Si en la vida he visto cinco
películas rumanas se me hace mucho. No obstante mi escaso acercamiento al cine
procedente de aquel país del este europeo, las experiencias que en términos
generales puedo contar son altamente positivas. Básicamente mi aproximación se
remite a aquellos directores y/o películas que han tenido relevancia en los principales
festivales de cine a nivel mundial. Por mencionar, me han parecido más que
notables algunos títulos como la genialmente tragicómica La muerte del Sr. Lazarescu (Cristi Puiu, 2005) o la tan
desasosegante como absorbente obra maestra titulada 4 meses, 3 semanas y 2 días (Cristian Mungiu, 2007), esta última obteniendo
muy meritoriamente la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
La primera película rumana
que vi fue Perdón María (2003), en
una experiencia casual y fortuita, pues tengo el vago recuerdo de haber entrado
a la sala de cine luego de fumarme alguna tontería importante (algún taquillazo
del “007” o algo parecido), como para quitarme lo empalagoso de la película
“estelar” (no sé ni por qué guardé este recuerdo pero una década después lo he
revelado). Perdón María es de esos
primeros filmes que rememoro como sorpresivamente satisfactorios, remitiendo la
trama a una mujer en apuros económicos, con un esposo alcohólico y teniendo
bajo su custodia a seis pequeños hijos. Básicamente es un drama familiar rodado
en clave realista, con algún punto irónico, revelando la cruda situación social
que por aquellos días atravesaba la Rumania post Ceaușescu. Aparte de ser mi
primer acercamiento al cine rumano, también me supuso el descubrimiento del
director Calin Peter Netzer.
La postura del hijo
El año pasado, Peter Netzer
regresó a los reflectores del cine mundial tras llevarse el Oso de Oro del
Festival de Cine de Berlín con la cinta La
postura del hijo (Pozitia copilului,
2013), apenas su tercer largometraje en 11 años de carrera cinematográfica. La
película da seguimiento a una prestigiosa arquitecta rumana de unos 60 años de
edad (Luminita Gheorghiu), mujer profesionalmente exitosa aunque notablemente
frustrada en el ámbito familiar. Una noche le notifican que su hijo treintañero
(Bogdan Dumitrache) ha atropellado accidentalmente a un niño, causándole la
muerte. Desde ese momento la trama va desnudando una enfermiza relación materno
filial, exponiendo a una madre que se desvive por la comodidad de su hijo
quien, por su parte, se encarga de reafirmarle a la progenitora, un día sí y el
otro también, lo mucho que la desprecia, que siente un notable fastidio ante su
presencia.
La
postura del hijo, en principio, luce como una suerte de
ejercicio realista que no va a ningún lugar, apenas despejando algunas señas de
los problemas que el personaje de la madre tiene respecto a su quebrantado núcleo
familiar; pero es cuando llega la noticia del incidente de su hijo que el
relato toma forma, cuando esa narrativa aparentemente cansina se vuelve más
bien hipnótica, soportada en gran medida por una soberbia actuación de Gheorghiu
quien, desde la mesura y el gesto refinado, transmite de manera inmejorable su
particular fijación por conquistar el amor de su descendiente quien, por su
parte, nos deja más que claro que lo suyo es el desplante, la cobardía, el
berrinche de aquel a quien los padres todo le han resuelto en la vida y que, en
vez de mostrar alguna señal de gratitud, no hace más que representar de la
mejor manera el término «hijoeputa». Vamos, que la madre mueve cielo, mar y
tierra para que su hijo no vaya a prisión por el imprudencial crimen que
cometió y éste sólo replica hastío.
Como ocurriera con Perdón María, en La postura del hijo hay un interés del director por retratar los
esfuerzos de la mujer en busca de sacar adelante a sus hijos, en nombre de ese
término del «amor materno incondicional» —que nunca comprenderé— pero que, en
función de lo que el cineasta nos cuenta, genera sensaciones que van de la
ternura a la compasión, pasando por la impotencia.
Siendo un drama con aires
trágicos, La postura del hijo también
da señas de cierta ironía contenida, consolidándose como una cinta redonda, bien
lograda, para nada pretenciosa, que alcanza lo que se propone.

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