Hay películas que, desde
antes de iniciar su visionado, tienen toda la apariencia de consolidarse como
importantes fiascos. Hay directores cuya “maestría” y alabanza rendida por
parte de la crítica sigo sin entender.
El cineasta estadounidense Paul
Thomas Anderson es considerado por medio mundo del cine como uno de los
directores más vanguardistas y excelsos de la actualidad, con trabajos que
—según cuentan los sesudos del arte de la imagen en movimiento— caminan entre
la perfección visual y la iconoclasia en términos temáticos.
Particularmente le tengo
aprecio a un par de cintas del cineasta en cuestión, considerando lo mismo
divertidos que sentidos títulos como Boogie
Nights (1997) y Magnolia (1999),
contraponiéndose a estos mi animadversión ante cintas cuasi unánimemente
aplaudidas como son Petróleo sangriento
(2007) y The Master (2012). Y es que,
más allá de que en lo general me rechinan conceptos aplicados como el de la
posmodernidad y la transgresión, he de quedar claro en que los filmes de
Anderson, casi que por regla general, me resultan distantes y letárgicos.
Vicio
propio
Aplaudida por un amplio
sector de la crítica especializada, la más reciente entrega de Paul Thomas
Anderson, Vicio propio (Inherent Vice, 2014), retoma las letras
de uno de los próceres de la postmodernidad, Thomas Pynchon, adaptando la novela
homónima publicada en 2009.
En Vicio propio damos seguimiento al detective privado “Doc” Sportello
(Joaquin Phoenix) quien, tras la visita de su ex novia (Katherine Waterston),
se ve inmerso en un laberinto de investigaciones que pretenderán dar con el
paradero de un magnate, paulatinamente sumándose a sus causas la salvaguarda de
un chivato (Owen Wilson), apoyándose para ello de un colega (Benicio Del Toro)
y sufriendo la férrea oposición de un intolerante jefe de la policía (Josh
Brolin); lo anterior contextualizado en los años 70, en algún punto de
California.
Es inevitable comparar al
personaje interpretado por Joaquin Phoenix con ese tan empático como entrañable
“Dude” de El gran Lebowski (Joel Coen
/ Ethan Coen, 1998), encarnado magistralmente por Jeff Bridges, compartiendo
ambos protagonistas su tendencia a lo escatológico, a andar pasados de mota
permanentemente, a vestir fachas y a encaramarse como los más despreocupados de
la vida. Sin embargo, las virtudes del tipo al que da vida Bridges son
precisamente las falencias de aquel al que representa Phoenix, quedándome el
primero como un individuo imperfecto pero querible, luciéndome el segundo más
bien como chocante y básicamente indiferente.
Si el personaje central de Vicio propio me resultó en el mejor de
los casos impasible, el desarrollo de la cinta en lo general me pareció
desgastante, luciéndome poco simpático aquello que el director presupone que
debe parecernos a los espectadores gracioso (el vasto consumo de drogas, por
mencionar), dejándome frío el tono irónico propuesto.
Vicio
propio parece ser la representación iconoclasta de ese género
cinematográfico tan querido por el que suscribe el presente texto, el «cine
negro», buscando romper con todos los componentes del lenguaje fílmico en
cuestión. De entrada, el detective trazado por Anderson es la contraparte de lo
que sería un Humphrey Bogart (El halcón
maltés. John Huston, 1941), un tipo cínico, elegante y atractivo, sumándose
al ánimo rupturista el hecho de que la estridencia de la película en cuestión
rompe con la áspera e hipnótica contención en la caligrafía de los filmes más
clásicos.
Y al fallido cóctel de desatinos
cinematográficos que representa Vicio
propio, hay que sumarle las aproximadamente dos horas y media de metraje
que provocan que el descontento general que me provocó la cinta se haga
exponencial.

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