Escribir una crítica sobre
una cinta que te ha llenado por completo las expectativas, que te ha removido y
sacudido los sentimientos más profundos, más que un análisis cinematográfico en
rigor, termina convirtiéndose en una pretendida extensión de aquello que en
pantalla representó un goce supremo.
Así, no pretendo que el
presente texto sea considerado como punto de referencia o una opinión en forma:
intento simplemente regodearme en mi hedonismo fílmico y, de paso, transmitir
ese grato momento que supuso el visionado del documental La sal de la Tierra (The Salt
of the Earth. Wim Wenders / Juliano Ribeiro Salgado, 2014).
La
sal de la Tierra
La
sal de la Tierra representa una inmersión a la biografía de
uno de los más grandes fotógrafos que ha pisado este mundo –hoy lo puedo decir.
Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado (hijo del protagonista) ocupan la lente
cinematográfica para exaltar anverso y reverso de las vivencias, emociones,
historias y cosmovisión del capturista de imágenes brasileño Sebastião Salgado.
Somos testigos pues del
recorrido vital de Salgado, desde su infancia en una finca de Minas Gerais
(Brasil), hasta su presente estadía en Europa.
Hay en La sal de la Tierra una muy precisa selección del material
fotográfico de Salgado, dando cuenta de los avatares de la vida,
particularmente en puntos donde los parias de este mundo sufren un día sí el
otro también, siempre con el incondicional respaldo de su compañera de vida, Lélia
Deluiz.
Acertadamente, los cineastas
hacen un recorrido cronológico en el sentido más clásico, pero es el poder de
las historias que esconden las propias fotografías junto con las muy hondas
reflexiones de Salgado lo que dotan de identidad propia al filme, alcanzando
las más altas cotas de emocionalidad.
Es inspirador desde toda
perspectiva lo vivido por Sebastião Salgado; formado como economista, el tipo
cambió su vida a partir de un genuino gusto por la fotografía y los alcances
que en ella vio, llevándole a recorrer medio mundo, registrando lo mismo la
hambruna perpetua en las tierras africanas que el genocidio sufrido por la
población tutsi en la Ruanda de los años noventa, igualmente dando cuenta de
las esclavizadas condiciones laborales suscitadas en su propio país, con una
épica postal en la que cientos de miles de personas arriesgan sus vidas con el
objeto de recolectar oro, simbolizando perfectamente el sentir de exhaustividad
que suponen los años de explotación laboral (pasados y presentes). Y, como para
menguar la amargura que supone el verse reflejado como especie humana en un
espejo de miseria y podredumbre, Salgado nos regala una oda visual a la
naturaleza, en una suerte de sugerido panteísmo reivindicatorio de las especies.
Salgado emociona, narra con
sus fotografías; Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado así lo entendieron y
utilizaron el arte de la imagen en movimiento para traer al primer plano la
figura de tan entrañable artista/periodista, quedando su obra como verdadero
patrimonio cultural invaluable.
Dado el profundo desasosiego
que me generó La sal de la Tierra, puedo
obviar alguna que otra consideración en torno a las decisiones tomadas desde la
dirección del mismo documental, pareciéndome un tanto gratuita y
autocomplaciente la participación activa de Wenders en el texto fílmico.
La sal de
la Tierra es un
verdadero milagro de la humanidad, propiciado por la acertada conjugación de
dos lenguajes que nacieron hermanados, el cine y la fotografía, centrados en la
figura de un genuino representante de ese devaluado término que es la
humanidad: Sebastião Salgado. Por supuesto que todos los halagos para Salgado;
por su vida, por sus fotografías, por esas emociones/reflexiones vertidas a
través de distintos lenguajes.

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