martes, 9 de diciembre de 2014

Dolorosa y apreciable emoción cinematográfica


De toda la gama de posibilidades receptivas que el cine es capaz de brindarme, el elemento al que más me aferro y por el cual siempre le estaré agradecido a este arte es la emoción. Y, dentro de las emociones, aquellas que me causan más placer son las que, paradójicamente, en la realidad menos me quiero encontrar: desasosiego, nostalgia… y el dolor. Pero el dolor también puede ser susceptible a clasificaciones, porque no es lo mismo sufrir por los estragos de una guerra que por la pérdida de una mascota; mucho menos por la frustración del amor verdadero.

Guardo en lo más profundo de mis recuerdos y de mis sentimientos algunas películas que me representan la élite cinematográfica, obras que conforman mi «altar del amor imposible», las cuales relaciono con las más hondas experiencias emocionales. En el parangón más alto del desamor fílmico tengo cintas de muy diversas épocas y estilos. Comienzo por referirme a ese clásico con letras mayúsculas que es Casablanca (Michael Curtiz, 1942), drama romántico en el que confluyen dos iconos del cine, Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, quienes caminan por una delgada línea divisoria entre las fronteras del deber y del querer, todo el tiempo añorando un dulce pasado fracturado por la guerra. Está también esa lacrimógeno drama romántico titulado Los puentes de Madison (1995) (al menos a mí me saca lágrimas cada que lo veo) dirigido con inmejorablemente por quien quizá sea el último director clásico de la actualidad, el maestro Clint Eastwood, quien, como el mejor titiritero, jala los hilos emocionales con ese efímero pero harto sentimental acercamiento romántico con una reprimida ama de casa llamada Francesca (Meryl Streep) y un galante trotamundos fotógrafo, Robert (interpretado por el propio Eastwood), quienes se enredan en una relación extramatrimonial de la manera más apasionada posible. Remato este particular recuento con ese homenaje a la cadencia, al estilo, a la delicada atmósfera visual y sonora que es Deseando amar (Wong Kar-Wai, 2000), filme en el que vemos a unos encantadores Tony Leung Chiu Wai y Maggie Cheung en el Hong Kong de los años 60, reprimiendo la mutua afección que sienten, exponiéndose el melancólico y ahogado grito del deseo de una manera prodigiosamente contenida.

Los girasoles

En recientes días me complací apreciando otro título dramático/romántico que, sin más, ha quedado grabado en lo más alto de mi gusto cinematográfico: Los girasoles (I Girasoli. Vittorio De Sica, 1970).

La cinta nos ubica en la Italia de inicios de la II Guerra Mundial, siguiendo el apasionado romance de Giovanna (Sophia Loren) y Antonio (Marcello Mastroianni), quienes son separados en contra de sus deseos so pretexto del referido conflicto bélico. A él le mandan a combatir a la Unión Soviética, teniendo que pasar por condiciones extremas. Mientras, en territorio italiano, Giovanna espera a su amado a quien, transcurrido un tiempo, le pierde la pista, dudando si continúa o no vivo, situación que la llevará a emprender un viaje hacia la región soviética.

De Sica hace gala de su portentoso pulso narrativo, desplegando esa misma economía fílmica que en títulos como Ladrón de bicicletas (1948) ya había llegado al fondo de mis pesares, acá de la mano de una historia de amor contada con saltos en el tiempo, presentándonos dos caras de cada uno de los protagonistas, las de antes y las de después de la separación, conjugando todos los elementos dramáticos que en un «in crescendo» lo van dejando a uno sin aire, hasta llegar a un culmen de impotencia ante la circunstancia del desamor como pocas veces se ha visto en la historia del cine (con una estación de trenes que en mucho me hizo recordar a la propia Casablanca).

Loren y Mastroianni aparecen en pleno estado de madurez profesional, encarnando con dominio y naturalidad a unos personajes que quizá con actores de segunda línea hubieran dado al traste con el texto fílmico.

Otra mención de honor también para la banda sonora, compuesta por ese gran maestro que fue Henry Mancini, cuya música sigue poniéndome la piel de gallina al rememorarla, compaginándose y transmitiéndome esa nostalgia por el recuerdo que destila la obra en cuestión.

Al margen del tan entrañable como trágico relato amoroso, Los girasoles también se encarama como una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre todas las circunstancias que entre dos personas se pueden atravesar a causa de la distancia y del transcurrir cronológico, interviniendo variables que generalmente se salen del dominio de las personas, pero que en gran medida terminan por determinar su destino.

Me resta sólo agradecer a Vittorio De Sica, a Sophia Loren, a Marcello Mastroianni y a quien me recomendó Los girasoles por haberme hecho pasar uno de esos ratos inolvidables frente a la pantalla, disfrutando de la grandiosa emoción que el mejor cine es capaz de forjar.

2 comentarios:

  1. Me alegra que te haya gustado tanto como a mí... es de esas películas que dejan exquisitamente roto el corazón, Hasta para eso hay que ser un artista...

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