En ocasiones, los relatos
cinematográficos ostentan su peso más en el “cómo” se cuentan que en el “qué”
de las historias retratadas.
Por mencionar, me remonto al
cine clásico de Hollywood y tomo como muestra El sueño eterno de Howard Hawks (1946), filme en el que se
establece una intriga policiaca enredosa como pocas, que quizás como historia
en bruto dejaría a más de uno confundido; pero es la manera en la que se abordan
los hechos expuestos la que marca el punto y aparte que supone la cinta, con
una armonía precisa que desemboca en lo que hoy conocemos como todo un clásico
en la historia del cine negro, con deliciosos diálogos que encumbraron en la
cima del género a los inimitables Humphrey Bogart y Lauren Bacall.
Contraponiéndose a lo
anteriormente mencionado, retomo esa inmensa película que es Sueño de fuga (Frank Darabont, 1994), drama
carcelario en donde los recursos estilísticos o propuestas formales se dejan un
tanto de lado en nombre de la solvencia narrativa, en una sucesión de hechos
que en sí mismos dan al espectador claves que paulatinamente ganan en
transferencia de sentimientos y en magnetismo.
