lunes, 20 de agosto de 2012

Cinco años sin Ingmar Bergman


«Y cuando el cordero abrió el séptimo sello, en el cielo se hizo un silencio que duró una media hora. Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas»

Quizás no fue el fin del mundo, pero el 30 de julio de 2007 Ingmar Bergman dejó de respirar. El maestro danzó con la muerte partiendo de la isla de Fårö, Suecia, hacia un destino incierto, probablemente hacia la nada.

Particularmente no profeso ninguna religión, pero supongo que es la necesidad de tener guías liberadoras y figuras de admiración plena las que me hacen glorificar a ciertos personajes de la historia, ya sea por sus ideales, por sus creaciones o por la simple afinidad que me generan.

Ingmar Bergman (1918-2007) fue un cineasta magistral pero, más allá de eso, su legado trasciende el arte: lo mismo puede ser considerado un gran filósofo que un gran dramaturgo; un teórico de la psicología que un desmitificador de las figuras religiosas.

Sus películas nos enseñaron que el amor es un engaño; que la idea de que un Dios existe no tiene ningún sustento en la realidad; que los seres humanos somos individualistas; que el arte es la mejor manera de canalizar nuestras emociones; que estamos condenados a la nada; que lo que hacemos no tiene ningún sentido trascendental; que los sueños son un recuento de los traumas y de las fobias; que si el mundo está mal es porque el ser humano no está bien; que la mentira rige nuestra existencia; que aspiramos a tener cada vez más preguntas y menos respuestas; que en la soledad y en la compañía afloran nuestros demonios; que somos una máscara ante la sociedad; que el sexo es un liberador de emociones carnales.


No he visto la filmografía completa de Bergman, que alcanza el medio centenar de películas, pero digamos que hablo por las 25 cintas que habré visto hasta ahora.


Me enamoró con «El Séptimo Sello» (1957), comunicándome la certeza de que algún día moriré con las mismas dudas con las que habité en este mundo; en «Fresas Salvajes» (1957) me reveló cómo en la senectud, a pesar de que la inteligencia abunda, los mismos demonios que se tenían cuando joven se adaptan a la noción de la cercana muerte; en «El Mago» (1958) colocó la mira en ese eterno debate entre lo paranormal y el escepticismo, comprobando que todo depende de las circunstancias; la locura, la ausencia de Dios y estos dos factores permeando las relaciones familiares, fueron las reflexiones que compartió en «Como en un Espejo» (1961); el desencanto de un hombre ante la falta de respuestas de su ser supremo conducen a la irremediable muerte en «Luz de Invierno» (1963); en «Persona» (1966), el cineasta pone fuera de foco la personalidad de dos mujeres, retratando todo un estudio psicológico de sus complejos y trastornos (a lo Jung); la locura al borde del surrealismo que traspasa la realidad es lo expuesto en la menospreciada pero grandísima «La Hora del Lobo» (1967); el misticismo de un grupo de actores con olor a muerte se presenta en «El Rito» (1969); con «Gritos y Susurros» (1972) nos muestra de manera lacerante la descomposición familiar traída a la luz a partir de la cercanía de la muerte, con unos tonos rojos que dan muestra del gran empleo de los recursos cinematográficos; en «Secretos de un Matrimonio» (1973) nos deja claro que el amor franco y transparente es sólo un mito, cuya búsqueda paulatinamente recae en sentimientos más cercanos al repudio;  la cinta «Cara a Cara» (1976), sólo con el monólogo final de Liv Ullmann, en el papel de una doctora y su desquicio existencial, debe catalogarse como obra maestra; en «Sonata de Otoño» (1978), Bergman vuelve al conflicto familiar pero ahora con una madre y su hija en constante confrontación; «Fanny y Alexander» (1982) es, como muchos lo manejan, el testamento del cineasta sueco, ya que vemos parte de su infancia, con todas las circunstancias teológicas que jugaron en su contra, así como sus primeros acercamientos al arte; y, con su obra final «Saraband» (2003), culmina la historia de quienes fueron pareja en «Secretos de un Matrimonio», ya ubicados en su etapa de adultos mayores.


La obra de Ingmar Bergman debe ser vista por todo mundo; nada de que sus películas son aburridas, simplemente se circunscriben en una narrativa poco convencional en el cine popular, pero que bien vale la pena apreciarse con la cabeza y el cuerpo dispuestos a experimentar la reflexión y la emoción profunda (no necesariamente placentera).


Woody Allen dijo a propósito de la muerte de Bergman que, desde luego, se iba uno de los más grandes directores de cine, quizá el más, y que sólo esperaba que el día en que murió el cielo haya estado gris, como le gustaba al maestro, quien, a pesar de todo, seguramente había fallecido en alma muchos años antes, y que aquel 30 de julio solamente su cuerpo dejó de funcionar formalmente.


No me queda más que decir que Ingmar Bergman, lo haya querido o no, alcanzó la inmortalidad con sus películas, mismas que me harán seguir llorando, emocionando, reflexionando y encantando.

6 comentarios:

  1. Hermosos textos e imágenes de Bergman en cada una de sus películas; hermosas palabras de despedida de Woody Allen; hermoso tributo tuyo, Rodolfo.

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    1. El cine de Bergman es una buena razón para continuar viviendo. Saludos!

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  2. EL CINE DE BERGMAN ERA VERDADERO CINE DE ARTE

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  3. Bien descrito, me ha encantado como lo has planteado en el blog, la descripción de algunas de sus películas. Fue, es y será un gran director, maravilloso, verdadero y atinado!

    Abrazos

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    1. Para mí lo más grande que le ha ocurrido a la cinematografía. Saludos!

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