Cuando pienso en el cine que aborda temas deportivos,
generalmente me abruma una sensación de pereza pues los prejuicios me traen a
la mente referencias que se inscriben en esencias propias de la superación
personal, relatos tópicos que buscan emocionar a través de formulismos fílmicos
híper explotados. Sin embargo, haciendo una indagación un poco más profunda,
también es posible recordar algunas cintas que rozan la grandeza, acaso porque palpan
tangencialmente los deportes y se enfocan más en escudriñar la complejidad
humana de los atletas.
En el apartado de los filmes deportivos panfletarios,
rememoro con mucha indiferencia títulos como El mejor (Barry Levinson, 1984), Un equipo muy especial (Penny Marshall, 1993) o Un sueño posible (John Lee Hancock,
2009), obras que si bien pueden ser entretenidas, terminan por dejar una suerte
de empalagamiento, principalmente porque desde el minuto uno ya se sabe que los
protagonistas lograrán sortear obstáculo y medio para cumplir sus metas.
Del lado de las cintas deportivas cuyo recuerdo me genera
emoción y reflexiones algo más profundas, a botepronto me vienen a la cabeza las
películas Toro salvaje (Martin
Scorsese, 1980) y El luchador (Darren
Aronofsky, 2008), un par de sórdidos acercamientos a las decadencias
existenciales y competitivas de dos protagonistas marcados por la violencia: en
el caso de la cinta de Scorsese, por la paranoia contenida en un hombre (Robert
De Niro) que parece un volcán en permanente actividad; y en cuanto al
protagonista del filme de Aronofsky (Mickey Rourke), un ruinoso atleta
magullado por la vida misma.
Creed: corazón de campeón
Sin duda la saga deportiva más recordada por los
cinéfilos es aquella que relata las peleas del boxeador de raíces ítalo
estadounidenses, oriundo de Filadelfia: Rocky Balboa.
Qué duda cabe que las película de Rocky siempre
estuvieron inundadas por historias que solían hacer hincapié en el hecho de
superar adversidades, de conseguir los objetivos planteados por el propio
boxeador, tanto arriba como abajo del ring. Y qué puede hacer uno: aunque el
argumento parece de lo más desgastado y trivial, quien escribe la presente
crítica comenzó con ese tipo de películas a acercarse al cine, por lo que alguna
significación especial han de tener (desde el lado más superficial y subjetivo,
innegable).
Por lo anterior, era natural acercarse a la más reciente
entrega de la saga: Creed: corazón de campeón
(Creed, 2015). Si bien el visionado
de la cinta en cuestión parecía inevitable, he de decir que mucho escepticismo
tenía sobre la calidad del filme, principalmente porque consideraba que la
historia en sí era ya un producto caduco, máxime por la indiferencia que me
causó la sexta entrega de la serie: Rocky
Balboa (2006).
En Creed: corazón
de campeón estamos ante un relato que se entrecruza y deriva de la historia
seminal de Rocky (los especialistas le llaman a este ejercicio spin-off), siguiendo en este caso a Adonis
Johnson (Michael B. Jordan), hijo del rival por excelencia del protagonista de
la saga, el fallecido Apollo Creed (Carl Weathers), quien carga casi de manera
genética con un ímpetu de combate. Adonis no conoció a su padre y quedó
huérfano de madre desde pequeño; luego entonces, es adoptado por quien fuera
esposa de Creed (Phylicia Rashad). Aunque el protagonista tiene una vida
resuelta en términos económicos, su impulso por el boxeo le llevará a contactar
al contrincante y también amigo de su progenitor, Rocky (Sylvester Stallone),
quien dedica sus días a la gestión de un restaurante. Por azares del destino, a
Adonis se le presenta la oportunidad de enfrentarse a quien es campeón mundial
en los menesteres boxísticos (Tony Bellew).
Creed:
corazón de campeón retoma todas las esencias de la primera
entrega de la saga, Rocky (John G.
Avildsen, 1976), desde referencias directas (las mañanas de entrenamiento)
hasta el argumento en bruto de aquella película (la oportunidad del inexperto
para medirse contra el campeón), pero evolucionando a tal grado que se podría
percibir como una reinvención de la propia saga, en la que se palpan matices
que por humanos llegan a ser contradictorios en el mejor sentido (obsesiones,
sentidos de derrota, resurgimientos, cambios de postura). Y encuentro que la
clave del éxito de esta entrega está dada gracias al trabajo en guión y
dirección del cineasta Ryan Coogler, alguien que con su película previa, Fruitvale Station (2013), me dejó la
mejor impresión, sobre todo por la capacidad de conmover y por la solvencia
narrativa demostrada, al margen de que en aquel filme haya una abierta toma de
postura en favor del protagonista (también protagonizado por B. Jordan), quien
era mostrado como víctima.
No es ningún secreto que Coogler camina por senderos argumentales
explorados en el cine de deportes hasta el cansancio, pero son los detalles y
la precisión en el ritmo narrativo los que encumbran a Creed: corazón de campeón, por lo menos al mismo nivel que la cinta
inaugural de la saga, particularmente manteniéndome atento en la proyección
durante sus poco más de dos horas de metraje; y por qué no decirlo, hasta
conmoviéndome.
Mucho se ha distinguido en Creed: corazón de campeón la participación como actor de reparto de
Sylvester Stallone, cuyo trabajo me pareció tan sensible como entrañable, que
mucho le debe al trazado del personaje que Ryan Coogler propuso, acompañado de
un casting correctamente seleccionado.
En resumidas cuentas, Creed:
corazón de campeón se encarama como una más que apropiada recomposición a
la saga de Rocky, la vuelta más humana a los orígenes que el propio universo
narrativo de la serie podía ofrecer, oscilando entre los códigos tópicos y
profundos que tiene el cine deportivo per se.

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