Hay cosas que uno no se explica en las carreras de ciertos actores que,
tras haberse consolidado y haber alcanzado los más altos niveles del quehacer
histriónico, de buenas a primeras comienzan a participar en rodajes de mediana
y francamente mala calidad, irrespetando sus propias filmografías.
De entrada, pienso en mis dos actores favoritos de la historia del cine:
Max von Sydow y Gene Hackman. El primero, luego de haber protagonizado esa obra
inmensa de la cinematografía mundial que es El séptimo sello (1957),
y tras haber sido actor fetiche del inconmensurable cineasta sueco Ingmar
Bergman en la década del 60, apareció en el casting de cintas chapuceras y de
consumo rápido como El juez (1995) o Tan fuerte, tan
cerca (Stephen Daldry, 2011). Y a Hackman apenas le perdono que luego
de haberse comido la pantalla en grandes películas como Contacto en
Francia (William Friedkin, 1971) o La conversación (Francis
Ford Coppola, 1974), se presentara en títulos insignificantes —por decir lo
menos— como Enemigo público (Tony Scott, 1998) o La
mexicana (Gore Verbinski, 2001).
Así como los citados intérpretes, otro claro ejemplo de desconcierto
filmográfico detecto en la carrera del gran Al Pacino, siendo que tiene en su
historia papeles de personajes ya míticos como el Michael Corleone de El
Padrino (Francis Ford Coppola, 1972); aquel tímido y encantador
errante de El espantapájaros (Jerry Schatzberg, 1973) —junto a
Gene Hackman, por cierto; o ese nervioso atraca bancos de Tarde de
perros (Sidney Lumet, 1975). Sin embargo, a partir de los años 90,
Pacino parece aceptar sin pensar cualquier papel que le pongan enfrente. Así,
le hemos visto encarnar a personajes de disímiles alcances en obras buenas,
malas y regulares, advirtiendo que desde Perfume de mujer (Martin
Brest, 1992) —película por la que le dieron el Oscar al mejor actor— hace uso
del mismo gesto, una suerte de interpretar en automático, algo que
sistemáticamente ha ido dejando frente a la cámara. De esta forma, más allá de
que títulos como El abogado del diablo (Taylor Hackford,
1997), El dilema (Michael Mann, 1999) o Insomnia (Christopher
Nolan, 2002) ciertamente me agraden, veo exactamente al mismo Al Pacino
poniendo en marcha su gesticulación «marca registrada», cayendo de manera
exacta en sobreactuaciones propias del Actors Studio. Y ya no hablemos de
blasfemias en su filmografía como aquel papel de reparto que realizó en la
cinta protagonizada por Adam Sandler Jack & Jill (Dennis
Dugan, 2011)…
The Humbling
El año pasado, de la mano del cineasta Barry Levinson (Rain Man,
1988), Pacino protagonizó la adaptación a la novela de Philip Roth The
Humbling, que supone la segunda colaboración del director y el actor tras
el filme para la televisión No conoces a Jack (2010).
En The Humbling (título homónimo de la novela) seguimos
el declive histriónico de Simon (Al Pacino), veterano actor de teatro que una
noche, en un abrir y cerrar de ojos, pierde la motivación por seguir
plantándose en el escenario, sufriendo un accidente en una función que le
alejará de las tablas. Debido a lo anterior, Simon ingresa a una clínica
psiquiátrica en donde busca rehabilitarse, al tiempo que expone una suerte de
mezcla entre sentires y experiencias de vida, mezclando a sus personajes de la
ficción con su propia realidad. Una vez que sale del hospital mental se recluye
en su casa, perdido en la nada, hasta que un buen día su joven ahijada y
seguidora más acérrima (Greta Gerwig) va a visitarle y, en una suerte de juego
de seducción, termina enamorando a Simon. Sin embargo, el sentimiento de ella
hacia él es harto complejo pues, de entrada, se define sexualmente como una
lesbiana; lo que siente hacia nuestro protagonista es, en el último de los
casos, una profunda admiración. Así, la llegada de la mujer en cuestión a su
vida le dará a Simon una especie de segundo aire existencial.
Levinson compone en The Humbling una cinta hecha a
molde para un Pacino que se luce, presentando lo mejor de su arsenal
interpretativo al mostrarnos desde sus lados más irónicos hasta la contención
emocional más efectiva, en una historia rica por su drama, que pasa de lo
trascendental a lo absurdo.
The Humbling pareciera ser una proyección cuasi onírica de lo que le ocurre a
Pacino en la vida real aunque, para ser exactos, nunca su carrera se ha visto
opacada por la sombra de la decrepitud (pese a que me molesten ciertos papeles
de algunas películas suyas) como sí ocurre con el personaje de Simon.
Puedo decir que The Humbling supone una reconciliación
de mí como espectador con ese tremendo actor que es Al Pacino, más allá de que
la propia industria o él mismo —no sé por qué razón— haya sido orillado a tomar
ciertos papeles esquemáticos, de burdo lucimiento.
Veo en The Humbling una película redonda, que si bien
puede tener algún punto difuso y un poco de exceso en la prolongación en su
metraje, ciertamente es una cinta que se queda en la mente por un buen rato, un
filme que de vez en cunando veré en el futuro. En pocas palabras y en el mejor
de los sentidos, The Humbling es todo Pacino.

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