Hacía tiempo que la
experiencia cinematográfica no me provocaba sensaciones de cabreo tan extremas.
Y es que cuando uno es
asiduo consumidor de productos cinematográficos, irremediablemente está
expuesto a apreciar trabajos buenos, malos y regulares. Sin embargo, pese a que
una cinta pueda ser digna del calificativo “porquería”, casi nunca la sensación
negativa tiene efectos de enojo fehaciente, de pesadez propiciada desde la gran
pantalla.
La noche de Iguala
Hace unos días (octubre de
2015) causó polémica el estreno en pantallas de cine el docudrama La noche de Iguala (Raúl Quintanilla,
2015), filme que retoma la desaparición de los 43 normalistas procedentes deAyotzinapa el pasado 26 de septiembre de 2014.
La
noche de Iguala sustenta la desaparición de los estudiantes
en el municipio de Iguala, Guerrero, a partir de la versión oficial brindada
por la Procuraduría General de la República (PGR). Así, se sucede una narrativa
que indica la disputa de un par de cárteles del narcotráfico, quienes habrían
confundido a los educandos con enemigos del hampa, lo que les llevó a
asesinarlos y a incinerar sus cuerpos.
Dadas las implicaciones
políticas que suscita el tema en cuestión, es evidente que cada filmación sobre
el mencionado hecho habría de tener una intencionalidad concreta. Sin embargo,
la cosa se vuelve rancia cuando el proyecto cinematográfico busca lavarle las
manos de forma torpe y descarada a las instancias que han fungido como
obstáculos reales en el desahogo de la investigación y su posterior impartición
de justicia.
Avance cinematográfico del documental La noche de Iguala
Y es que La noche de Iguala va más allá de
pretender fungir de “abogado del diablo” con las instancias oficiales. Es
hiriente su discurso en tanto que trata de generar percepciones sobre las
víctimas a partir del sensacionalismo más vacuo, luciendo la producción mencionada
como un trabajo de encargo; el dicho de la PGR es potenciado por
dramatizaciones lo mismo estúpidas que reduccionistas.
Al margen de que La noche de Iguala se postra en perspectivas
totalmente oficialistas, aún más grave resulta su engaño al espectador; la
cinta es presentada como derivación de una investigación “periodística”
realizada por el comunicador Jorge Fernández Menéndez. Pero el docudrama nada
tiene de periodístico: simplemente se da una versión de los hechos aderezada
por el ya consabido problema del narcotráfico que azota al estado de Guerrero (y
al país en general), utilizándose esta situación para mancillar el nombre de
los normalistas desaparecidos, como para aminorar el golpe propinado a la
salvaguarda de los derechos humanos en el país, sin presentarse contrastes de
información, testimonios de primera mano y acercamiento con las víctimas
directas del lesivo caso.
Está por demás referirse a
los valores técnicos que la película pudiera o no tener, limitándome sólo a reseñar
el hecho de que posee seguramente las peores dramatizaciones que se puedan
haber filmado (efectistas, mal interpretadas), aunado a un permanente descuido
de detalles cinematográficos tan primarios como la continuidad en las imágenes
mostradas (y tienen la desvergüenza de presentar al director del filme como “Maestro”).
Pues eso, que La noche de Iguala es un panfleto
oficialista con tufo a terrorismo mediático.
En todo caso,
recomendaría que aquellos que buscan tener más información sobre el “caso
Iguala” se acercaran a un documental en toda regla como es Ayotzinapa: crónica de un crimen de Estado (Xavier Robles, 2015),
producción en la que al menos tuvieron la decencia de acercarse al mencionado
poblado de Ayotzinapa y a los padres que aún buscan dar con el paradero de sus
43 desaparecidos, documental en el que se da fe de la versión oficial del Gobierno pero,
más importante aún, se le contrasta, poniéndola en entredicho a partir de sus propias
contradicciones y de las inexistentes pruebas científicas resolutivas que den
veracidad a lo que perversamente se explicita en La noche de Iguala.

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