Hace no mucho redacté una
crítica en la que hacía referencia a la gran calidad y a las cotas de
genialidad que puede alcanzar el cine de la ciencia ficción cuando es abordado
por verdaderos maestros del arte fílmico. Desde luego que hablar de ciencia
ficción de calidad es hacer referencia a obras maestras de la talla de Alphaville (Jean-Luc Godard, 1965), 2001: Odisea del espacio (Stanley
Kubrick, 1968), o Blade Runner (Ridley
Scott, 1982), títulos que al margen de un despliegue visual en mayor o menor
medida ostentoso, tienen como denominador común cierta crítica hacia diversas situaciones político-sociales vividas en su respectivo tiempo presente o abordadas
desde futuros distópicos, aderezados de entramados relativos a la complejidad
emanada del propio ser humano, potenciado sus discursos a través del todo social; obras que,
sobre todo, en su estética visual se encaraman como la antípoda del realismo
fílmico.
