Pocas veces se tiene la oportunidad de apreciar en
pantalla grande y sala oscura alguno de los clásicos que dejan a uno marcado de
por vida, películas que resultan clave para los autoproclamados amantes del
arte de la imagen en movimiento.
En meses recientes, he tenido la fortuna de poder
visualizar en cine algunas de mis películas favoritas, incluida mi obra
cinematográfica predilecta, El séptimo
sello (Ingmar Bergman, 1957), además de otros títulos mayores como Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) o La última película (Peter Bogdanovich,
1971).
A esos momentos de éxtasis y de reconciliación con la
vida se suma la reciente proyección en salas mexicanas de ese monumental filme
de ciencia ficción que es Blade Runner
(Ridley Scott, 1982).
Blade Runner
En Blade Runner
nos ubicamos en una distópica ciudad de Los Ángeles, en el año 2019, en donde
al agente de policía Rick Deckard (Harrison Ford) le es encomendada la misión
de acabar con una especie de androides denominados “replicantes”, quienes se
han revelado a los seres humanos y que son comandados por un humanoide de
nombre Roy Batty (Rutger Hauer). Sin embargo, los robots en cuestión doblan en
fuerza y habilidad a los seres humanos, no obstante su similitud física.
Bien vale apuntar que la versión cinematográfica aludida
es la denominada como “montaje final del director”, dadas las significativas
modificaciones que tiene esta entrega respecto a la estrenada en 1982, en la
que se incluía, como características más distintivas, la voz en off que acompañaba al relato además de un desenlace distinto
(que no abordaré aquí, desde luego, como para no frustrar la experiencia
cinematográfica).
Blade
Runner adapta el texto literario ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), obra del escritor
estadounidense Philip K. Dick, también autor de la ucronía por excelencia que
supone la novela El hombre en el castillo
(1962).
La trascendencia que posee Blade Runner dentro del círculo de críticos, estudiosos y simples
espectadores amantes del cine (entre los que me incluyo) está determinada por
una suerte de grandeza multifactorial.
Primeramente, siguiendo con la línea trazada por Stanley
Kubrick con 2001: odisea del espacio
(1968), estamos ante un filme de ciencia ficción adulta, en el que hay un rigor
y un sentido de importancia ante lo dispuesto estrictamente en el apartado del
desarrollo tecnológico/científico, en el caso de la cinta de Scott visto también
a partir de la configuración sociológica de una futurista ciudad de Los Ángeles
en donde la multiculturalidad es se hace presente, con grandes concentraciones
de ciudadanos chinos y de otras latitudes (latinos o medio orientales),
previendo la disposición global que hoy en día es toda una realidad en las
principales metrópolis del orbe.
Por otra parte, desde la narrativa, hay una
clara evocación al cine negro, con protagonistas
–de un relato básicamente policiaco— existencialmente torturados y moralmente
complejos, evidenciada esta propiedad especialmente en los personajes de Deckard,
agente del orden reincorporado a sus deberes más a fuerza que por convicción
propia; del replicante Roy Batty, que es el “malo” del relato, aunque con una
convicción de libertad y de búsqueda por prolongar su vida a la que uno como
espectador no es ajeno; y el de Rachael (Sean Young), una femme fatale que fungirá como actante contradictorio para Deckard,
con quien establecerá un vínculo sentimental que parece estar un tanto fuera de
la ley luego de que se revele la identidad de ésta, incluso recordándome su
apariencia y ciertas actitudes a aquel personaje de Mary Astor en El halcón maltés (John Huston, 1941).
Y qué decir de los elementos formales del filme, tanto a
partir de su obscura fotografía (ligada al film
noir) como desde un diseño de arte futurista que encierra mucha decadencia
a partir de lo turbio y lo contaminado de sus ambientes, no pudiéndose soslayar
la banda sonora compuesta por Vangelis que dota al relato de una atmósfera tan
mística como melancólica.
Hay también mucho
de reflexión filosófico/existencial en Blade
Runner, tanto en lo respectivo a la propia concepción narrativa, a partir
de las cavilaciones que desatan planteamientos como la creación de inteligencia
artificial o el hecho megalomaníaco que representa el delimitar la vida de
terceros, como en lo concerniente a lo pronunciado por los propios personajes,
sintetizado de la mejor forma en los momentos de apoteosis en los que toma la
palabra el replicante al que encarna Rutger Hauer, quien dice cosas como “es
toda una experiencia vivir con miedo. Eso es lo que significa ser un esclavo”,
o el ya legendario monólogo –improvisado, según se dice—, en el que destila una
melancolía inusitada dado al género fílmico al que corresponde la cinta: “he
visto cosas que los humanos ni se imaginan […] todos esos momentos se perderán
en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”; uno de los momentos más hondos y
arrebatadores que me ha tocado atestiguar en la pantalla cinematográfica.

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