Pocos directores en la
actualidad poseen la fórmula que les permita desarrollar películas
equilibradamente efectivas, más allá de productos ramplones de consumo efímero
(como muchos se dan, sobre todo en el cine estadounidense), ni cosas tan pretenciosas
que aburran a la mayoría de los espectadores.
Robert Zemeckis lleva casi
cuatro décadas realizando cintas que en el peor de los casos son narrativamente
solventes, con títulos que se han hecho de un espacio particular en la historia
del cine, al margen de que a este quien escribe le puedan gustar más o menos.
Filmes como la trilogía de Volver a
futuro (1985, 1989 y 1990), Forrest
Gump (1994) o Náufrago (2000) le
han asegurado al cineasta oriundo de Chicago la posibilidad de filmar lo que
guste y mande en el momento que le apetezca.
Su penúltima película
estrenada, El vuelo (2012), sirve
perfectamente para ratificar su estatus como director sabio de la narrativa
fílmica e, igual de importante, conocedor de las inclinaciones del público. En la
cinta referida tenemos desde una extraordinaria secuencia de la caída de un
avión, hasta una serie de cuestionamientos morales propuestos por el director en
torno al protagonista (un correcto Denzel Washington), con esencias a “relato de
moraleja” en el medio a las que nunca rehúye el propio Zemeckis.
En la cuerda floja
Este 2015 el también
director de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?
(1988) presentó en salas comerciales su decimoséptimo largometraje de ficción, En la cuerda floja (The Walk, 2015).
La historia de En la cuerda floja narra la aventura del
equilibrista francés Philippe Petit (Joseph Gordon-Levitt), quien en los años
setenta consiguió el desafiante objetivo de caminar entre las hoy extintas
Torres Gemelas de Nueva York, a través de un delgado cable. El relato está
contado a manera de analepsis (en tiempo pasado), con el protagonista del filme
recordando lo que fue aquel histórico evento desde su preparación, al lado de
su pareja y un grupo de amigos.
Llama la atención que Robert
Zemeckis haya llevado a la ficción cinematográfica una historia que apenas en
2008 había sido filmada a manera de documental. Y es que En la cuerda floja nos cuenta básicamente lo mismo que años antes
el cineasta James Marsh había expuesto con Man
on Wire; en aquel caso, con resultados tan líricos como turbadores, en un
filme que obtuvo todos los premios que tenía por ganar (Oscar, Sundance y
Festival de Toronto, por mencionar). Sin embargo, comparativamente hablando, aunque
lo que nos cuentan tanto Man on Wire
como En la cuerda floja es
básicamente lo mismo, el cómo lo expresan las distancia considerablemente. Lo
que en la primera puede advertirse como la poética de un recuerdo y de una
obsesión documentada, en la segunda lo apreciamos a través de un drama personal
que navega por caminos seguros, incluso con un halo de superación personal, incluida
alguna que otra secuencia inquietante (principalmente cuando el funambulista se
encuentra realizando su acto principal).
En
la cuerda floja es una cinta bastante funcional, que llega a
cansarnos a aquellos que no somos tan condescendientes en términos de la sugestión
fílmica; una película que finalmente retrata en la misma medida el virtuosismo
de Robert Zemeckis (explotando la animación digital en el mejor de los
sentidos) que su propio encasillamiento de director sencillo en cuanto a sus
pretensiones discursivas.
Por ahí me sigue sobrepasando
la híper gesticulación de ese buen actor que es Joseph Gordon-Levitt, al que
prefiero en roles de reparto como en El origen
(Christopher Nolan, 2010), y no en sus siempre empalagosos papeles
protagónicos, como lo dejó asentado desde aquella ambivalente cinta que fue (500) días con ella (Marc Webb, 2009).
Por lo demás, En la cuerda floja es de esas cintas que
se dejan ver, que por momentos hasta pueden llegar a emocionar; y poco más.

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