De toda la gama de
posibilidades receptivas que el cine es capaz de brindarme, el elemento al que
más me aferro y por el cual siempre le estaré agradecido a este arte es la
emoción. Y, dentro de las emociones, aquellas que me causan más placer son las
que, paradójicamente, en la realidad menos me quiero encontrar: desasosiego, nostalgia…
y el dolor. Pero el dolor también puede ser susceptible a clasificaciones,
porque no es lo mismo sufrir por los estragos de una guerra que por la pérdida
de una mascota; mucho menos por la frustración del amor verdadero.
Guardo en lo más profundo de
mis recuerdos y de mis sentimientos algunas películas que me representan la
élite cinematográfica, obras que conforman mi «altar del amor imposible», las
cuales relaciono con las más hondas experiencias emocionales. En el parangón
más alto del desamor fílmico tengo cintas de muy diversas épocas y estilos.
Comienzo por referirme a ese clásico con letras mayúsculas que es Casablanca (Michael Curtiz, 1942), drama
romántico en el que confluyen dos iconos del cine, Humphrey Bogart e Ingrid
Bergman, quienes caminan por una delgada línea divisoria entre las fronteras
del deber y del querer, todo el tiempo añorando un dulce pasado fracturado por
la guerra. Está también esa lacrimógeno drama romántico titulado Los puentes de Madison (1995) (al menos
a mí me saca lágrimas cada que lo veo) dirigido con inmejorablemente por quien
quizá sea el último director clásico de la actualidad, el maestro Clint
Eastwood, quien, como el mejor titiritero, jala los hilos emocionales con ese
efímero pero harto sentimental acercamiento romántico con una reprimida ama de
casa llamada Francesca (Meryl Streep) y un galante trotamundos fotógrafo, Robert
(interpretado por el propio Eastwood), quienes se enredan en una relación
extramatrimonial de la manera más apasionada posible. Remato este particular recuento
con ese homenaje a la cadencia, al estilo, a la delicada atmósfera visual y
sonora que es Deseando amar (Wong
Kar-Wai, 2000), filme en el que vemos a unos encantadores Tony Leung Chiu Wai y
Maggie Cheung en el Hong Kong de los años 60, reprimiendo la mutua afección que
sienten, exponiéndose el melancólico y ahogado grito del deseo de una manera
prodigiosamente contenida.
Los
girasoles
En recientes días me
complací apreciando otro título dramático/romántico que, sin más, ha quedado
grabado en lo más alto de mi gusto cinematográfico: Los girasoles (I Girasoli.
Vittorio De Sica, 1970).
La cinta nos ubica en la Italia
de inicios de la II Guerra Mundial, siguiendo el apasionado romance de Giovanna
(Sophia Loren) y Antonio (Marcello Mastroianni), quienes son separados en
contra de sus deseos so pretexto del referido conflicto bélico. A él le mandan
a combatir a la Unión Soviética, teniendo que pasar por condiciones extremas.
Mientras, en territorio italiano, Giovanna espera a su amado a quien,
transcurrido un tiempo, le pierde la pista, dudando si continúa o no vivo,
situación que la llevará a emprender un viaje hacia la región soviética.
De Sica hace gala de su portentoso
pulso narrativo, desplegando esa misma economía fílmica que en títulos como Ladrón de bicicletas (1948) ya había
llegado al fondo de mis pesares, acá de la mano de una historia de amor contada
con saltos en el tiempo, presentándonos dos caras de cada uno de los
protagonistas, las de antes y las de después de la separación, conjugando todos
los elementos dramáticos que en un «in crescendo» lo van dejando a uno sin
aire, hasta llegar a un culmen de impotencia ante la circunstancia del desamor
como pocas veces se ha visto en la historia del cine (con una estación de
trenes que en mucho me hizo recordar a la propia Casablanca).
Loren y Mastroianni aparecen
en pleno estado de madurez profesional, encarnando con dominio y naturalidad a unos
personajes que quizá con actores de segunda línea hubieran dado al traste con
el texto fílmico.
Otra mención de honor
también para la banda sonora, compuesta por ese gran maestro que fue Henry
Mancini, cuya música sigue poniéndome la piel de gallina al rememorarla,
compaginándose y transmitiéndome esa nostalgia por el recuerdo que destila la
obra en cuestión.
Al margen del tan entrañable
como trágico relato amoroso, Los
girasoles también se encarama como una reflexión sobre el paso del tiempo,
sobre todas las circunstancias que entre dos personas se pueden atravesar a
causa de la distancia y del transcurrir cronológico, interviniendo variables
que generalmente se salen del dominio de las personas, pero que en gran medida
terminan por determinar su destino.
Me resta sólo agradecer a Vittorio
De Sica, a Sophia Loren, a Marcello Mastroianni y a quien me recomendó Los girasoles por haberme hecho pasar
uno de esos ratos inolvidables frente a la pantalla, disfrutando de la
grandiosa emoción que el mejor cine es capaz de forjar.

Me alegra que te haya gustado tanto como a mí... es de esas películas que dejan exquisitamente roto el corazón, Hasta para eso hay que ser un artista...
ResponderEliminarSin duda
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