Para algunos nostálgicos del
cine con letras mayúsculas, la obra de Ridley Scott siempre quedará asociada a
títulos clásicos como Alien, el octavo
pasajero (1979) o Thelma & Louise
(1991); qué decir de ese monumento a la ciencia ficción que representa Blade Runner (1982).
Sin embargo, en las más de
veinte películas que componen el universo fílmico de Scott, se pueden encontrar
cintas que a lo mucho causan indiferencia, como La caída del halcón negro (2002) o El abogado del crimen (2013).
De esta forma, uno cuando
lee “la nueva película de Ridley Scott” sabe que se atiene a que el producto en
cuestión pueda ser de una variedad muy amplia.
Este año, el también
director de ese título soporífero que me resultó Gladiador (2000) presentó al mundo su más reciente película, Misión Rescate (The Martian, 2015), filme en el que el cineasta británico retoma el
tema de los viajes espaciales tras la muy mediana Prometeo (2012).
En Misión rescate seguimos a una expedición de la NASA que viaja al
planeta Marte, sitio en el que, de manera accidental, uno de sus integrantes
(Matt Damon) es dejado erróneamente por sus compañeros, quienes lo creían muerto.
Ahí, el personaje principal -especialista en botánica- tendrá que ingeniárselas
para sobrevivir en tanto se buscan los medios adecuados para rescatarlo desde
la Tierra.
Así, la trama de la película
se desarrolla a través de dos vías: por un lado, el ingenio que va demostrando
el astronauta varado en territorio marciano para generar condiciones que le
permitan sobrevivir (alimentos y un espacio propicio para desenvolverse); por
otro lado, atendemos a una serie de problemáticas suscitadas desde los lares
terrestres, en los que incidencias administrativas, políticas y técnicas habrán
de ser superadas para salvar al personaje encarnado por Damon.
Más allá de ser estrictos con
la verosimilitud que pudiera o no tener el texto fílmico (al final es una
ficción y todo se vale), Misión rescate
me dejó sensaciones ambivalentes; positivas, en tanto que fue una cinta que me
mantuvo entretenido durante las más de dos horas que comprenden su metraje; y
negativas, dada la carencia de profundidad de la narración.
Evidentemente nadie esperaba
que en Misión rescate se plasmaran
ideas tan reflexivas como aquellas que pueden encontrarse en cintas como 2001: Una odisea del espacio (Stanley
Kubrick, 1968) o Solaris (Andrei
Tarkovsky, 1972), pero vaya que se echan de menos propuestas algo más
introspectivas como lo sugerido en ese correcto filme que es Moon (Duncan Jones, 2009), en donde se
exploraba el cariz solitario de un astronauta aislado de todo contacto humano y
las repercusiones propiciadas a partir de esta situación.
Y es que precisamente el mal
sabor de boca viene dado desde la incuestionable seguridad que tiene el
personaje de Matt Damon sobre su propia salvación, obviando cualquier
posibilidad de dudar por parte del espectador; y, más allá del “se salvará o
no”, tampoco vemos alguna reacción psicológica del protagonista dada la
situación límite que se plantea. En todo caso, la mayor dosis dramática que se
presenta en la cinta son una serie de disyuntivas planteadas desde la propia
NASA, en donde se orilla al personal a tomar una serie de decisiones que, si
bien transgreden circunstancias operativas, éstas van de acuerdo a lo que
moralmente cualquier persona con un ápice de humanidad resolvería (rescatar a
un semejante); aderezado lo anterior con una serie de tópicos que coquetean con
fastidiosos rasgos de superación personal, trabajo en equipo y demás
convenciones.
En otras palabras, no veo en
Misión rescate una necesidad por
escudriñar sobre un tema en concreto, simplemente percibo un ímpetu por relatar
alguna anécdota que en sí es entretenida, pero que no va más allá de la
superficialidad.
Acaso Misión rescate me plantea reflexiones
que no tienen que ver directamente con lo que su origen establece, más bien provoca
que me cuestione autodefiniciones sobre lo que debe o no ser la apreciación
cinematográfica. Y, en este sentido, me respondo que tengo muy claro lo que
busco al ver una película: reflexionar, emocionarme y, desde el punto de vista
más banal, entretenerme. Pues esta cinta me entretuvo mucho, pero poco más.

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