Siempre que los sesudos del
cine recomiendan una película por su fotografía o por su diseño de arte, me da
la sensación de que las cintas sugeridas son básicamente inocuas, que las
historias que cuentan son limitadas y que, en un acto de esnobismo, los
intelectuales tratan de apoyarse en elementos fílmicos que, personalmente, no creo
que deban ser asimilados como entidades independientes. En otras palabras, para
que quien escribe el presente texto pueda calificar una cinta como “buena”, es
necesario que los elementos de la película en su conjunto se encuentren en un
mínimo de armonía, propiciando algún tipo de goce para el espectador.
Así –por mencionar— nunca he
entendido a aquellos que señalan el filme Barry
Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) como una “obra maestra”, sobre todo cuando
su dicho es respaldado por elementos como la fotografía (qué duda cabe que es magistral)
o la banda sonora, obviando el aspecto narrativo que personalmente reconozco
como cansino (por no decir soporífero). Citando otro caso, lo mismo me ocurre
con algunos de los filmes de Wes Anderson (Life
Aquatic, 2004), películas de diseño que me tienen más atento al reloj (para
ver a qué hora terminan) que a los propios aspectos del texto fílmico.
La cumbre escarlata
Este año, el cineasta
jalisciense Guillermo del Toro presentó el que es su noveno largometraje de
ficción: La cumbre escarlata (Crimson Peak. Estados Unidos, 2015).
La cinta, ambientada en el
siglo XIX, nos cuenta la historia de una joven estadounidense aspirante a
escritora (Mia Wasikowska), quien un buen día conoce a un inventor británico (Tom
Hiddleston), personaje con el que, en contra de la voluntad de su padre (Jim
Beaver), cae en las redes del enamoramiento. La pareja contrae matrimonio y se
muda a una vieja casona solitaria en Inglaterra, sitio que compartirán con la
hermana del protagonista masculino (Jessica Chastain). Sin embargo, el
personaje al que encarna Wasikowska está expuesto permanentemente al asedio de
espectros fantasmales, agudizándose esta circunstancia luego de su arribo a la
mansión.
La
cumbre escarlata es un relato confuso desde su definición
genérica, siendo una película que navega entre el melodrama, el terror
sobrenatural y el suspenso; acaso mejor puntualizada como un romance gótico. Del
Toro se centra más en la generación de entornos envolventes y sugestivos que en
la precisión de la trama, sosteniéndose el filme a través de la permanente
atmósfera marca registrada del director, con elementos fantásticos turbios y
una retorcida vinculación entre los personajes principales.
El también director de Cronos (1993) retoma sutilmente en La cumbre escarlata múltiples elementos
de otras obras, que van desde el cuento La
caída de la Casa Usher (Edgar Allan Poe, 1839), en tanto a las relaciones
interpersonales propuestas, hasta esencias de la cinta Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940), a partir del manejo del entorno, adhiriéndole
muy explícitamente elementos del cine
giallo (El pájaro de las plumas de cristal. Dario Argento, 1970), dada la
forma de exponer los hechos de violencia.
Abonando a las virtudes de
la cinta, he de decir que –per se- las presencias de Mia Wasikowska y de Jessica
Chastain me parecen una condición superlativa que invita a alabar aún más la
calidad del filme, pues son mis actrices predilectas del Hollywood actual,
siempre brindando papeles acentuadamente correctos, poniendo sus respectivos
registros histriónicos en función de la historia que se cuenta, evitando
imposturas y centrándose en el poder de sugerir a partir de gestos mínimos.
En cuanto a Guillermo del
Toro, aunque no es uno de mis directores favoritos, siempre le reconoceré la
pasión cinematográfica y artística que destila a través de sus películas, con
resultados que pueden ser mejores o peores pero que, en última instancia, llevan
adherido su sello de forma permanente.
Contrario a lo señalado en
las líneas introductorias, creo que –inéditamente— elementos de La cumbre escarlata como la fotografía,
la puesta en escena y las actuaciones fueron los que magnéticamente sostuvieron
mi interés por el filme, más allá de que la trama contada, estrictamente desde
el lado narrativo, se me cayera a ratos.
La cumbre escarlata es una cinta
propicia para verse en más de una ocasión, que me dejó bastante satisfecho; en
resumidas cuentas, una muy buena experiencia fílmica soportada a partir de su
desenvolvimiento formal.

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