Pocas veces uno se encuentra
en el cine actual verdaderas bocanadas ya no de aire fresco sino de
autenticidad y honestidad fílmica, de calidad visual acompañada de emoción, en
otras palabras, el culmen de las creaciones artísticas relacionadas con aquel
término “sentipensante”, acuñado por el escritor y pensador uruguayo Eduardo
Galeano (Las venas abiertas de América
Latina, 1971), a propósito de aquello que logra fusionar en la medida justa
un bagaje racional de sapiencia y las dosis exactas de emocionalidad. Hablando
de cineastas relativamente contemporáneos, diría que he encontrado esa ración
de esplendor en directores como Michael Haneke (La pianista, 2001), Wong kar-Wai (Deseando amar, 2000) o los hermanos Coen (Fargo, 1996), siendo en fechas recientes, en particular, el filme La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche,
2013) el que más me ha removido desde el lado de las ideas y de las emociones.
En más recientes fechas, la buena
experiencia la conseguí con la película Ida
(Polonia, 2013) del cineasta polaco Pawel Pawlikowski (Last Resort, 2000), un nombre del que tenía una lejana referencia
pero del cual no había tenido oportunidad de revisar su filmografía.
Ida
En Ida damos seguimiento a la historia de la joven Anna (Agata
Trzebuchowska), novicia próxima a tomar los votos de monja que, antes de hacerlo,
se dirige a conocer a la única persona viva con la cual comparte vínculos
familiares, su tía Wanda (Agata Kulesza), misma que en su encuentro le revela
sus raíces judías. La trama está ambientada en la Polonia de la posguerra, en
los años 60, durante el régimen comunista, retratando el periplo que emprenden
tía y sobrina en busca de las tumbas los padres de la segunda, quienes fueron asesinados
por los nazis, revelando Wanda a Anna aspectos sobre su pasado, entre otros, su
nombre original (epónimo de la cinta).
Ida es
un verdadero milagro del cine moderno: la cinta está rodada en una proporción
de pantalla de 4:3 (más cuadrada que rectangular), con casi la totalidad de sus
planos fijos, en un blanco y negro sumamente contrastado y cuidado, con la utilización
de la música meramente ambiental. Es una película compacta en toda su
composición, historia breve que transcurre a partir de la búsqueda de la
identidad pero que, de paso, nos da pinceladas de muchos elementos que
enriquecen a la narración. Ahí está el retrato de la realidad social, de la
mano de algunos personajes secundarios que buscan el olvido como principal
refugio de los dolores producidos por la Segunda Guerra Mundial; también se
hace presente la confrontación dogmática, con el personaje de Anna, devota de
su fe a plenitud, y en contraparte Wanda, mujer que deja entrever sus desgastados ideales
socialistas del pasado y que, en el presente de la ficción, experimenta una
suerte de desencanto vital; está además la diferenciación generacional latente
desde la música, a ratos sonando el clasicismo de Johann Sebastian Bach y, en
otros pasajes, el neo clasicismo jazzístico de John Coltrane.
La cinta remite en su
contención expresiva al cine de Carl Theodor Dreyer (Ordet, 1955), en su capacidad de sugerencia íntima a Robert Bresson
(Un condenado a muerte se ha escapado,
1956) y en su exhaustiva composición de los planos a Stanley Kubrick (La naranja mecánica, 1971); en otras
palabras, con Ida estamos ante una
pequeña obra maestra del cine polaco contemporáneo.
Por supuesto que no se
pueden soslayar las presencias protagónicas de Trzebuchowska y Kulesza quienes,
alejadas de toda impostura y simplificando su quehacer histriónico, alcanzan
notables registros de dramatismo desde su interioridad que, de la mano de una
minuciosa composición visual, aportan una empatía sobresaliente.
Tengo claro que
Pawlikowski no pretende ir más allá con Ida,
que el efímero retrato de una época y del interior de las dos mujeres,
esencialmente distintas, es lo suficientemente eficaz como para mantenerte
atento en sus escasos 80 minutos de duración, prolongados en el imaginario de
quien estas líneas escribe por mucho más tiempo.

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