martes, 19 de enero de 2016

Otra muestra de la efectividad de Zemeckis


Pocos directores en la actualidad poseen la fórmula que les permita desarrollar películas equilibradamente efectivas, más allá de productos ramplones de consumo efímero (como muchos se dan, sobre todo en el cine estadounidense), ni cosas tan pretenciosas que aburran a la mayoría de los espectadores.

Robert Zemeckis lleva casi cuatro décadas realizando cintas que en el peor de los casos son narrativamente solventes, con títulos que se han hecho de un espacio particular en la historia del cine, al margen de que a este quien escribe le puedan gustar más o menos. Filmes como la trilogía de Volver a futuro (1985, 1989 y 1990), Forrest Gump (1994) o Náufrago (2000) le han asegurado al cineasta oriundo de Chicago la posibilidad de filmar lo que guste y mande en el momento que le apetezca.

Su penúltima película estrenada, El vuelo (2012), sirve perfectamente para ratificar su estatus como director sabio de la narrativa fílmica e, igual de importante, conocedor de las inclinaciones del público. En la cinta referida tenemos desde una extraordinaria secuencia de la caída de un avión, hasta una serie de cuestionamientos morales propuestos por el director en torno al protagonista (un correcto Denzel Washington), con esencias a “relato de moraleja” en el medio a las que nunca rehúye el propio Zemeckis.
En la cuerda floja

Este 2015 el también director de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988) presentó en salas comerciales su decimoséptimo largometraje de ficción, En la cuerda floja (The Walk, 2015).

La historia de En la cuerda floja narra la aventura del equilibrista francés Philippe Petit (Joseph Gordon-Levitt), quien en los años setenta consiguió el desafiante objetivo de caminar entre las hoy extintas Torres Gemelas de Nueva York, a través de un delgado cable. El relato está contado a manera de analepsis (en tiempo pasado), con el protagonista del filme recordando lo que fue aquel histórico evento desde su preparación, al lado de su pareja y un grupo de amigos.

Llama la atención que Robert Zemeckis haya llevado a la ficción cinematográfica una historia que apenas en 2008 había sido filmada a manera de documental. Y es que En la cuerda floja nos cuenta básicamente lo mismo que años antes el cineasta James Marsh había expuesto con Man on Wire; en aquel caso, con resultados tan líricos como turbadores, en un filme que obtuvo todos los premios que tenía por ganar (Oscar, Sundance y Festival de Toronto, por mencionar). Sin embargo, comparativamente hablando, aunque lo que nos cuentan tanto Man on Wire como En la cuerda floja es básicamente lo mismo, el cómo lo expresan las distancia considerablemente. Lo que en la primera puede advertirse como la poética de un recuerdo y de una obsesión documentada, en la segunda lo apreciamos a través de un drama personal que navega por caminos seguros, incluso con un halo de superación personal, incluida alguna que otra secuencia inquietante (principalmente cuando el funambulista se encuentra realizando su acto principal).

En la cuerda floja es una cinta bastante funcional, que llega a cansarnos a aquellos que no somos tan condescendientes en términos de la sugestión fílmica; una película que finalmente retrata en la misma medida el virtuosismo de Robert Zemeckis (explotando la animación digital en el mejor de los sentidos) que su propio encasillamiento de director sencillo en cuanto a sus pretensiones discursivas.

Por ahí me sigue sobrepasando la híper gesticulación de ese buen actor que es Joseph Gordon-Levitt, al que prefiero en roles de reparto como en El origen (Christopher Nolan, 2010), y no en sus siempre empalagosos papeles protagónicos, como lo dejó asentado desde aquella ambivalente cinta que fue (500) días con ella (Marc Webb, 2009).

Por lo demás, En la cuerda floja es de esas cintas que se dejan ver, que por momentos hasta pueden llegar a emocionar; y poco más.


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