lunes, 2 de febrero de 2015

Goce, nostalgia y transgresión


Parece que la cartelera comercial por fin nos está haciendo justicia a los lobos solitarios que añoramos el cine de antaño, aquellas películas que nos abrieron el sentido de la percepción para terminar enamorándonos del arte de la imagen en movimiento.

Esta vez tocó el turno de rememorar ese clásico con letras mayúsculas llamado Lo que el viento se llevó (Gone With the Wind, 1939), a propósito del 75 aniversario de su estreno.
Más allá de cualquier consideración que mitifique la obra en cuestión, como el que sea la película que proporcionalmente más ingresos ha generado en la historia del cine, o que para su realización se haya requerido de tres directores (Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood, sólo acreditándose al primero), Lo que el viento se llevó es capaz de brillar por sí misma, por lo que cuenta y por cómo está contado.

Lo que el viento se llevó

Lo que el viento se llevó nos ubica en el inicio de la Guerra de Secesión estadounidense, en el estado de Georgia, en donde seguimos a la arrogante joven Scarlett O'Hara (Vivien Leigh), quien junto con su acaudalada familia posee una hacienda llamada Tara. O'Hara está enamorada de otro joven aristócrata, Ashley (Leslie Howard), pero éste ya se ha comprometido con su prima, Melanie (Olivia de Havilland). En medio de este triángulo de amor/desamor, aparece la figura del cínico vividor Rhett Butler (Clark Gable), personaje que se desmarca del conflicto civil en nombre de su individualismo y que caerá enamorado de la protagonista.

En esencia, Lo que el viento se llevó nos muestra la transición de la juventud a la adultez de O'Hara, orillada en gran medida por el contexto bélico que le ha tocado vivir, aunque también por su obsesivo enamoramiento y el latente aprecio por sus terruños. Sin embargo, esta progresión siempre estará inscrita en la ácida naturaleza que el papel de O'Hara demanda: es mentirosa, convenenciera, impúdica, grosera y no le gustan las reglas.

Vivien Leigh da vida inmejorablemente a un personaje tan transgresor como entrañable; vendría siendo una antiheroína que tiene su contrapunto en la mujer a la que encarna Olivia de Havilland, esta segunda representando la bondad, el amor puro y el compromiso con la causa. Y quizá Rhett Butler sería algo así como una extensión de Scarlett O'Hara, un encantador antihéroe, aunque nunca llegando a las cotas de cinismo que sí presenta el personaje al que interpreta Leigh.

El filme transpira clasicismo a nivel formal pero algo de iconoclasia en el fondo pues, de entrada, la historia nos pone del lado de los perdedores de la guerra (La Confederación) y, por si fuera poco, los protagonistas únicamente tomarán parte de ella casi porque no les quedaba de otra, no por razones de envolverse en la bandera.

La cinta está llena de secuencias memorables; desde luego el gran monólogo en el que el personaje de Vivien Leigh, tras encontrar casi en ruinas la hacienda de Tara, grita a los cuatro vientos «así tenga que matar, engañar o robar, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre»; o, en otro momento, Leigh y De Havilland aparecen armadas, la primera con una pistola y la segunda con una espada, luego de que un soldado enemigo entrara a su mansión con propósitos abusivos, mostrándose ambas dispuestas a cargarse al tipo sin miramientos. Y otro de esos momentos que me resultan harto representativos es aquella secuencia en la que Clark Gable, desesperado por la nula correspondencia amorosa de Leigh, arroja una copa de brandy a un gran retrato pintado de O'Hara, algo que remite a la impotencia que persiste en la cinta, a esa desesperación muchas veces presente en la vida diaria, el no entender por qué el razonamiento lógico y el sentimiento del amor son prácticamente antagonistas.

Lo que el viento se llevó tiene en su inicio toda la apariencia de ser una comedia romántica pero, a medida que avanza, la complejidad se va apropiando de la obra, a ratos con un excesivo dramatismo, en otros momentos con el humor más negro e, incluso, significaciones cruentas propias del género bélico.

En estricto rigor, cabe mencionar que el filme en cuestión deja ciertas irregularidades al momento de ser adaptado (su guión, escrito en mayor medida por Sidney Howard, está basado en la novela homónima autoría de Margaret Mitchell), prolongando algunos momentos intimistas y transcurriendo frenéticamente por ciertos acontecimientos que terminan por no dar respiro; no obstante estas “fallas” (si alguien se atreve  a señalarlas), en nada es desvirtuada esta obra mayor.

Lo que el viento se llevó, en su título, remite a una época fracturada e irrepetible a la que la aristocracia sureña estadounidense de finales del siglo XIX siempre echará de menos; ese esplendor de la hierba que les permitía a los acaudalados llevar vidas cómodas y despreocupadas, únicamente enfocándose a su desenvolvimiento social; de hecho, es lo que ocurre con el personaje de Scarlett O'Hara, quien de ser una niña berrinchuda pasa a recolectar algodón para sobrevivir. Y así como los personajes tienen una añoranza por el extinto y placentero pasado, uno como espectador, al ver en pantalla grande este clásico, también es poseído por la nostalgia, esa sensación de que este tipo de cine ya no va a realizarse nuevamente, con la salvedad de que uno puede revisarlo una y otra vez (en la filmoteca personal, desde luego), deleitándose con un arte que, a partir de cintas de este corte, más que gustar llega a enamorar.

Las cuatro horas de duración de Lo que el viento se llevó quizá sean las cuatro horas que más rápido han transcurrido en mi vida.

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