jueves, 7 de marzo de 2013

En lo próspero y en lo adverso: ‘Amour’


El cine que tengo como referente para tocar el tema del amor es el de Ingmar Bergman. El cineasta sueco me ha repetido una y mil veces que ese sentimiento tan complejo (sobre todo en las parejas) no es más que una máscara social, una idea irreal a la cual uno se aferra pero sobre la que no se tienen certezas (véase Secretos de un Matrimonio, 1973).

Por el contrario, al pensar en el nombre de Michael Haneke (Funny Games, 1997), me vienen a la mente cualquier cantidad de definiciones y calificativos (crudeza, desasosiego y horror) todos diametralmente opuestos a la palabra que da nombre a su más reciente cinta: Amour.

La película en cuestión nos muestra a una pareja en plena vejez, aparentemente inmersos en una idílica relación. El relato prácticamente es contado en su totalidad al interior de un apartamento, que es más bien un templo, en donde prevalecen la música y la literatura. El punto de quiebra se da cuando a Anne (Emmanuelle Riva) le practican una intervención para removerle una obstrucción en una arteria carótida, saliendo del hospital con la mitad del cuerpo paralizado. Ahora se tendrá que hacer cargo de ella su esposo Georges (Jean-Louis Trintignant).


Riva y Trintignant enamoran desde un inicio, pero como Haneke está detrás de las cámaras sabes que algo no va a ir bien. Y efectivamente, las consecuencias son funestas… ¿lo son? Es que uno se da cuenta de que en el fondo sólo se están subsiguiendo actos de amor, del más puro, pero lo que se ve en la superficie es completamente desagradable: la paulatina degradación corporal y anímica de los protagonistas, hasta tocar fondo.


Notabilísima también la intervención secundaria de Isabelle Huppert (cuando no) haciéndola de hija a ratos distanciada e indiferente y en otros momentos angustiada y sufrida.

Cuando terminé de ver la cinta me di cuenta de que el ser humano está destinado lo mismo a sufrir que a gozar. El filme comprueba cómo es posible materializar esas palabras del rito católico del casamiento, justo cuando dicen «en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…». Pero el hecho de que te lo cuente Haneke supone un golpe justo en la boca del estómago, que te deja sin aire.


Me da la impresión de que es exclusiva del cineasta austriaco la cualidad de poner en pantalla una historia lo mismo aborrecible que enternecedora. No hay duda, estamos ante uno de los directores de cine más grandes de la historia.

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