Muy pocos directores en la
historia del cine están capacitados para filmar momentos de suspensión de la
vida, eso que el cine comercial omite a través de las elipsis temporales para
pasar a los puntos dramáticos que le dan
consecución al relato que se está contando.
Para quedar más claros en el
enfoque subjetivista de la presente crítica, sólo me atraen los retratos
literales de la vida que han realizado colosales creadores del tamaño de Ingmar
Bergman (Vergüenza, 1968), Yasujiro
Ozu (El sabor del sake, 1962), Robert
Bresson (Diario de un cura rural 1951)
o Aki Kaurismäki (La chica de la fábrica
de cerillas 1990). Del cine mexicano, diría que el único al que le ha
encontrado el punto de aquello del «cine ojo» referido por Dziga Vertov (El hombre de la cámara, 1929) —el captar
cierta realidad de manera cuasi documental, sin el mayor artificio, componiendo
a partir de los elementos inherentes al cine— es el director Carlos Reygadas (Japón, 2002), teniendo a bien el
concentrarse en circunstancias como el encuadre, la ubicación de la cámara, el
montaje o la iluminación, todo dispuesto con el propósito de lo mismo hacer
sentir que hacer reflexionar al espectador, dotando de empaque a sus filmes
que, pese a manejar ritmos narrativos más cadenciosos que el promedio del cine
comercial, terminan por llenar la mente y el alma de quien suscribe el presente
artículo.
Sin embargo, la impostura
también se ha apropiado de esa clave realista de narrar el cine de ficción,
principalmente por aquellos directores relativamente nóveles a los que
seguramente les marcó la filmografía de Jean-Luc Godard (Sin aliento, 1960), encabezando algún tipo de vanguardia que, en el
caso del cineasta francés, a mí me ha ido pareciendo cada vez más soporífera.
Por el lado del cine mundial, me refiero a algunas películas de Lars von Trier
(Epidemic, 1987) o a ese director
tailandés al que muchos le han rendido culto por considerarle el gran
representante del cine posmoderno: Apichatpong Weerasethakul (Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas,
2010). En la cinematografía mexicana, basta con revisar algunas de las
películas festivaleras que en nombre de la difusión cultural logran ser
financiadas y hasta sobrevivir; vale observar títulos como Familia tortuga (Rubén Imaz, 2006), Año bisiesto (Michael Rowe, 2010), o Viaje a Tulum (Eduardo Villanueva, 2010) que, so pretexto de que en
el arte de la imagen en movimiento todo vale, retratan con el mayor espesor
temas base de gran interés como la desintegración familiar, algún trastorno
sexual o la tragedia del olvido, respectivamente, inundando las salas de cine
lo mismo de análisis impostados que de bostezos.
Güeros
Con el cartel de haber
ganado el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cine de Berlín y
algunos otros reconocimientos internacionales, llegó la cinta Güeros’ (Alonso
Ruizpalacios, 2014) a las pantallas nacionales. ¿Expectativa por eso?, no
mucha; ya me he acostumbrado a que, en ocasiones diversas, lo que los sesudos
críticos de los festivales de cine llegan a premiar terminan por ser verdaderas
tomaduras de pelo.
En Güeros damos seguimiento a la historia de un adolescente (Sebastián
Aguirre) que llega a la ciudad de México a vivir con su hermano mayor (Tenoch
Huerta) y un amigo de éste (Leonardo Ortizgris), personajes que se la viven en
la nadería, haciendo cualquier irreverencia al interior de un departamento que
parece caerse a pedazos. Un buen día emprenden un periplo citadino en busca de
algún héroe musical «underground», por lo que estarán visitando distintos
puntos emblemáticos de la capital mexicana. A su viaje se unirá una joven
activista política (Ilse Salas), llenando a la cinta de una serie de
reflexiones existenciales y sociológicas, al tiempo que van viviendo ciertas
anécdotas llenas de ironía.
Güeros
tiene toda la pinta de cine hecho para «progres», de aliento posmoderno en
forma y fondo; poco se cuenta y poco esfuerzo por parte del director y
guionista Ruizpalacios para darle empaque a su narración.
Tengo poco claras las
secuencias en concreto que componen al filme (mala memoria o muy poca empatía);
sólo recuerdo que en más de una ocasión me salió alguna risilla en los momentos
de humor propuestos (la cinta tiene un halo permanente de comedia contenida). Las
interpretaciones me resultaron fallidas en tanto a su verosimilitud con respecto
al universo propuesto por el director; acaso rescataría a un Tenoch Huerta que
me parece un actor bastante efectivo; y poco más. La película peca del elogio
propio, autoreferenciándose en algún pasaje, pretendiendo el cineasta Ruizpalacios
dotar de gracia al principio de dominio total por parte del director respecto a
su obra, como otro santo de los «progres» ya lo había hecho con anterioridad en
la cinta La montaña sagrada
(Alejandro Jodorowsky, 1973).
Tengo que decir también que
al observar Güeros me fue inevitable
pensar en la película Temporada de patos
(Fernando Eimbcke, 2004), filmes hermanados, desde lo superficial, a causa de ese
retrato en blanco y negro de la realidad citadina contemporánea y, en el fondo,
a partir de cierta apología por la nadería.
En defensa de Güeros, pese a lo mucho de pretensión
que le llegué a detectar, tampoco es una película que se llegue a odiar (como aquella
cosa jactanciosa llamada Después de Lucía;
Michel Franco, 2012), incluso diría que más allá de lo cansina que por momentos
resulta, al final se deja ver y no te tira de sueño (que ya es decir).
En
alguna entrevista que le hicieron al director Alonso Ruizpalacios afirmaba —parafraseándolo—
que Güeros era una película hecha
entre amigos, casi que para consumo de los propios amigos, pareciéndome su
declaración totalmente apegada a la realidad pues, para el resto del público,
resultó ser un ejercicio audiovisual carente de cualquier empatía.
Cada vez entiendo más
a Aki Kaurismäki cuando señala que sus películas siempre están pensadas en
hacer sentir algo al público. Y es que el cine no puede ser simplemente para el
autoconsumo de sus creadores; para eso están los videos de fiestas familiares o
de bodas, que incumben simplemente a aquellos que participaron en los
respectivos eventos. Y ya.

No hay comentarios:
Publicar un comentario