lunes, 9 de noviembre de 2015

Maestría en la génesis de Spielberg


Seguramente el nombre más reconocible de la industria cinematográfica mundial es el del estadounidense Steven Spielberg, director, guionista y productor fílmico, procreador de más de media centena de películas, asociado en términos cuantitativos como el gran virtuoso de los éxitos del cine.

Personalmente, tengo la sensación de que Spielberg se sabe la fórmula comercial/narrativa de lo que los grandes y los reducidos públicos alrededor del mundo gustan contemplar. En otras palabras, su figura -como la de casi nadie- ha sido aplaudida lo mismo por la crítica que por el público de masas (comparado en este aspecto con el cineasta británico Alfred Hitchcock).

Su filmografía es completada por muy diversas cintas, desde aquellas que apelan por retratar la cuestión fantástica (E.T., el extraterrestre, 1982) hasta algunas revisiones históricas (Rescatando al soldado Ryan, 1998), eso sí, dotando por lo general a las películas que llevan su firma de cierto énfasis por circunstancias que sobresaltan valores como la amistad, el sacrificio o lo que llamaría el que suscribe el presente texto “ímpetus reflexivos que funcionan adecuada y complacientemente ante cierto público, mismo que tiende a superfluos análisis, no así a ojos inclinados a revisiones de corte más crítico”. De esta manera (considerándome un “analista de cine” poco condescendiente), tiendo a aplaudir y a repudiar muchas circunstancias implícitas en el cine de Spielberg.

Recuerdo que en la adolescencia tenía como la cinta más amada a La lista de Schindler (1993), obra a la que, con el transcurrir de los años y tras múltiples visionados, le he tomado cierta manía; aunque narrativamente tiene poco que criticársele a Spielberg, dado que te mantiene con un enorme interés durante las más de tres horas que comprenden la duración de la cinta, hay que admitir la proclividad al “efectismo fácil” latente en el filme (que no a cualquiera le sale), llegando este elemento a su punto cenital quizás en los planos finales, cuando un grupo de personas honran la tumba de “su salvador”, el personaje de Oskar Schindler (Liam Neeson), aunado esto al perene maniqueísmo dentro de la narración (difícilmente refutable, por otro lado). Así, aunque tiene sus puntos criticables, he de reconocer que en La lista de Schindler también se encuentra una de las secuencias más alucinantes de la historia del cine: aquella intervención nazi en el Gueto de Cracovia, filmada sin diálogos durante aproximadamente 15 minutos, dotada de un realismo verdaderamente perturbador, en un blanco y negro apabullante (cortesía del genio de la cinefotografía Janusz Kaminski), apareciendo de manera simbólica el abrigo de una niña coloreado en rojo.

Duel

No obstante los variados ejemplos de éxito dentro en la carrera como director de Steven Spielberg, si he de quedarme con alguna etapa del cineasta sin duda esta sería la de sus primeras películas. Particularmente hablaría de tres obras: Duel (conocida en el mundo hispanoparlante como El diablo sobre ruedas o Reto a muerte; 1971), Tiburón (1975) y Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), películas en las que, sin tanto artificio y basándose estrictamente en la inventiva fílmica, llevó a los terrenos más altos al género de la intriga, en las primeras dos cintas valiéndose del terror, siendo la ciencia ficción el parangón utilizado para la tercera.

Es paradójico y no la vez que sea la ópera prima de Spielberg, Duel, la cinta más vanguardista de su filmografía -hasta hoy.

Duel fundamenta su trama a través de una historia muy reducida en términos de giros dramáticos: un automovilista (Dennis Weaver) es perseguido inexplicablemente a través de las carreteras estadounidenses por el misterioso conductor de un camión cisterna; ante eso se encuentra el espectador durante los 90 minutos de su proyección. La gran osadía de Spielberg es que a través del poder de la imagen en movimiento, en otras palabras “la génesis del cine”, consigue mantener atento al espectador sobre aquello que le pueda suceder al protagonista, dejando sin revelar de manera clara las motivaciones del perseguidor. El cineasta se regodea en mostrar distintas perspectivas y dimensiones de la road movie en cuestión, alternando planos generales con primeros planos de los vehículos y del protagonista, generando un efecto (que no efectismo) de angustia permanente, siempre conservando el punto de vista narrativo en nuestro personaje central.

Eso sí, bien vale mencionar que el guión de Duel trae la firma de uno de los próceres de la escritura fantástica, de horror y de la ciencia ficción, Richard Matheson (1926-2013), autor de clásicos tanto del cine como de la literatura (Soy leyenda, novela escrita en 1954 y posteriormente adaptada por su propia persona al cine en 1964, bajo el título de El último hombre sobre la Tierra, por mencionar), texto base al cual Spielberg le sacó el mejor de los provechos, consolidando una cinta cuasi experimental -hoy de culto- que bien puede servir para mostrar a los iniciados en el arte cinematográfico a cómo optimizar los recursos fílmicos a la mano, respetando máximas del cine como que “sin un buen guion no es posible una buena película”, o aquello que me gusta retomar a partir de filmografías como la del cineasta francés Robert Bresson (Pickpocket, 1959), eso de que “menos es más”.

Antes de que fuera patentado el aspecto de horrorizar al espectador sin “mostrar”, simplemente sugiriendo a partir del encuadre, la trama y/o el sonido, como ocurriría más adelante con Tiburón (1975), Spielberg dio fe con Duel del poder de la insinuación fílmica, de no concentrarse en dar o no explicaciones que se emparenten con lo verosímil, más bien apelar a la construcción paso a paso de las emociones vía el poder de la imagen en movimiento en conjunción con el sonido, resultando en última instancia Duel como un excelente punto de referencia de eso que encaramaría como una cruza entre el thriller y el terror psicológico.


No es casual que Spielberg, al preguntársele sobre la cinta en cuestión, manifieste que cada que se encuentra en el proceso de preproducción de alguna de sus películas, trata de recurrir a Duel como para mantener frescas en su mente las bases y esencias que propician la efectividad fílmica.


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