miércoles, 9 de marzo de 2016

La reinvención de un producto caduco


Cuando pienso en el cine que aborda temas deportivos, generalmente me abruma una sensación de pereza pues los prejuicios me traen a la mente referencias que se inscriben en esencias propias de la superación personal, relatos tópicos que buscan emocionar a través de formulismos fílmicos híper explotados. Sin embargo, haciendo una indagación un poco más profunda, también es posible recordar algunas cintas que rozan la grandeza, acaso porque palpan tangencialmente los deportes y se enfocan más en escudriñar la complejidad humana de los atletas.

En el apartado de los filmes deportivos panfletarios, rememoro con mucha indiferencia títulos como El mejor (Barry Levinson, 1984), Un equipo muy especial (Penny Marshall, 1993) o Un sueño posible (John Lee Hancock, 2009), obras que si bien pueden ser entretenidas, terminan por dejar una suerte de empalagamiento, principalmente porque desde el minuto uno ya se sabe que los protagonistas lograrán sortear obstáculo y medio para cumplir sus metas.

Del lado de las cintas deportivas cuyo recuerdo me genera emoción y reflexiones algo más profundas, a botepronto me vienen a la cabeza las películas Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) y El luchador (Darren Aronofsky, 2008), un par de sórdidos acercamientos a las decadencias existenciales y competitivas de dos protagonistas marcados por la violencia: en el caso de la cinta de Scorsese, por la paranoia contenida en un hombre (Robert De Niro) que parece un volcán en permanente actividad; y en cuanto al protagonista del filme de Aronofsky (Mickey Rourke), un ruinoso atleta magullado por la vida misma.
Creed: corazón de campeón

Sin duda la saga deportiva más recordada por los cinéfilos es aquella que relata las peleas del boxeador de raíces ítalo estadounidenses, oriundo de Filadelfia: Rocky Balboa.

Qué duda cabe que las película de Rocky siempre estuvieron inundadas por historias que solían hacer hincapié en el hecho de superar adversidades, de conseguir los objetivos planteados por el propio boxeador, tanto arriba como abajo del ring. Y qué puede hacer uno: aunque el argumento parece de lo más desgastado y trivial, quien escribe la presente crítica comenzó con ese tipo de películas a acercarse al cine, por lo que alguna significación especial han de tener (desde el lado más superficial y subjetivo, innegable).

Por lo anterior, era natural acercarse a la más reciente entrega de la saga: Creed: corazón de campeón (Creed, 2015). Si bien el visionado de la cinta en cuestión parecía inevitable, he de decir que mucho escepticismo tenía sobre la calidad del filme, principalmente porque consideraba que la historia en sí era ya un producto caduco, máxime por la indiferencia que me causó la sexta entrega de la serie: Rocky Balboa (2006).

En Creed: corazón de campeón estamos ante un relato que se entrecruza y deriva de la historia seminal de Rocky (los especialistas le llaman a este ejercicio spin-off), siguiendo en este caso a Adonis Johnson (Michael B. Jordan), hijo del rival por excelencia del protagonista de la saga, el fallecido Apollo Creed (Carl Weathers), quien carga casi de manera genética con un ímpetu de combate. Adonis no conoció a su padre y quedó huérfano de madre desde pequeño; luego entonces, es adoptado por quien fuera esposa de Creed (Phylicia Rashad). Aunque el protagonista tiene una vida resuelta en términos económicos, su impulso por el boxeo le llevará a contactar al contrincante y también amigo de su progenitor, Rocky (Sylvester Stallone), quien dedica sus días a la gestión de un restaurante. Por azares del destino, a Adonis se le presenta la oportunidad de enfrentarse a quien es campeón mundial en los menesteres boxísticos (Tony Bellew).

Creed: corazón de campeón retoma todas las esencias de la primera entrega de la saga, Rocky (John G. Avildsen, 1976), desde referencias directas (las mañanas de entrenamiento) hasta el argumento en bruto de aquella película (la oportunidad del inexperto para medirse contra el campeón), pero evolucionando a tal grado que se podría percibir como una reinvención de la propia saga, en la que se palpan matices que por humanos llegan a ser contradictorios en el mejor sentido (obsesiones, sentidos de derrota, resurgimientos, cambios de postura). Y encuentro que la clave del éxito de esta entrega está dada gracias al trabajo en guión y dirección del cineasta Ryan Coogler, alguien que con su película previa, Fruitvale Station (2013), me dejó la mejor impresión, sobre todo por la capacidad de conmover y por la solvencia narrativa demostrada, al margen de que en aquel filme haya una abierta toma de postura en favor del protagonista (también protagonizado por B. Jordan), quien era mostrado como víctima.

No es ningún secreto que Coogler camina por senderos argumentales explorados en el cine de deportes hasta el cansancio, pero son los detalles y la precisión en el ritmo narrativo los que encumbran a Creed: corazón de campeón, por lo menos al mismo nivel que la cinta inaugural de la saga, particularmente manteniéndome atento en la proyección durante sus poco más de dos horas de metraje; y por qué no decirlo, hasta conmoviéndome.

Mucho se ha distinguido en Creed: corazón de campeón la participación como actor de reparto de Sylvester Stallone, cuyo trabajo me pareció tan sensible como entrañable, que mucho le debe al trazado del personaje que Ryan Coogler propuso, acompañado de un casting correctamente seleccionado.

En resumidas cuentas, Creed: corazón de campeón se encarama como una más que apropiada recomposición a la saga de Rocky, la vuelta más humana a los orígenes que el propio universo narrativo de la serie podía ofrecer, oscilando entre los códigos tópicos y profundos que tiene el cine deportivo per se.
   
Atento quedo a los futuros trabajos que realice el cineasta Ryan Coogler.

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