viernes, 10 de julio de 2015

La fallida iconoclasia de P. T. Anderson


Hay películas que, desde antes de iniciar su visionado, tienen toda la apariencia de consolidarse como importantes fiascos. Hay directores cuya “maestría” y alabanza rendida por parte de la crítica sigo sin entender.

El cineasta estadounidense Paul Thomas Anderson es considerado por medio mundo del cine como uno de los directores más vanguardistas y excelsos de la actualidad, con trabajos que —según cuentan los sesudos del arte de la imagen en movimiento— caminan entre la perfección visual y la iconoclasia en términos temáticos.

Particularmente le tengo aprecio a un par de cintas del cineasta en cuestión, considerando lo mismo divertidos que sentidos títulos como Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999), contraponiéndose a estos mi animadversión ante cintas cuasi unánimemente aplaudidas como son Petróleo sangriento (2007) y The Master (2012). Y es que, más allá de que en lo general me rechinan conceptos aplicados como el de la posmodernidad y la transgresión, he de quedar claro en que los filmes de Anderson, casi que por regla general, me resultan distantes y letárgicos.

Vicio propio

Aplaudida por un amplio sector de la crítica especializada, la más reciente entrega de Paul Thomas Anderson, Vicio propio (Inherent Vice, 2014), retoma las letras de uno de los próceres de la postmodernidad, Thomas Pynchon, adaptando la novela homónima publicada en 2009.

En Vicio propio damos seguimiento al detective privado “Doc” Sportello (Joaquin Phoenix) quien, tras la visita de su ex novia (Katherine Waterston), se ve inmerso en un laberinto de investigaciones que pretenderán dar con el paradero de un magnate, paulatinamente sumándose a sus causas la salvaguarda de un chivato (Owen Wilson), apoyándose para ello de un colega (Benicio Del Toro) y sufriendo la férrea oposición de un intolerante jefe de la policía (Josh Brolin); lo anterior contextualizado en los años 70, en algún punto de California.

Es inevitable comparar al personaje interpretado por Joaquin Phoenix con ese tan empático como entrañable “Dude” de El gran Lebowski (Joel Coen / Ethan Coen, 1998), encarnado magistralmente por Jeff Bridges, compartiendo ambos protagonistas su tendencia a lo escatológico, a andar pasados de mota permanentemente, a vestir fachas y a encaramarse como los más despreocupados de la vida. Sin embargo, las virtudes del tipo al que da vida Bridges son precisamente las falencias de aquel al que representa Phoenix, quedándome el primero como un individuo imperfecto pero querible, luciéndome el segundo más bien como chocante y básicamente indiferente.

Si el personaje central de Vicio propio me resultó en el mejor de los casos impasible, el desarrollo de la cinta en lo general me pareció desgastante, luciéndome poco simpático aquello que el director presupone que debe parecernos a los espectadores gracioso (el vasto consumo de drogas, por mencionar), dejándome frío el tono irónico propuesto.

Vicio propio parece ser la representación iconoclasta de ese género cinematográfico tan querido por el que suscribe el presente texto, el «cine negro», buscando romper con todos los componentes del lenguaje fílmico en cuestión. De entrada, el detective trazado por Anderson es la contraparte de lo que sería un Humphrey Bogart (El halcón maltés. John Huston, 1941), un tipo cínico, elegante y atractivo, sumándose al ánimo rupturista el hecho de que la estridencia de la película en cuestión rompe con la áspera e hipnótica contención en la caligrafía de los filmes más clásicos.

Y al fallido cóctel de desatinos cinematográficos que representa Vicio propio, hay que sumarle las aproximadamente dos horas y media de metraje que provocan que el descontento general que me provocó la cinta se haga exponencial.

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