Seguramente el nombre más
reconocible de la industria cinematográfica mundial es el del estadounidense
Steven Spielberg, director, guionista y productor fílmico, procreador de más de
media centena de películas, asociado en términos cuantitativos como el gran
virtuoso de los éxitos del cine.
Personalmente, tengo la
sensación de que Spielberg se sabe la fórmula comercial/narrativa de lo que los
grandes y los reducidos públicos alrededor del mundo gustan contemplar. En
otras palabras, su figura -como la de casi nadie- ha sido aplaudida lo mismo
por la crítica que por el público de masas (comparado en este aspecto con el
cineasta británico Alfred Hitchcock).
Su filmografía es completada
por muy diversas cintas, desde aquellas que apelan por retratar la cuestión
fantástica (E.T., el extraterrestre,
1982) hasta algunas revisiones históricas (Rescatando
al soldado Ryan, 1998), eso sí, dotando por lo general a las películas que
llevan su firma de cierto énfasis por circunstancias que sobresaltan valores
como la amistad, el sacrificio o lo que llamaría el que suscribe el presente
texto “ímpetus reflexivos que funcionan adecuada y complacientemente ante
cierto público, mismo que tiende a superfluos análisis, no así a ojos
inclinados a revisiones de corte más crítico”. De esta manera (considerándome
un “analista de cine” poco condescendiente), tiendo a aplaudir y a repudiar
muchas circunstancias implícitas en el cine de Spielberg.
Recuerdo que en la
adolescencia tenía como la cinta más amada a La lista de Schindler (1993), obra a la que, con el transcurrir de
los años y tras múltiples visionados, le he tomado cierta manía; aunque
narrativamente tiene poco que criticársele a Spielberg, dado que te mantiene
con un enorme interés durante las más de tres horas que comprenden la duración
de la cinta, hay que admitir la proclividad al “efectismo fácil” latente en el
filme (que no a cualquiera le sale), llegando este elemento a su punto cenital
quizás en los planos finales, cuando un grupo de personas honran la tumba de
“su salvador”, el personaje de Oskar Schindler (Liam Neeson), aunado esto al
perene maniqueísmo dentro de la narración (difícilmente refutable, por otro lado).
Así, aunque tiene sus puntos criticables, he de reconocer que en La lista de Schindler también se
encuentra una de las secuencias más alucinantes de la historia del cine:
aquella intervención nazi en el Gueto de Cracovia, filmada sin diálogos durante
aproximadamente 15 minutos, dotada de un realismo verdaderamente perturbador,
en un blanco y negro apabullante (cortesía del genio de la cinefotografía
Janusz Kaminski), apareciendo de manera simbólica el abrigo de una niña
coloreado en rojo.
Duel
No obstante los variados
ejemplos de éxito dentro en la carrera como director de Steven Spielberg, si he
de quedarme con alguna etapa del cineasta sin duda esta sería la de sus
primeras películas. Particularmente hablaría de tres obras: Duel (conocida en el mundo
hispanoparlante como El diablo sobre
ruedas o Reto a muerte; 1971), Tiburón (1975) y Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), películas en las que,
sin tanto artificio y basándose estrictamente en la inventiva fílmica, llevó a
los terrenos más altos al género de la intriga, en las primeras dos cintas
valiéndose del terror, siendo la ciencia ficción el parangón utilizado para la
tercera.
Es paradójico y no la vez
que sea la ópera prima de Spielberg, Duel,
la cinta más vanguardista de su filmografía -hasta hoy.
Duel
fundamenta su trama a través de una historia muy reducida en términos de giros
dramáticos: un automovilista (Dennis Weaver) es perseguido inexplicablemente a
través de las carreteras estadounidenses por el misterioso conductor de un
camión cisterna; ante eso se encuentra el espectador durante los 90 minutos de
su proyección. La gran osadía de Spielberg es que a través del poder de la
imagen en movimiento, en otras palabras “la génesis del cine”, consigue
mantener atento al espectador sobre aquello que le pueda suceder al
protagonista, dejando sin revelar de manera clara las motivaciones del
perseguidor. El cineasta se regodea en mostrar distintas perspectivas y
dimensiones de la road movie en cuestión, alternando planos generales con
primeros planos de los vehículos y del protagonista, generando un efecto (que
no efectismo) de angustia permanente, siempre conservando el punto de vista
narrativo en nuestro personaje central.
Eso sí, bien vale mencionar
que el guión de Duel trae la firma de
uno de los próceres de la escritura fantástica, de horror y de la ciencia
ficción, Richard Matheson (1926-2013), autor de clásicos tanto del cine como de
la literatura (Soy leyenda, novela
escrita en 1954 y posteriormente adaptada por su propia persona al cine en
1964, bajo el título de El último hombre
sobre la Tierra, por mencionar), texto base al cual Spielberg le sacó el
mejor de los provechos, consolidando una cinta cuasi experimental -hoy de
culto- que bien puede servir para mostrar a los iniciados en el arte
cinematográfico a cómo optimizar los recursos fílmicos a la mano, respetando
máximas del cine como que “sin un buen guion no es posible una buena película”,
o aquello que me gusta retomar a partir de filmografías como la del cineasta
francés Robert Bresson (Pickpocket,
1959), eso de que “menos es más”.
Antes de que fuera patentado
el aspecto de horrorizar al espectador sin “mostrar”, simplemente sugiriendo a
partir del encuadre, la trama y/o el sonido, como ocurriría más adelante con Tiburón (1975), Spielberg dio fe con Duel del poder de la insinuación
fílmica, de no concentrarse en dar o no explicaciones que se emparenten con lo
verosímil, más bien apelar a la construcción paso a paso de las emociones vía
el poder de la imagen en movimiento en conjunción con el sonido, resultando en
última instancia Duel como un
excelente punto de referencia de eso que encaramaría como una cruza entre el
thriller y el terror psicológico.
No es casual que
Spielberg, al preguntársele sobre la cinta en cuestión, manifieste que cada que
se encuentra en el proceso de preproducción de alguna de sus películas, trata
de recurrir a Duel como para mantener
frescas en su mente las bases y esencias que propician la efectividad fílmica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario