Parece que la cartelera
comercial por fin nos está haciendo justicia a los lobos solitarios que
añoramos el cine de antaño, aquellas películas que nos abrieron el sentido de
la percepción para terminar enamorándonos del arte de la imagen en movimiento.
Esta vez tocó el turno de
rememorar ese clásico con letras mayúsculas llamado Lo que el viento se llevó (Gone
With the Wind, 1939), a propósito del 75 aniversario de su estreno.
Más allá de cualquier
consideración que mitifique la obra en cuestión, como el que sea la película
que proporcionalmente más ingresos ha generado en la historia del cine, o que
para su realización se haya requerido de tres directores (Victor Fleming,
George Cukor y Sam Wood, sólo acreditándose al primero), Lo que el viento se llevó es capaz de brillar por sí misma, por lo
que cuenta y por cómo está contado.
Lo
que el viento se llevó
Lo
que el viento se llevó nos ubica en el inicio de la Guerra de
Secesión estadounidense, en el estado de Georgia, en donde seguimos a la
arrogante joven Scarlett O'Hara (Vivien Leigh), quien junto con su acaudalada
familia posee una hacienda llamada Tara. O'Hara está enamorada de otro joven
aristócrata, Ashley (Leslie Howard), pero éste ya se ha comprometido con su
prima, Melanie (Olivia de Havilland). En medio de este triángulo de
amor/desamor, aparece la figura del cínico vividor Rhett Butler (Clark Gable),
personaje que se desmarca del conflicto civil en nombre de su individualismo y
que caerá enamorado de la protagonista.
En esencia, Lo que el viento se llevó nos muestra la
transición de la juventud a la adultez de O'Hara, orillada en gran medida por
el contexto bélico que le ha tocado vivir, aunque también por su obsesivo
enamoramiento y el latente aprecio por sus terruños. Sin embargo, esta
progresión siempre estará inscrita en la ácida naturaleza que el papel de O'Hara
demanda: es mentirosa, convenenciera, impúdica, grosera y no le gustan las
reglas.
Vivien Leigh da vida
inmejorablemente a un personaje tan transgresor como entrañable; vendría siendo
una antiheroína que tiene su contrapunto en la mujer a la que encarna Olivia de
Havilland, esta segunda representando la bondad, el amor puro y el compromiso
con la causa. Y quizá Rhett Butler sería algo así como una extensión de Scarlett
O'Hara, un encantador antihéroe, aunque nunca llegando a las cotas de cinismo
que sí presenta el personaje al que interpreta Leigh.
El filme transpira clasicismo a nivel formal pero algo de iconoclasia en el
fondo pues, de entrada, la historia nos pone del lado de los perdedores de la
guerra (La Confederación) y, por si fuera poco, los protagonistas únicamente
tomarán parte de ella casi porque no les quedaba de otra, no por razones de envolverse
en la bandera.
La cinta está llena de
secuencias memorables; desde luego el gran monólogo en el que el personaje de Vivien
Leigh, tras encontrar casi en ruinas la hacienda de Tara, grita a los cuatro
vientos «así tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que
jamás volveré a pasar hambre»; o, en otro momento, Leigh y De Havilland
aparecen armadas, la primera con una pistola y la segunda con una espada, luego
de que un soldado enemigo entrara a su mansión con propósitos abusivos, mostrándose
ambas dispuestas a cargarse al tipo sin miramientos. Y otro de esos momentos
que me resultan harto representativos es aquella secuencia en la que Clark
Gable, desesperado por la nula correspondencia amorosa de Leigh, arroja una
copa de brandy a un gran retrato pintado de O'Hara, algo que remite a la
impotencia que persiste en la cinta, a esa desesperación muchas veces presente
en la vida diaria, el no entender por qué el razonamiento lógico y el
sentimiento del amor son prácticamente antagonistas.
Lo
que el viento se llevó tiene en su inicio toda la apariencia
de ser una comedia romántica pero, a medida que avanza, la complejidad se va
apropiando de la obra, a ratos con un excesivo dramatismo, en otros momentos
con el humor más negro e, incluso, significaciones cruentas propias del género
bélico.
En estricto rigor, cabe
mencionar que el filme en cuestión deja ciertas irregularidades al momento de
ser adaptado (su guión, escrito en mayor medida por Sidney Howard, está basado
en la novela homónima autoría de Margaret Mitchell), prolongando algunos
momentos intimistas y transcurriendo frenéticamente por ciertos acontecimientos
que terminan por no dar respiro; no obstante estas “fallas” (si alguien se
atreve a señalarlas), en nada es
desvirtuada esta obra mayor.
Lo
que el viento se llevó, en su título, remite a una época
fracturada e irrepetible a la que la aristocracia sureña estadounidense de
finales del siglo XIX siempre echará de menos; ese esplendor de la hierba que
les permitía a los acaudalados llevar vidas cómodas y despreocupadas,
únicamente enfocándose a su desenvolvimiento social; de hecho, es lo que ocurre
con el personaje de Scarlett O'Hara, quien de ser una niña berrinchuda pasa a
recolectar algodón para sobrevivir. Y así como los personajes tienen una
añoranza por el extinto y placentero pasado, uno como espectador, al ver en
pantalla grande este clásico, también es poseído por la nostalgia, esa
sensación de que este tipo de cine ya no va a realizarse nuevamente, con la
salvedad de que uno puede revisarlo una y otra vez (en la filmoteca personal,
desde luego), deleitándose con un arte que, a partir de cintas de este corte,
más que gustar llega a enamorar.
Las cuatro horas de
duración de Lo que el viento se llevó
quizá sean las cuatro horas que más rápido han transcurrido en mi vida.

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