viernes, 1 de mayo de 2015

Película maniquea, algo desalmada, pero bien contada


Abordar temáticas de guerra en el cine siempre supone un hecho arriesgado, particularmente por la perspectiva que se le impregne aln discurso en cuestión.

Seguramente el conflicto bélico que menos disyuntivas genera al momento de ser pasado a la pantalla es el de la II Guerra Mundial, habiendo un consenso prácticamente unánime sobre quiénes eran los buenos (las víctimas de los nazis) y quiénes los malos (los nazis), descartándose alguna consideración revisionista sobre dicho acontecimiento histórico.

Dado que los Estados Unidos es el país que en últimos tiempos (el último siglo, para ser precisos) más se ha visto inmerso en fricciones internacionales, casi todo el cine bélico responde a las anécdotas y/o experiencias vividas por personajes oriundos de Norteamérica, generándose los contenidos más críticos en torno a la Guerra de Vietnam (1959-1975), en donde lo mismo se alude a las ilegítimas prácticas e injerencia del Ejército Estadounidense en territorio asiático (Pelotón. Oliver Stone, 1986), como se pone acento en las atroces e irreversibles secuelas para los cuerpos castrenses que fueron partícipes (El francotirador. Michael Cimino, 1978).

En recientes años, la cineasta canadiense Kathryn Bigelow se ha ocupado de retratar las andanzas de las unidades militares norteamericanas en el Medio Oriente, con Irak, Afganistán y Pakistán como los escenarios de fondo, primero exponiendo la locura paulatina en la que se ven inmersos un grupo de soldados en Zona de miedo (2008), así como el letal planteamiento del sinsentido de acabar con un problema, el del terrorismo, utilizando básicamente las mismas técnicas terroristas que se repudian, exponiéndolo de manera magistral en La noche más oscura (2012).

El francotirador

Tras enterarme de que ese inmenso cineasta que es Clint Eastwood (Los imperdonables, 1992) había rodado una cinta del género bélico, inevitablemente me llegaron a la mente dos títulos de 2006 en los que abordaba una de las más cruentas batallas que conformaron la multicitada II Guerra Mundial, en donde japoneses defendían la isla de Iwo Jima del ataque estadounidense, revisando dicho acontecimiento desde los títulos Cartas desde Iwo Jima y Banderas de nuestros padres, a través de los cuales Eastwood hacía lo que de manera correcta, apelando a esa cosa rara que es la objetividad, uno pediría que hicieran todos aquellos que emprenden la tarea de realizar una revisión de conflictos históricos, poniendo sobre la mesa las dos partes de un mismo hecho, en este caso las visiones japonesa y estadounidense, respectivamente.

En su más reciente entrega, Clint Eastwood tomó como base de su texto fílmico los apuntes biográficos de un personaje harto controvertido, Chris Kyle (1974-2013), marine texano a quien se le adjudica la muerte de mínimo unas 160 personas, entre adultos y menores, como parte de la invasión de Estados Unidos a tierras iraquíes (2003-2011).

Bajo el título de El francotirador (American Sniper, 2014), seguimos la vida del mencionado Kyle (Bradley Cooper) justo en la época en la que conoce a su esposa (Sienna Miller) y se enrola voluntariamente en el Ejército, prosiguiendo su arribo a tierras orientales en donde se creará la mítica fama del disparador americano más certero.

Eastwood atina en contarnos los orígenes y las consecuencias de la conducta aparentemente demencial de su protagonista, dejando asentados principios fundamentales en la formación de sus constructos como son el patriotismo y la justicia, dándonos a la postre una radiografía exacta de lo trastornada que termina la psique de nuestro personaje central tras ver materializada la búsqueda por hacer valer sus ideales, luchando en nombre del espíritu justiciero oficialista gringo, teniendo para ello incluso que plantearse la posibilidad de asesinar a niños en nombre del combate al terrorismo.

Aunque contada con el pulso del mejor narrador, mi problema con El francotirador es que, desde una lectura geopolítica, Eastwood hace gala de su abierta militancia republicana, en pro de la guerra, lo cual lo lleva a esbozar, sin ánimos de análisis, que los iraquíes sí o sí son salvajes y peligrosos, recayendo los dilemas planteados en los propios conflictos morales de un protagonista que, reiteradamente, se presenta incuestionable en sus valores personales.

La cámara casi de manera permanente se centra en un Bradley Cooper que, a medida que pasa el tiempo, me va convenciendo más de que es un actor, a lo peor, eficaz.

Despojando de tintes políticos a la cinta en cuestión —algo difícil para quien esto escribe— he de reconocer que El francotirador te mantiene atento durante todo su metraje, aunque es claro que el filme no logra generar la emoción y empatía que los títulos más grandes en la filmografía de Eastwood sin duda consiguen (Los imperdonables, 1992), encaramando finalmente a la cinta como una película contada adecuadamente, acaso carente de alma y susceptible de la aprobación de los militantes pro guerra, vista como maniquea por aquellos que no comulgamos con las invasiones bárbaras estadounidenses.


En otras palabras, hay quienes terminarán viendo al tal Chris Kyle como un héroe y otros que lo tomaremos como un enfermo desequilibrado.

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