El apellido Ripstein siempre lo asociaré con cine de
buena calidad, particularmente por ese director mexicano que emergió en la
cinematografía nacional y mundial entre finales de los años 60 y principios de
los 70, con obras en las que desbordaba un sello incitante a apreciar y sentir
dramas cuyos entornos estaban ligados a lo marginal, a ese México que de pronto
sale del ojo cotidiano pero en el que también hay estructuras procreadoras de relatos
en la misma medida intimistas que universales.
De Arturo Ripstein tengo en mi altar personal del mejor
cine por lo menos a tres películas que en altos niveles me entretienen lo mismo
que me remueven: El castillo de la pureza
(1972) —mi favorita—, El lugar sin
límites (1977) y Profundo carmesí
(1996).
Seguramente, después de los clásicos del cine de oro nacional,
Arturo Ripstein será el director más importante en México, por lo que el hecho
de que su hijo Gabriel Ripstein presente su primera película tiene alguna
relevancia para aquellos que seguimos el acontecer cinematográfico y la
trayectoria del histórico cineasta.
600 millas
Con la distinción de haber obtenido el premio a la “mejor
ópera prima” en el Festival de Cine de Berlín, llegó a las pantallas mexicanas
la primera película del director Gabriel Ripstein: 600 millas (México, 2015).
En 600 millas
seguimos al joven Arnulfo (Kristyan Ferrer), contrabandista de armas que, a
consecuencia de sus torpezas, termina secuestrando azarosamente a un veterano
agente de la policía de Estados Unidos (Tim Roth), con quien pasa de territorio
estadounidense a lares mexicanos, teniendo que convivir con su rehén al tiempo
que evalúa lo que habrá de hacer con él.
Estamos en 600
millas ante un thriller dramático
contado en clave de road movie, en el
que fundamentalmente vemos contrastadas un par de personalidades: ahí está el
criminal inexperto, mexicano cuyas acciones realizadas parecen ser procesadas con
el estómago, contrastando con el experimentado y frío oficial estadounidense,
razonable y astuto en sus actitudes.
Tengo muchos problemas con los códigos que se plasman en
el primer largometraje de Gabriel Ripstein, empezando por la condición
blandengue de su protagonista (asociada en alguna parte de la cinta con una
suerte de homosexualidad contenida), hasta la carencia de verosimilitud en los
hechos planteados, visto con toda claridad en un secuestro que termina siendo
contra natura dados los planteamientos establecidos desde el mismo guión (¿por
qué alguien tan cobarde como el protagonista decidiría secuestrar a un
policía?), pasando por una fallida economía de planos en la que gran parte del
metraje retrata el viaje del secuestrador y su cautivo, momentos en los que se
trasladan las acciones al interior de un vehículo y que me dejan en mi
condición de espectador –a lo menos— indiferente.
También cabría señalar las suertes de intento de cine
sórdido a las cuales recurre el propio Gabriel Ripstein, valiéndose del
hiperrealismo fílmico para generar efectismos tan baratos como infumables,
tanto en los diálogos (que buscan la risa fácil del espectador a partir de las
forzadas groserías), como en las escenas de lo cotidiano (un líder criminal
lavando trastos, por ejemplo). En este sentido, asocio lo retratado y la forma
en la que es abordado el texto fílmico en cuestión con títulos formalmente
pretenciosos y vacuamente sustentados como Miss
Bala (Gerardo Naranjo, 2011) o Después
de Lucía (Michel Franco, 2012), que bien valdría la pena separar de aquellos
trabajos en apariencia similares pero –de fondo— diametralmente opuestos (por
la autenticidad y la honestidad narrativa palpable) como Norteado (Rigoberto Pérezcano, 2009) o Heli (Amat Escalante, 2013).
Demás está mencionar la irritación que me produjo el leer
en los créditos finales los nombres de los mandamases de esa abyecta cadena de
televisión que es Televisa, con Emilio Azcárraga Jean y Bernardo Gómez como
cabeza de la producción, algo que me supone una especie de extensión
cancerígena de lo peor de la televisión infectando al arte cinematográfico.

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