martes, 8 de marzo de 2016

Cine “taxidérmico, despojado de corazón”


El apellido Ripstein siempre lo asociaré con cine de buena calidad, particularmente por ese director mexicano que emergió en la cinematografía nacional y mundial entre finales de los años 60 y principios de los 70, con obras en las que desbordaba un sello incitante a apreciar y sentir dramas cuyos entornos estaban ligados a lo marginal, a ese México que de pronto sale del ojo cotidiano pero en el que también hay estructuras procreadoras de relatos en la misma medida intimistas que universales.

De Arturo Ripstein tengo en mi altar personal del mejor cine por lo menos a tres películas que en altos niveles me entretienen lo mismo que me remueven: El castillo de la pureza (1972) —mi favorita—, El lugar sin límites (1977) y Profundo carmesí (1996).

Seguramente, después de los clásicos del cine de oro nacional, Arturo Ripstein será el director más importante en México, por lo que el hecho de que su hijo Gabriel Ripstein presente su primera película tiene alguna relevancia para aquellos que seguimos el acontecer cinematográfico y la trayectoria del histórico cineasta.
600 millas

Con la distinción de haber obtenido el premio a la “mejor ópera prima” en el Festival de Cine de Berlín, llegó a las pantallas mexicanas la primera película del director Gabriel Ripstein: 600 millas (México, 2015).

En 600 millas seguimos al joven Arnulfo (Kristyan Ferrer), contrabandista de armas que, a consecuencia de sus torpezas, termina secuestrando azarosamente a un veterano agente de la policía de Estados Unidos (Tim Roth), con quien pasa de territorio estadounidense a lares mexicanos, teniendo que convivir con su rehén al tiempo que evalúa lo que habrá de hacer con él.

Estamos en 600 millas ante un thriller dramático contado en clave de road movie, en el que fundamentalmente vemos contrastadas un par de personalidades: ahí está el criminal inexperto, mexicano cuyas acciones realizadas parecen ser procesadas con el estómago, contrastando con el experimentado y frío oficial estadounidense, razonable y astuto en sus actitudes.

Tengo muchos problemas con los códigos que se plasman en el primer largometraje de Gabriel Ripstein, empezando por la condición blandengue de su protagonista (asociada en alguna parte de la cinta con una suerte de homosexualidad contenida), hasta la carencia de verosimilitud en los hechos planteados, visto con toda claridad en un secuestro que termina siendo contra natura dados los planteamientos establecidos desde el mismo guión (¿por qué alguien tan cobarde como el protagonista decidiría secuestrar a un policía?), pasando por una fallida economía de planos en la que gran parte del metraje retrata el viaje del secuestrador y su cautivo, momentos en los que se trasladan las acciones al interior de un vehículo y que me dejan en mi condición de espectador –a lo menos— indiferente.

También cabría señalar las suertes de intento de cine sórdido a las cuales recurre el propio Gabriel Ripstein, valiéndose del hiperrealismo fílmico para generar efectismos tan baratos como infumables, tanto en los diálogos (que buscan la risa fácil del espectador a partir de las forzadas groserías), como en las escenas de lo cotidiano (un líder criminal lavando trastos, por ejemplo). En este sentido, asocio lo retratado y la forma en la que es abordado el texto fílmico en cuestión con títulos formalmente pretenciosos y vacuamente sustentados como Miss Bala (Gerardo Naranjo, 2011) o Después de Lucía (Michel Franco, 2012), que bien valdría la pena separar de aquellos trabajos en apariencia similares pero –de fondo— diametralmente opuestos (por la autenticidad y la honestidad narrativa palpable) como Norteado (Rigoberto Pérezcano, 2009) o Heli (Amat Escalante, 2013).

Demás está mencionar la irritación que me produjo el leer en los créditos finales los nombres de los mandamases de esa abyecta cadena de televisión que es Televisa, con Emilio Azcárraga Jean y Bernardo Gómez como cabeza de la producción, algo que me supone una especie de extensión cancerígena de lo peor de la televisión infectando al arte cinematográfico.

Es curioso que en días previos al estreno comercial en México de 600 millas, en el marco del Festival de Cine de Gijón, el maestro Arturo Ripstein aseverara en una entrevista que buena parte del cine actual es realizado por “pijos y hipsters que toman el café descafeinado y no tienen sangre en las venas. Hacen cine taxidérmico, despojado de corazón, de tripas y olores”. Pues eso, que a 600 millas se le nota a mucho menos de 600 millas esa falta de alma; pareciera que Gabriel Ripstein es otro director más al que encasillaría como cineasta de ocio y no de raza, algo que lo coloca en las antípodas fílmicas respecto a su padre.

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