A lo largo de la historia
nos hemos encontrado con grandes personajes abocados al arte, mismos que por
sus ideas expresadas en torno a temas político-culturales han dejado un sabor
de amargura, no obstante lo magistral de sus creaciones.
Me vienen a la mente nombres
como el del músico alemán Richard Wagner (1813-1883), quien a pesar de que creó
monumentales óperas como La Valquiria
(1870), fue un incansable promotor de la aversión judía; está el caso del
ensayista, poeta y cuentista argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), creador
de uno de los más grandes compendios de cuentos, El Aleph (1949), quien al margen de su gran legado literario fue
claramente partidario de los dictadores Jorge Rafael Videla (argentino) y
Augusto Pinochet (chileno),responsables de genocidios en las décadas del 70 y
80; pongo también en la mesa a uno de mis cantautores predilectos, Bob Dylan,
quizá el músico más influyente de la segunda mitad del siglo XX, quien más allá
de sus iniciales referencias artísticas al compromiso social, en 1997 fue a cantarle al
entonces Papa, Juan Pablo II, una figura religiosa controvertida por su
encubrimiento a pederastas, turbio enriquecimiento eclesiástico y omisión de
crímenes cometidos en contra de sacerdotes en Nicaragua (años 80).
El cine también está lleno de grandes artistas opacados por su actuar
público: desde el gran pionero del arte del cinematógrafo David W. Griffith
(1875-1948), derechista pro Ku Klux Klan, creador del filme seminal del cine
moderno El Nacimiento de una Nación
(1915), pasando por Elia Kazan (1909-2003), director de la gran película Nido de Ratas (1954), quien testificó en
contra de sus ex compañeros del Partido Comunista en la época del macartismo,
hasta uno de los grandes actores que dio Hollywood, Charlton Heston
(1923-2008), protagonista y gestor de la obra maestra titulada Sed de Mal (Orson Welles, 1958), un tipo
relacionado con organizaciones de derecha, mismo que llegó a presidir la
funesta Asociación Nacional del Rifle en los Estados Unidos.
LA
CINEASTA DEL TERCER REICH
En la época del nazismo, el
material propagandista fue una pieza clave para amalgamar a la población
alemana en torno de la figura de uno de los personajes más polémicos,
posiblemente el más repudiado de las culturas occidentales en el siglo pasado: Adolf
Hitler.
Hitler en los años 30 era
amado por los ciudadanos alemanes en gran medida por los documentales filmados
por la directora alemana Leni Riefenstahl (1902-2003).
Es innegable la calidad
técnico-artística que Riefenstahl expuso en su reducida filmografía (unas ocho
películas), que incluye títulos tan polémicos como los contenidos en la
trilogía documental de Núremberg (La Victoria
de la Fe, 1933; Día de la Libertad,
1935; y El Triunfo de la Voluntad,
1935), conjunto de obras que exaltan los ideales propuestos por el partido Nazi
en la década del 30.
Particularmente destaco las
cuatro horas que filmó en Olimpiada
(1938), un inconmensurable trabajo en torno a los Juegos Olímpicos de Berlín (1936),
en donde revolucionó definitivamente la manera de filmar eventos
multitudinarios, en este caso deportivos, llevando al montaje a uno de sus
puntos más altos, mezclando los rostros emocionados de los aficionados en torno
a las competiciones, empleando además de manera vanguardista el uso del ralentí
(cámara lenta), detallando el arte que ejecutaban de los propios atletas; incluso
nos metió en la intimidad expresiva del mítico estadounidense Jesse Owens,
icono y máximo ganador de aquella justa deportiva.
Más allá del peso histórico-cinematográfico
de la obra de Riefenstahl, su cercanía con Hitler en tiempos del Holocausto le
bastó para que su figura fuera marginada de la producción cinematográfica, provocando
que su arte se abocara a trabajos antropológicos desde su segunda pasión: la
fotografía.
Leni Riefenstahl en un
primer momento descalificó la historia oficial sobre el exterminio judío en los
campos de concentración nazis, posteriormente reculando y advirtiendo que ella
no tenía idea de las masacres perpetradas por sus entonces correligionarios.
Sin embargo, a uno se le hace difícil creer que teniendo tanta cercanía con el Führer y los máximos funcionarios del
Nacional Socialista alemán no se haya enterado de los atropellos humanos que se
sabían hasta en las latitudes más lejanas, más cuando incluso se le relacionó
sentimentalmente con el propio Hitler.
Prólogo del documental Olympia (1938)
No es que no me importe la
complicidad de Riefenstahl con las atrocidades llevadas a cabo durante el
Holocausto Judío, pero si tengo que definir a una obra como Olimpiada, sólo puedo expresar que es
una innegable obra maestra.
Algo similar me pasa con el
cineasta Clint Eastwood, un individuo del que no quiero saber nada fuera del
cine (republicano, partidario de los Bush, a favor de las invasiones
estadounidenses en Medio Oriente), pero que abocado a su trabajo como artista
del cinematógrafo, no tengo más que expresarle mi agradecimiento por ser el
responsable de cintas incontestables como Los
Imperdonables (1992) o Los Puentes de
Madison (1995).
Al margen de que a Leni
Riefenstahl se le estigmatice como la cineasta del Tercer Reich, cruz que cargó durante toda su vida, creo que su obra
es de visión obligada en las escuelas de cine o producción audiovisual y, desde
luego, para todos aquellos que nos proclamamos como amantes del arte del
cinematógrafo.
Estamos ante el eterno
debate entre ética y estética dentro del arte.


Wow, me has dejado sorprendida, sobre todo por lo de Borges, pero como dices, apoyo el hecho de quedarnos con sus artes mas alla de sus vidas personales, que muchas veces me guio por ellas.
ResponderEliminar(disculpa la falta de acentos pero esta compu no tiene)
Saludos
Maris