domingo, 20 de noviembre de 2011

‘Secretos peligrosos’: una obra tan necesaria como sentida


Cuando entré a la sala de cine para visualizar el filme Secretos Peligrosos (The Whistleblower, 2010), no tenía ni la más remota idea, antecedente o elemento a priori para juzgar el trabajo de la cineasta canadiense Larysa Kondracki, quien más tarde supe que hacía su debut en largometrajes con la cinta mencionada. Sin embargo, al salir de la proyección, me quedó una sensación de desasosiego y de impotencia por la temática tratada en la película: el tráfico sexual. Platicando sobre el tema, me hicieron recordar que este tipo de injusticias se pueden vivir no sólo en Europa del este -en donde se ambienta el filme- sino en cualquier punto de la geografía mundial, con mierdas que utilizan a las personas de cualquier género y edad para satisfacer –sobre todo- su apetito económico. Y, como siempre, este tipo de prácticas podridas existen principalmente porque también existe gente que paga por servicios derivados de ese delito y por la omisión flagrante de las autoridades jurídicas.

En el caso de Secretos Peligrosos, lo vemos todo desde una adaptación de la realidad en donde la oficial de policía oriunda de Nebraska, Kathryn Bolkovac (Rachel Weisz), acepta trabajar contratada por la empresa transnacional Democra Security, en asociación con la ONU, en calidad de policía internacional, en una misión que, aparentemente, tiene como objetivo poner orden en la devastada Sarajevo, Bosnia, en 1999, luego de la guerra de los Balcanes. El trabajo de Bolkovac destaca en aquella región, favoreciendo el cumplimiento de los derechos humanos. Pero se topa con pared en algún caso, el tráfico de un par de chicas ucranianas explotadas sexualmente y aterradas porque las mismas autoridades encubren, promueven y lucran con dicha actividad. Esta condición pondrá en situación límite el valor de la oficial, quien siguiendo sus ideales no da marcha atrás, aunque finalmente queda absorbida por un sistema mundial de encubrimiento e indiferencia. El desenlace de la película pareciera que va ir cargado de justicia, pero cuando comprendes que es una adaptación de la realidad, recuerdas que en este mundo los malos siempre han salido ganando a final de cuentas, y te vas con una sensación de asco por la humanidad, tanto por los que hacen como por los que somos impasibles a este tipo de problemáticas.


Esta cinta en definitiva no me dejó realizar un análisis artístico-cinematográfico pleno. Sí, me di cuenta que la película tiene un inicio que pudiera facilitar el desinterés del espectador; también me percaté de que no es pulcra en la composición de planos; evidentemente me di cuenta de que el filme se suscribía a una suerte de formulismo cinematográfico que seguramente la podría dejar como una cinta del montón; claramente percibí que no se encontraba detrás de la cámara la nueva ‘Kubrick’, que le pudiera dar la vuelta a un género y llevarlo hasta terrenos vanguardistas. ¿Pero qué carajo importa? Esta obra sólo trata de exponer una problemática latente y vigente, sin ninguna otra pretensión ni pose. Kondracki, junto con la co-guionista Eilis Kirwan, destinaron dos años de sus vidas para escribir el guión del presente filme –y eso vale mucho-, escuchando el trágico periplo que experimentó Kathryn Bolkovac; y lo plasmaron de la manera más objetiva posible, sin ninguna pretensión mayor.


Eso sí, hay que destacar a la enorme Rachel Weisz (El Jardinero Fiel, 2005),  que, plenamente comprometida con el proyecto, se luce delante de la cámara y te estremece por su gran calidad como artista: esta cinta le queda perfecta, la hace relucir en su máxima expresión y te hace querer apoyarla para que no claudique en su misión.


Está claro que es una obra tan necesaria como sentida, aunque no debe juzgarse en cuanto a su relevancia artística –que tampoco está por los suelos- y sí por su total compromiso con las causas justas.


Todo se resume con una frase que dice –si no me equivoco y parafraseándola- Paula Schramm (quien interpreta a Luba, una joven ucraniana que ha sido raptada y explotada sexualmente en Bosnia): “Cuando nos transportaban por la frontera, observé que un hombre vestido de azul se acercó a nosotros, era un policía, quien pensé que sería un ángel bajado del cielo para ayudarme; pero cuando me di cuenta de que era socio de mis secuestradores, sentí la más grande impotencia”.

2 comentarios:

  1. Pues la veré para compartir comentarios ya que has llamado mi atención con tu análisis!!

    Saludos

    Maricihuatl

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  2. MUY BUENA, CON LA LÁGRIMA Y EL CORAJE TODO EL TIEMPO.SALUDOS

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