martes, 8 de marzo de 2016

Profundidad, melancolía y grandeza fílmica


Pocas veces se tiene la oportunidad de apreciar en pantalla grande y sala oscura alguno de los clásicos que dejan a uno marcado de por vida, películas que resultan clave para los autoproclamados amantes del arte de la imagen en movimiento.

En meses recientes, he tenido la fortuna de poder visualizar en cine algunas de mis películas favoritas, incluida mi obra cinematográfica predilecta, El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957), además de otros títulos mayores como Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) o La última película (Peter Bogdanovich, 1971).

A esos momentos de éxtasis y de reconciliación con la vida se suma la reciente proyección en salas mexicanas de ese monumental filme de ciencia ficción que es Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

Blade Runner

En Blade Runner nos ubicamos en una distópica ciudad de Los Ángeles, en el año 2019, en donde al agente de policía Rick Deckard (Harrison Ford) le es encomendada la misión de acabar con una especie de androides denominados “replicantes”, quienes se han revelado a los seres humanos y que son comandados por un humanoide de nombre Roy Batty (Rutger Hauer). Sin embargo, los robots en cuestión doblan en fuerza y habilidad a los seres humanos, no obstante su similitud física.

Bien vale apuntar que la versión cinematográfica aludida es la denominada como “montaje final del director”, dadas las significativas modificaciones que tiene esta entrega respecto a la estrenada en 1982, en la que se incluía, como características más distintivas, la voz en off que acompañaba al relato además de un desenlace distinto (que no abordaré aquí, desde luego, como para no frustrar la experiencia cinematográfica).

Blade Runner adapta el texto literario ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), obra del escritor estadounidense Philip K. Dick, también autor de la ucronía por excelencia que supone la novela El hombre en el castillo (1962).

La trascendencia que posee Blade Runner dentro del círculo de críticos, estudiosos y simples espectadores amantes del cine (entre los que me incluyo) está determinada por una suerte de grandeza multifactorial.

Primeramente, siguiendo con la línea trazada por Stanley Kubrick con 2001: odisea del espacio (1968), estamos ante un filme de ciencia ficción adulta, en el que hay un rigor y un sentido de importancia ante lo dispuesto estrictamente en el apartado del desarrollo tecnológico/científico, en el caso de la cinta de Scott visto también a partir de la configuración sociológica de una futurista ciudad de Los Ángeles en donde la multiculturalidad es se hace presente, con grandes concentraciones de ciudadanos chinos y de otras latitudes (latinos o medio orientales), previendo la disposición global que hoy en día es toda una realidad en las principales metrópolis del orbe.

Por otra parte, desde la narrativa, hay una clara evocación al cine negro, con protagonistas –de un relato básicamente policiaco— existencialmente torturados y moralmente complejos, evidenciada esta propiedad especialmente en los personajes de Deckard, agente del orden reincorporado a sus deberes más a fuerza que por convicción propia; del replicante Roy Batty, que es el “malo” del relato, aunque con una convicción de libertad y de búsqueda por prolongar su vida a la que uno como espectador no es ajeno; y el de Rachael (Sean Young), una femme fatale que fungirá como actante contradictorio para Deckard, con quien establecerá un vínculo sentimental que parece estar un tanto fuera de la ley luego de que se revele la identidad de ésta, incluso recordándome su apariencia y ciertas actitudes a aquel personaje de Mary Astor en El halcón maltés (John Huston, 1941).

Y qué decir de los elementos formales del filme, tanto a partir de su obscura fotografía (ligada al film noir) como desde un diseño de arte futurista que encierra mucha decadencia a partir de lo turbio y lo contaminado de sus ambientes, no pudiéndose soslayar la banda sonora compuesta por Vangelis que dota al relato de una atmósfera tan mística como melancólica.

Hay  también mucho de reflexión filosófico/existencial en Blade Runner, tanto en lo respectivo a la propia concepción narrativa, a partir de las cavilaciones que desatan planteamientos como la creación de inteligencia artificial o el hecho megalomaníaco que representa el delimitar la vida de terceros, como en lo concerniente a lo pronunciado por los propios personajes, sintetizado de la mejor forma en los momentos de apoteosis en los que toma la palabra el replicante al que encarna Rutger Hauer, quien dice cosas como “es toda una experiencia vivir con miedo. Eso es lo que significa ser un esclavo”, o el ya legendario monólogo –improvisado, según se dice—, en el que destila una melancolía inusitada dado al género fílmico al que corresponde la cinta: “he visto cosas que los humanos ni se imaginan […] todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”; uno de los momentos más hondos y arrebatadores que me ha tocado atestiguar en la pantalla cinematográfica.

El más reciente visionado de Blade Runner sólo me confirma al arte cinematográfico como una de las experiencias de vida más valiosas; una cinta ubicada en lo más alto de mis preferencias fílmicas, a la que acudo –necesariamente— con cierta periodicidad; película que me conmueve, me invita a la reflexión y se me queda en la retina cada vez que la veo, propiedades que sólo el mejor cine ostenta.

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