Abordar temáticas de guerra
en el cine siempre supone un hecho arriesgado, particularmente por la
perspectiva que se le impregne aln discurso en cuestión.
Seguramente el conflicto
bélico que menos disyuntivas genera al momento de ser pasado a la pantalla es
el de la II Guerra Mundial, habiendo un consenso prácticamente unánime sobre
quiénes eran los buenos (las víctimas de los nazis) y quiénes los malos (los nazis),
descartándose alguna consideración revisionista sobre dicho acontecimiento
histórico.
Dado que los Estados Unidos
es el país que en últimos tiempos (el último siglo, para ser precisos) más se
ha visto inmerso en fricciones internacionales, casi todo el cine bélico
responde a las anécdotas y/o experiencias vividas por personajes oriundos de
Norteamérica, generándose los contenidos más críticos en torno a la Guerra de
Vietnam (1959-1975), en donde lo mismo se alude a las ilegítimas prácticas e
injerencia del Ejército Estadounidense en territorio asiático (Pelotón. Oliver Stone, 1986), como se
pone acento en las atroces e irreversibles secuelas para los cuerpos castrenses
que fueron partícipes (El francotirador.
Michael Cimino, 1978).
En recientes años, la
cineasta canadiense Kathryn Bigelow se ha ocupado de retratar las andanzas de
las unidades militares norteamericanas en el Medio Oriente, con Irak,
Afganistán y Pakistán como los escenarios de fondo, primero exponiendo la
locura paulatina en la que se ven inmersos un grupo de soldados en Zona de miedo (2008), así como el letal
planteamiento del sinsentido de acabar con un problema, el del terrorismo,
utilizando básicamente las mismas técnicas terroristas que se repudian, exponiéndolo
de manera magistral en La noche más
oscura (2012).
El
francotirador
Tras enterarme de que ese
inmenso cineasta que es Clint Eastwood (Los
imperdonables, 1992) había rodado una cinta del género bélico,
inevitablemente me llegaron a la mente dos títulos de 2006 en los que abordaba
una de las más cruentas batallas que conformaron la multicitada II Guerra
Mundial, en donde japoneses defendían la isla de Iwo Jima del ataque
estadounidense, revisando dicho acontecimiento desde los títulos Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres, a través de
los cuales Eastwood hacía lo que de manera correcta, apelando a esa cosa rara
que es la objetividad, uno pediría que hicieran todos aquellos que emprenden la
tarea de realizar una revisión de conflictos históricos, poniendo sobre la mesa
las dos partes de un mismo hecho, en este caso las visiones japonesa y
estadounidense, respectivamente.
En su más reciente entrega,
Clint Eastwood tomó como base de su texto fílmico los apuntes biográficos de un
personaje harto controvertido, Chris Kyle (1974-2013), marine texano a quien se
le adjudica la muerte de mínimo unas 160 personas, entre adultos y menores,
como parte de la invasión de Estados Unidos a tierras iraquíes (2003-2011).
Bajo el título de El francotirador (American Sniper, 2014), seguimos la vida del mencionado Kyle (Bradley
Cooper) justo en la época en la que conoce a su esposa (Sienna Miller) y se
enrola voluntariamente en el Ejército, prosiguiendo su arribo a tierras
orientales en donde se creará la mítica fama del disparador americano más
certero.
Eastwood atina en contarnos
los orígenes y las consecuencias de la conducta aparentemente demencial de su
protagonista, dejando asentados principios fundamentales en la formación de sus
constructos como son el patriotismo y la justicia, dándonos a la postre una
radiografía exacta de lo trastornada que termina la psique de nuestro personaje
central tras ver materializada la búsqueda por hacer valer sus ideales,
luchando en nombre del espíritu justiciero oficialista gringo, teniendo para
ello incluso que plantearse la posibilidad de asesinar a niños en nombre del
combate al terrorismo.
Aunque contada con el pulso
del mejor narrador, mi problema con El
francotirador es que, desde una lectura geopolítica, Eastwood hace gala de
su abierta militancia republicana, en pro de la guerra, lo cual lo lleva a
esbozar, sin ánimos de análisis, que los iraquíes sí o sí son salvajes y
peligrosos, recayendo los dilemas planteados en los propios conflictos morales
de un protagonista que, reiteradamente, se presenta incuestionable en sus
valores personales.
La cámara casi de manera
permanente se centra en un Bradley Cooper que, a medida que pasa el tiempo, me
va convenciendo más de que es un actor, a lo peor, eficaz.
Despojando de tintes
políticos a la cinta en cuestión —algo difícil para quien esto escribe— he de
reconocer que El francotirador te
mantiene atento durante todo su metraje, aunque es claro que el filme no logra
generar la emoción y empatía que los títulos más grandes en la filmografía de
Eastwood sin duda consiguen (Los imperdonables,
1992), encaramando finalmente a la cinta como una película contada
adecuadamente, acaso carente de alma y susceptible de la aprobación de los
militantes pro guerra, vista como maniquea por aquellos que no comulgamos con
las invasiones bárbaras estadounidenses.
En otras palabras,
hay quienes terminarán viendo al tal Chris Kyle como un héroe y otros que lo
tomaremos como un enfermo desequilibrado.

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