martes, 26 de enero de 2016

Romance gótico de formas magnéticas


Siempre que los sesudos del cine recomiendan una película por su fotografía o por su diseño de arte, me da la sensación de que las cintas sugeridas son básicamente inocuas, que las historias que cuentan son limitadas y que, en un acto de esnobismo, los intelectuales tratan de apoyarse en elementos fílmicos que, personalmente, no creo que deban ser asimilados como entidades independientes. En otras palabras, para que quien escribe el presente texto pueda calificar una cinta como “buena”, es necesario que los elementos de la película en su conjunto se encuentren en un mínimo de armonía, propiciando algún tipo de goce para el espectador.

Así –por mencionar— nunca he entendido a aquellos que señalan el filme Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) como una “obra maestra”, sobre todo cuando su dicho es respaldado por elementos como la fotografía (qué duda cabe que es magistral) o la banda sonora, obviando el aspecto narrativo que personalmente reconozco como cansino (por no decir soporífero). Citando otro caso, lo mismo me ocurre con algunos de los filmes de Wes Anderson (Life Aquatic, 2004), películas de diseño que me tienen más atento al reloj (para ver a qué hora terminan) que a los propios aspectos del texto fílmico.
La cumbre escarlata

Este año, el cineasta jalisciense Guillermo del Toro presentó el que es su noveno largometraje de ficción: La cumbre escarlata (Crimson Peak. Estados Unidos, 2015).

La cinta, ambientada en el siglo XIX, nos cuenta la historia de una joven estadounidense aspirante a escritora (Mia Wasikowska), quien un buen día conoce a un inventor británico (Tom Hiddleston), personaje con el que, en contra de la voluntad de su padre (Jim Beaver), cae en las redes del enamoramiento. La pareja contrae matrimonio y se muda a una vieja casona solitaria en Inglaterra, sitio que compartirán con la hermana del protagonista masculino (Jessica Chastain). Sin embargo, el personaje al que encarna Wasikowska está expuesto permanentemente al asedio de espectros fantasmales, agudizándose esta circunstancia luego de su arribo a la mansión.

La cumbre escarlata es un relato confuso desde su definición genérica, siendo una película que navega entre el melodrama, el terror sobrenatural y el suspenso; acaso mejor puntualizada como un romance gótico. Del Toro se centra más en la generación de entornos envolventes y sugestivos que en la precisión de la trama, sosteniéndose el filme a través de la permanente atmósfera marca registrada del director, con elementos fantásticos turbios y una retorcida vinculación entre los personajes principales.

El también director de Cronos (1993) retoma sutilmente en La cumbre escarlata múltiples elementos de otras obras, que van desde el cuento La caída de la Casa Usher (Edgar Allan Poe, 1839), en tanto a las relaciones interpersonales propuestas, hasta esencias de la cinta Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), a partir del manejo del entorno, adhiriéndole muy explícitamente elementos del cine giallo (El pájaro de las plumas de cristal. Dario Argento, 1970), dada la forma de exponer los hechos de violencia.

Abonando a las virtudes de la cinta, he de decir que –per se- las presencias de Mia Wasikowska y de Jessica Chastain me parecen una condición superlativa que invita a alabar aún más la calidad del filme, pues son mis actrices predilectas del Hollywood actual, siempre brindando papeles acentuadamente correctos, poniendo sus respectivos registros histriónicos en función de la historia que se cuenta, evitando imposturas y centrándose en el poder de sugerir a partir de gestos mínimos.

En cuanto a Guillermo del Toro, aunque no es uno de mis directores favoritos, siempre le reconoceré la pasión cinematográfica y artística que destila a través de sus películas, con resultados que pueden ser mejores o peores pero que, en última instancia, llevan adherido su sello de forma permanente.

Contrario a lo señalado en las líneas introductorias, creo que –inéditamente— elementos de La cumbre escarlata como la fotografía, la puesta en escena y las actuaciones fueron los que magnéticamente sostuvieron mi interés por el filme, más allá de que la trama contada, estrictamente desde el lado narrativo, se me cayera a ratos.

La cumbre escarlata es una cinta propicia para verse en más de una ocasión, que me dejó bastante satisfecho; en resumidas cuentas, una muy buena experiencia fílmica soportada a partir de su desenvolvimiento formal.

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