El cine que tengo como referente para tocar el tema
del amor es el de Ingmar Bergman. El cineasta sueco me ha repetido una y mil
veces que ese sentimiento tan complejo (sobre todo en las parejas) no es más
que una máscara social, una idea irreal a la cual uno se aferra pero sobre la
que no se tienen certezas (véase Secretos de un Matrimonio, 1973).
Por el contrario, al pensar en el nombre de Michael
Haneke (Funny Games, 1997), me vienen a la mente cualquier cantidad de
definiciones y calificativos (crudeza, desasosiego y horror) todos
diametralmente opuestos a la palabra que da nombre a su más reciente cinta: Amour.
La película en cuestión nos muestra a una pareja en
plena vejez, aparentemente inmersos en una idílica relación. El relato prácticamente
es contado en su totalidad al interior de un apartamento, que es más bien un
templo, en donde prevalecen la música y la literatura. El punto de quiebra se
da cuando a Anne (Emmanuelle Riva) le practican una intervención para removerle
una obstrucción en una arteria carótida, saliendo del hospital con la mitad del
cuerpo paralizado. Ahora se tendrá que hacer cargo de ella su esposo Georges
(Jean-Louis Trintignant).
Riva y Trintignant enamoran desde un inicio, pero
como Haneke está detrás de las cámaras sabes que algo no va a ir bien. Y
efectivamente, las consecuencias son funestas… ¿lo son? Es que uno se da cuenta
de que en el fondo sólo se están subsiguiendo actos de amor, del más puro, pero
lo que se ve en la superficie es completamente desagradable: la paulatina
degradación corporal y anímica de los protagonistas, hasta tocar fondo.
Notabilísima también la intervención
secundaria de Isabelle Huppert (cuando no) haciéndola de hija a ratos
distanciada e indiferente y en otros momentos angustiada y sufrida.
Cuando terminé de ver la cinta me di cuenta
de que el ser humano está destinado lo mismo a sufrir que a gozar. El filme
comprueba cómo es posible materializar esas palabras del rito católico del
casamiento, justo cuando dicen «en lo próspero y en lo adverso, en la salud y
en la enfermedad…». Pero el hecho de que te lo cuente Haneke supone un golpe
justo en la boca del estómago, que te deja sin aire.
Me da la impresión de que es
exclusiva del cineasta austriaco la cualidad de poner en pantalla una historia
lo mismo aborrecible que enternecedora. No hay duda, estamos ante uno de los
directores de cine más grandes de la historia.


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