viernes, 10 de julio de 2015

Realismo reflexivo y poco sustancioso


Muy pocos directores en la historia del cine están capacitados para filmar momentos de suspensión de la vida, eso que el cine comercial omite a través de las elipsis temporales para pasar a los puntos dramáticos que le dan  consecución al relato que se está contando.

Para quedar más claros en el enfoque subjetivista de la presente crítica, sólo me atraen los retratos literales de la vida que han realizado colosales creadores del tamaño de Ingmar Bergman (Vergüenza, 1968), Yasujiro Ozu (El sabor del sake, 1962), Robert Bresson (Diario de un cura rural 1951) o Aki Kaurismäki (La chica de la fábrica de cerillas 1990). Del cine mexicano, diría que el único al que le ha encontrado el punto de aquello del «cine ojo» referido por Dziga Vertov (El hombre de la cámara, 1929) —el captar cierta realidad de manera cuasi documental, sin el mayor artificio, componiendo a partir de los elementos inherentes al cine— es el director Carlos Reygadas (Japón, 2002), teniendo a bien el concentrarse en circunstancias como el encuadre, la ubicación de la cámara, el montaje o la iluminación, todo dispuesto con el propósito de lo mismo hacer sentir que hacer reflexionar al espectador, dotando de empaque a sus filmes que, pese a manejar ritmos narrativos más cadenciosos que el promedio del cine comercial, terminan por llenar la mente y el alma de quien suscribe el presente artículo.

Sin embargo, la impostura también se ha apropiado de esa clave realista de narrar el cine de ficción, principalmente por aquellos directores relativamente nóveles a los que seguramente les marcó la filmografía de Jean-Luc Godard (Sin aliento, 1960), encabezando algún tipo de vanguardia que, en el caso del cineasta francés, a mí me ha ido pareciendo cada vez más soporífera. Por el lado del cine mundial, me refiero a algunas películas de Lars von Trier (Epidemic, 1987) o a ese director tailandés al que muchos le han rendido culto por considerarle el gran representante del cine posmoderno: Apichatpong Weerasethakul (Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, 2010). En la cinematografía mexicana, basta con revisar algunas de las películas festivaleras que en nombre de la difusión cultural logran ser financiadas y hasta sobrevivir; vale observar títulos como Familia tortuga (Rubén Imaz, 2006), Año bisiesto (Michael Rowe, 2010), o Viaje a Tulum (Eduardo Villanueva, 2010) que, so pretexto de que en el arte de la imagen en movimiento todo vale, retratan con el mayor espesor temas base de gran interés como la desintegración familiar, algún trastorno sexual o la tragedia del olvido, respectivamente, inundando las salas de cine lo mismo de análisis impostados que de bostezos.

Güeros

Con el cartel de haber ganado el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cine de Berlín y algunos otros reconocimientos internacionales, llegó la cinta Güeros’ (Alonso Ruizpalacios, 2014) a las pantallas nacionales. ¿Expectativa por eso?, no mucha; ya me he acostumbrado a que, en ocasiones diversas, lo que los sesudos críticos de los festivales de cine llegan a premiar terminan por ser verdaderas tomaduras de pelo.

En Güeros damos seguimiento a la historia de un adolescente (Sebastián Aguirre) que llega a la ciudad de México a vivir con su hermano mayor (Tenoch Huerta) y un amigo de éste (Leonardo Ortizgris), personajes que se la viven en la nadería, haciendo cualquier irreverencia al interior de un departamento que parece caerse a pedazos. Un buen día emprenden un periplo citadino en busca de algún héroe musical «underground», por lo que estarán visitando distintos puntos emblemáticos de la capital mexicana. A su viaje se unirá una joven activista política (Ilse Salas), llenando a la cinta de una serie de reflexiones existenciales y sociológicas, al tiempo que van viviendo ciertas anécdotas llenas de ironía.

Güeros tiene toda la pinta de cine hecho para «progres», de aliento posmoderno en forma y fondo; poco se cuenta y poco esfuerzo por parte del director y guionista Ruizpalacios para darle empaque a su narración.

Tengo poco claras las secuencias en concreto que componen al filme (mala memoria o muy poca empatía); sólo recuerdo que en más de una ocasión me salió alguna risilla en los momentos de humor propuestos (la cinta tiene un halo permanente de comedia contenida). Las interpretaciones me resultaron fallidas en tanto a su verosimilitud con respecto al universo propuesto por el director; acaso rescataría a un Tenoch Huerta que me parece un actor bastante efectivo; y poco más. La película peca del elogio propio, autoreferenciándose en algún pasaje, pretendiendo el cineasta Ruizpalacios dotar de gracia al principio de dominio total por parte del director respecto a su obra, como otro santo de los «progres» ya lo había hecho con anterioridad en la cinta La montaña sagrada (Alejandro Jodorowsky, 1973).

Tengo que decir también que al observar Güeros me fue inevitable pensar en la película Temporada de patos (Fernando Eimbcke, 2004), filmes hermanados, desde lo superficial, a causa de ese retrato en blanco y negro de la realidad citadina contemporánea y, en el fondo, a partir de cierta apología por la nadería.

En defensa de Güeros, pese a lo mucho de pretensión que le llegué a detectar, tampoco es una película que se llegue a odiar (como aquella cosa jactanciosa llamada Después de Lucía; Michel Franco, 2012), incluso diría que más allá de lo cansina que por momentos resulta, al final se deja ver y no te tira de sueño (que ya es decir).

En alguna entrevista que le hicieron al director Alonso Ruizpalacios afirmaba —parafraseándolo— que Güeros era una película hecha entre amigos, casi que para consumo de los propios amigos, pareciéndome su declaración totalmente apegada a la realidad pues, para el resto del público, resultó ser un ejercicio audiovisual carente de cualquier empatía.

Cada vez entiendo más a Aki Kaurismäki cuando señala que sus películas siempre están pensadas en hacer sentir algo al público. Y es que el cine no puede ser simplemente para el autoconsumo de sus creadores; para eso están los videos de fiestas familiares o de bodas, que incumben simplemente a aquellos que participaron en los respectivos eventos. Y ya.

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