en donde los hilos conductores de las narraciones clásicas no son respetados, con una preocupación en la composición de imágenes palpable y ambientaciones en Rusia, seguramente estaremos reconociendo una película del cineasta soviético Andréi Tarkovski.
Sin embargo, hay dos
películas que me llaman la atención ya que, cuando las vi, reconocí esos
universos personales que definen al «cine de autor» y, sin embargo, no son dirigidas por quienes se
supone deberían ser los directores.
El
tercer hombre
Rodada en 1949, en clave de
cine negro, El tercer hombre trata
sobre la llegada de un literato en decadencia (Joseph Cotten) a la ciudad de
Viena, en donde su amigo Harry Lime (Orson Welles) lo llama para ofrecerle un
trabajo. Sin embargo, justo cuando el personaje que interpreta Cotten llega a
la capital austriaca, Lime es asesinado misteriosamente, por lo que
progresivamente irá descubriendo que el finado tenía ligas con grupos
criminales, desenmarañando una misteriosa intriga en la que también aparecerá
el amor.
Al ver El tercer hombre me sentí como si estuviera apreciando una obra
firmada por ese genio del cine llamado Orson Welles (Ciudadano Kane, 1942) ya que la trama, la puesta en escena, los
encuadres, las atmósferas y la dirección de actores me llevan a relacionar esta
película con otros títulos de este cineasta como La dama de Shanghái (1947) o El
proceso (1962), en donde predominan las historias laberínticas, la estética
expresionista y desenvolvimientos histriónicos notables, coincidiendo las tres
con la aparición de Welles como actor. Sin embargo, la ficha filmográfica de El tercer hombre nos dice que fue
dirigida por ese capaz director inglés llamado Carol Reed, responsable de
títulos tan disímiles como el drama circense titulado Trapecio (1956) o el musical Oliver
(1968), adaptación de la novela Oliver
Twist de Charles Dickens.
El
tercer hombre tiene como guionista al escritor británico
Graham Greene, quien ajusta muy bien su historia a la visión cinematográfica
que Welles siempre imprimió a sus películas.
Yo no tengo dudas de que
Orson Welles tuvo mucho que ver en la realización de El tercer hombre, más allá de que en los créditos digan que es una
película de Carol Reed.
Sueños
de un seductor
Si con El tercer hombre uno llega a pensar que Orson Welles es el director
y no Carol Reed, con Sueños de un
seductor (1973) la confusión es total, pues se trata de una película
retomada de una obra de teatro escrita y montada por el propio Woody Allen,
sobre la cual también escribió su guión para cine.
La cinta va de un fracasado
seductor (Allen) —cuándo no— que tiene alucinaciones en las que el personaje de
la película Casablanca (1942), Rick
Blaine (interpretado magistralmente por Humphrey Bogart en la realidad), le da
consejos para conquistar a las mujeres. Un matrimonio (Diane Keaton y Tony
Roberts), amigos del personaje al que da vida Allen, también tratan de ayudarlo,
consiguiendo más fracasos que éxitos.
El universo Woody Allen en
esta cinta es total, y se entiende máxime porque fue un proyecto ideado por el
neoyorquino: estamos ante una comedia romántica, de una creatividad sinigual,
con un fracasado entrañable y con la
pareja protagónica de Allen y Keaton; no hay más, es una película de Woody
Allen. Sin embargo, llama la atención que el director del filme sea Herbert
Ross, un cineasta que si bien se caracterizó por dirigir comedias, éstas eran
de diferente calado (Funny Lady,
1975; Mi querido mafioso, 1990). Yo
veo más hermanada a Sueños de un seductor
con películas como Annie Hall (1977)
o Maridos y esposas (1992), del
propio Allen, que con cualquier proyecto emprendido por Herbert Ross (aunque
cabe decir que no soy un especialista en su filmografía).
Más allá de quién las
dirigió, de quién realmente fue el genio detrás de este par de obras, tengo que
decir que El tercer hombre y Sueños de un seductor son dos de mis
títulos consentidos en la filmoteca personal, que me hablan de mundos particulares,
el de Welles y el de Allen, aunque fueron dirigidas con una eficacia tremenda por
Reed y Ross, respectivamente, aunque estos directores no hayan imprimido un
discurso propio y se hayan limitado a una tarea básica de la dirección
cinematográfica: componer y yuxtaponer planos de imágenes en movimiento,
dejando a otros la creación del arte autoral.



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