«Y cuando el cordero abrió el séptimo sello, en el cielo se hizo un silencio que duró una media hora. Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas»
Quizás no fue el fin del mundo,
pero el 30 de julio de 2007 Ingmar Bergman dejó de respirar. El maestro danzó
con la muerte partiendo de la isla de Fårö, Suecia, hacia un destino
incierto, probablemente hacia la nada.
Particularmente no profeso ninguna
religión, pero supongo que es la necesidad de tener guías liberadoras y figuras
de admiración plena las que me hacen glorificar a ciertos personajes de la
historia, ya sea por sus ideales, por sus creaciones o por la simple afinidad
que me generan.
Ingmar Bergman (1918-2007) fue un
cineasta magistral pero, más allá de eso, su legado trasciende el arte: lo
mismo puede ser considerado un gran filósofo que un gran dramaturgo; un teórico
de la psicología que un desmitificador de las figuras religiosas.
Sus películas nos enseñaron que el
amor es un engaño; que la idea de que un Dios existe no tiene ningún sustento
en la realidad; que los seres humanos somos individualistas; que el arte es la
mejor manera de canalizar nuestras emociones; que estamos condenados a la nada;
que lo que hacemos no tiene ningún sentido trascendental; que los sueños son un
recuento de los traumas y de las fobias; que si el mundo está mal es porque el
ser humano no está bien; que la mentira rige nuestra existencia; que aspiramos
a tener cada vez más preguntas y menos respuestas; que en la soledad y en la
compañía afloran nuestros demonios; que somos una máscara ante la sociedad; que
el sexo es un liberador de emociones carnales.
No he visto la filmografía
completa de Bergman, que alcanza el medio centenar de películas, pero digamos
que hablo por las 25 cintas que habré visto hasta ahora.
Me
enamoró con «El Séptimo Sello» (1957), comunicándome la certeza de que algún
día moriré con las mismas dudas con las que habité en este mundo; en «Fresas
Salvajes» (1957) me reveló cómo en la senectud, a pesar de que la inteligencia
abunda, los mismos demonios que se tenían cuando joven se adaptan a la noción
de la cercana muerte; en «El Mago» (1958) colocó la mira en ese eterno debate
entre lo paranormal y el escepticismo, comprobando que todo depende de las
circunstancias; la locura, la ausencia de Dios y estos dos factores permeando
las relaciones familiares, fueron las reflexiones que compartió en «Como en un
Espejo» (1961); el desencanto de un hombre ante la falta de respuestas de su
ser supremo conducen a la irremediable muerte en «Luz de Invierno» (1963); en
«Persona» (1966), el cineasta pone fuera de foco la personalidad de dos
mujeres, retratando todo un estudio psicológico de sus complejos y trastornos
(a lo Jung); la locura al borde del surrealismo que traspasa la realidad es lo
expuesto en la menospreciada pero grandísima «La Hora del Lobo» (1967); el
misticismo de un grupo de actores con olor a muerte se presenta en «El Rito»
(1969); con «Gritos y Susurros» (1972) nos muestra de manera lacerante la
descomposición familiar traída a la luz a partir de la cercanía de la muerte,
con unos tonos rojos que dan muestra del gran empleo de los recursos
cinematográficos; en «Secretos de un Matrimonio» (1973) nos deja claro que el
amor franco y transparente es sólo un mito, cuya búsqueda paulatinamente recae
en sentimientos más cercanos al repudio; la cinta «Cara a Cara» (1976),
sólo con el monólogo final de Liv Ullmann, en el papel de una doctora y su
desquicio existencial, debe catalogarse como obra maestra; en «Sonata de Otoño»
(1978), Bergman vuelve al conflicto familiar pero ahora con una madre y su hija
en constante confrontación; «Fanny y Alexander» (1982) es, como muchos lo
manejan, el testamento del cineasta sueco, ya que vemos parte de su infancia,
con todas las circunstancias teológicas que jugaron en su contra, así como sus
primeros acercamientos al arte; y, con su obra final «Saraband» (2003), culmina
la historia de quienes fueron pareja en «Secretos de un Matrimonio», ya
ubicados en su etapa de adultos mayores.
La obra de Ingmar Bergman debe ser vista por todo
mundo; nada de que sus películas son aburridas, simplemente se circunscriben en
una narrativa poco convencional en el cine popular, pero que bien vale la pena
apreciarse con la cabeza y el cuerpo dispuestos a experimentar la reflexión y
la emoción profunda (no necesariamente placentera).
Woody Allen dijo a propósito de la muerte de Bergman que,
desde luego, se iba uno de los más grandes directores de cine, quizá el más, y
que sólo esperaba que el día en que murió el cielo haya estado gris, como le
gustaba al maestro, quien, a pesar de todo, seguramente había fallecido en alma
muchos años antes, y que aquel 30 de julio solamente su cuerpo dejó de
funcionar formalmente.
No
me queda más que decir que Ingmar Bergman, lo haya querido o no, alcanzó la
inmortalidad con sus películas, mismas que me harán seguir llorando,
emocionando, reflexionando y encantando.



Hermosos textos e imágenes de Bergman en cada una de sus películas; hermosas palabras de despedida de Woody Allen; hermoso tributo tuyo, Rodolfo.
ResponderEliminarEl cine de Bergman es una buena razón para continuar viviendo. Saludos!
EliminarEL CINE DE BERGMAN ERA VERDADERO CINE DE ARTE
ResponderEliminarLo sigue siendo. Saludos!
EliminarBien descrito, me ha encantado como lo has planteado en el blog, la descripción de algunas de sus películas. Fue, es y será un gran director, maravilloso, verdadero y atinado!
ResponderEliminarAbrazos
Para mí lo más grande que le ha ocurrido a la cinematografía. Saludos!
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