Hay una verdad tan ancestral como casi irrefutable: los sentimientos naturales
de una madre hacia sus hijos son el punto culmen del amor. Y, en dirección
contraria, está el famoso conflicto edípico propuesto por el padre del
psicoanálisis, un tal Sigmund Freud, quien esgrimía un deseo latente en el
inconsciente de los hijos en el que se generaban pulsiones sexuales
dirigidas hacia el progenitor del sexo opuesto; así de extremo.
Sobre las relaciones materno-filiales, me llega en principio aquella frase que
alguna vez soltó el escritor franco-argelino Albert Camus, afirmando que «si
tengo que escoger entre la justicia y mi madre, escogeré a mi madre por encima
de la justicia»; igual pienso en aquella canción del grupo de rock británico
Pink Floyd, titulada Mother, en donde se escucha decir en versos
cosas como «Silencio ahora, bebé, no llores, mamá va a hacer todo por ti…». En
fin, referentes a la devoción madre-hijo hay infinidad en el arte en general.
Aterrizando al terreno cinematográfico, pienso en un momento harto
significativo sobre el amor madre-hijo, y es aquel desenlace de esa obra
maestra titulada Las uvas de la ira (1940), dirigida por John
Ford, en donde el joven protagonista al que daba vida Henry Fonda se despide de
su matrona, de quien ha separarse por circunstancias de la vida, y éste le dice
«estaré en todas partes. Dondequiera que usted pueda mirar. Donde haya una
pelea por las personas que padecen hambre, voy a estar allí. Voy a estar en la
forma en que los chicos gritan cuando están enojados»; y, con el mayor tono de
nostalgia, la madre le contesta: «no te entiendo, hijo»; «yo tampoco, madre»,
le responde el susodicho.
Haciendo un repaso mental, tengo presente a la cinta Sonata de
otoño (Ingmar Bergman, 1978) como la gran película del subgénero
«drama familiar» en donde se expone una suerte de contraparte al amor desmedido
entre padres e hijos, mostrándose lo mismo devoción que resentimientos, esto
entre una madre, pianista exitosa (Ingrid Bergman), y su hija (Liv Ullmmann),
quien, en cambio, no ha podido desenvolverse en el terreno musical,
registrándose un antagonismo tácito en el que una serie de sentimientos
ambivalentes como el cariño o el rencor van entrando y saliendo conforme se va
adentrando uno como espectador al nudo de la relación.
Mommy
El joven cineasta canadiense Xavier Dolan afirmaba en alguna entrevista
que «de haber sólo un tema que conozca más que ninguno otro, ese sería sin duda
alguna el de mi madre». Y su declaración se hizo patente desde su ópera prima, Yo
maté a mi madre (2009), en donde hizo evidente una especie de
confesión biográfica sobre la apasionada y enfermiza relación que sostenía con
mamá, quizá en la etapa vital de mayor incomprensión desde los hijos hasta los
progenitores: la adolescencia.
El año pasado, Dolan presentó en el Festival de Cannes la cinta Mommy,
misma por la cual le otorgaron el Premio del Jurado. Aquí, el cineasta vuelve a
la carga con el tema familiar, exponiendo la difícil relación entre una viuda,
Diane (Anne Dorval), y su hijo adolescente, Steve (Antoine-Olivier Pilon), este
segundo quien padece de déficit de atención e hiperactividad, lo que le lleva a
cometer actos violentos. De esta forma, y en el marco de una ficticia ley que
se habría aprobado en Canadá, bajo la cual los padres que no puedan controlar a
sus hijos tienen la facultad de internarlos en un centro psiquiátrico, es como
atendemos la batalla cotidiana que asumen madre e hijo, eso sí, nunca poniendo
en duda el amor que mutuamente se profesan aunque, dadas las circunstancias,
más que ver muestras afectivas en pantalla estamos ante un aluvión de gritos,
insultos y situaciones de estallamiento emocional. Y llega el difícil punto en
el que la madre tiene que decidir entre enviar al hijo al manicomio o jugársela
intentando brindarle las mejores condiciones para su desarrollo. Sin embargo, a
nuestros protagonistas se suma circunstancialmente su vecina, Kyla (Suzanne
Clément), alguien que se intuye ha sufrido algún trauma por la pérdida de su
hijo, fungiendo como un complemento perfecto, alguien que parece ser el
elemento adecuado para canalizar productivamente las emociones del problemático
chico.
Dolan acierta en el tono realista y en la transmisión de las emociones
de sus protagonistas, de la mano de una espléndida Anne Dorval quien ya desde Yo
maté a mi madre había demostrado su capacidad para generar empatía con
el espectador, de no obstante llegar a desesperarnos por las complejas
circunstancias familiares con las que le ha tocado lidiar, muestra cierto
encanto, incluso provocando la compasión del espectador por sus penas.
Igualmente, Antoine-Olivier Pilon está muy bien, haciendo el papel de chico
problemático bastante creíble, provocando desde impotencia hasta piedad por no
poder controlar al monstruo que lleva dentro.
Si bien el tono de la película, el tema central y los actores
seleccionados en términos generales son adecuadamente llevados, me parece que a
Dolan le sigue faltando oficio para cerrar sus películas de manera más eficaz,
sobre todo al momento de prolongar la trama de forma un tanto tramposa (con
falso final de por medio) y algunos juegos formales redundantes con ciertos
discursos, esto último más que evidente cuando el director intenta
exaltar el sentido de la libertad por parte del joven protagonista quien, al
tiempo de abrir la pantalla (pasando de una proporción angosta a una ancha),
grita «¡libertad!», paralelamente corriendo entre los automóviles que transitan
por alguna vialidad, en un juego que me llegó a parecer hasta irritante por lo
artificial de su concepción.
Pero Mommy no es nada desdeñable, al contrario, supone
una buena revisión a un tema tan sentido como lo es el de las relaciones
familiares, madre-hijo en este caso, proponiéndonos el particular infierno que
puede representar el que los hechos puedan eclipsar a los sentimientos de
afecto más profundo.
Y, aunque Dolan tropieza en la ejecución, es de mucha valía que muestre
su visión de la vida con tanta honestidad a través de la pantalla. Al menos yo
salí satisfecho tras la proyección de Mommy.

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