lunes, 9 de noviembre de 2015

Magistral drama poliédrico


En su segundo largometraje de ficción realizado en los Estados Unidos, el cineasta checo Milos Forman (Amadeus, 1984) alcanzó su cenit como creador, dirigiendo esa obra maestra con letras mayúsculas titulada Atrapado sin salida (1975).

El filme en cuestión retoma la novela escrita por Ken Kesey (1935-2001), publicada en el año 1962, cuyos derechos para ser adaptada al cine fueron adquiridos por la estrella del Hollywood clásico Kirk Douglas (El gran carnaval. Billy Wilder, 1951), quien pretendía protagonizarla pero que, al paso del tiempo, cedió la batuta del proyecto nada menos que a su hijo, Michael Douglas (Wall Street. Oliver Stone, 1987), quien a mediados de la década del 70, junto con el productor Saul Zaentz (El paciente inglés. Anthony Minghella, 1996), convocó a un Milos Forman que llevaba tras de sí la carga de haber sido el máximo representante de la nueva ola del cine de la entonces Checoslovaquia.

Atrapado sin salida

En Atrapado sin salida damos seguimiento a Randle McMurphy (Jack Nicholson), vago condenado por haber cometido un crimen y que, dado a que es un reincidente, es trasladado a un hospital psiquiátrico en aras de comprobar si sufre de algún trastorno mental o verificar que los delitos que ha perpetrado han sido cometidos con dolo. En el nosocomio llevará una relación antagónica con la jefa de las enfermeras de apellido Ratched (Louise Fletcher), con quien se estará disputando el control fáctico del pabellón en el que es recluido junto con otros enfermos mentales.

Atrapado sin salida se encarama como un drama poliédrico. Por un lado, sirve para consolidarse como un documento de denuncia y posicionamiento contrario a las prácticas que entonces proliferaron en los sanatorios mentales de los Estados Unidos, sitios en los que eran frecuentes las incisiones quirúrgicas craneales conocidas como lobotomías. También, el filme supone una oda a la libertad; desde la rebeldía nata del personaje de McMurphy hasta su ambición por terminar con su cautiverio, ya sea de forma literal o a través de juegos imaginativos (en una parte del relato, la enfermera Ratched le impide ver un partido de béisbol, a lo cual el protagonista usa la imaginación para simular que forma parte de éste). Además, estamos ante un juego de engaños y fingimientos que podrían ser tomados como una parábola social en tanto a las máscaras que las personas utilizamos ante la demás gente; en el caso del texto fílmico, el ánimo de McMurphy por fingir demencia a condición de no ser trasladado a una penitenciaría. Y es que, desde el mismo título de la cinta (traducido literalmente del inglés al español como “alguien voló sobre el nido del cuco”), al hacer referencia al pájaro “cuco”, que se caracteriza por ser hábil para el engaño y ocupar los nidos de aves ajenas, nos encontramos en un juego de medias verdades, en el cual se pone en tela de duda la real locura de quienes se encuentran recluidos en el centro psiquiátrico.

La gran virtud de Atrapado sin salida es combinar un par de elementos que suponen una suerte de sincretismo cultural: ahí está el ánimo reflexivo y de sutil introspección puesto sobre la mesa a partir de la tradición europea del director Forman, pero también encontramos la capacidad del mismo cineasta para adaptarse a contar relatos universalmente apreciados, en la misma línea de las mejores narraciones cinematográficas norteamericanas, acaso arropado por un cuidado casting y un equipo de producción inmejorable. Son precisamente los mencionados puntos los que propician una atmósfera magnética, que transporta al espectador al interior del sanatorio, casi que formando parte de una comunidad de locos no tan locos, de la mano de una cámara que aprovecha los espacios cerrados prodigiosamente. Quizás la contraparte a tanta alabanza ganada desde la atmósfera del cautiverio se da en un momento del filme en el que –a pedido de la producción— Forman decide sacar las acciones del manicomio en una ilegal excursión que, a mi juicio, da al traste con todo el poder de fascinación adquirido en los propios espacios cerrados.

Sin duda el lado interpretativo es lo que brinda el correcto empaque a Atrapado sin salida, con un Jack Nicholson en estado de gracia tras haber protagonizado esa otra obra maestra titulada Chinatown (Roman Polanski, 1974), acompañado por una cuasi inédita Louise Fletcher (El exorcista 2: el hereje. John Boorman, 1977) que entró por la puerta grande haciéndose de uno de los cinco Oscar que obtuvo la cinta, sacándole provecho Forman a la pareja protagónica en varios niveles; desde sutiles tensiones generadas a partir de las miradas, hasta coléricos enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Qué decir de los actores de reparto encabezados por Will Sampson, quien da vida a un jefe indio sordomudo, mismo con el que el personaje de McMurphy realizará un progresivo ejercicio de transferencia de personalidades, que será clave en el desenlace del relato. Completan el casting rostros que posteriormente serían reconocibles en la industria del cine norteamericano como son Danny DeVito, Christopher Lloyd o Brad Dourif.

Atrapado sin salida es una obra maestra que no deja lugar a dudas, película que irremediablemente invita a múltiples visionados, ya sea por sus lecturas diversas o por el simple goce de apreciar buen cine.

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