martes, 18 de noviembre de 2014

Complaciente sátira político-mediática


Pocos directores en la cinematografía mexicana poseen el nervio de trazar historias redondas, interesantes de principio a fin, solventes narrativamente. Esta condición quizá es la que marque el perpetuo estado de crisis del cine en México tras la extinción de eso que fue la «época dorada», con directores que cada año presentaban cintas, si no obras maestras, sí mínimamente bien hechas; hablo de los legendarios Emilio “Indio” Fernández, Alejandro Galindo o Ismael Rodríguez. En el presente, el déficit de calidad fílmica comercial también responde al hecho de que nombres como los de Alfonso Cuarón o Guillermo del Toro, al encontrar nulo respaldo de la industria cinematográfica mexicana, han tenido que emigrar a países en donde disponen de amplios presupuestos, excelentes actores y una masiva distribución.

Uno de los nombres que relativamente han podido sobrellevar su carrera muy a pesar de las condiciones presentadas en el cine nacional es Luis Estrada, alguien que de cualquier modo apenas ha logrado filmar cuatro películas en los últimos 15 años, propiciando un hondo espacio en la cartelera comercial mexicana, con títulos más bien impresentables que, por no sé qué razón (sospecho de la gran y abyecta influencia de la televisión), se alzan como los más taquilleros anualmente.

Como todo seguidor regular del cine mexicano, mi primer acercamiento a Luis Estrada se dio con La ley de Herodes (1999), grandiosa representación de la política mexicana, parábola de los vicios del sistema partidista, en donde un presidente municipal es asignado al dedazo para gobernar una conflictiva comunidad con todas las carencias habidas y por haber, en el México de los años 40. Luego vino la muy mediana Un mundo maravilloso (2006), que retrataba la dificultad social por tener una vida medianamente acomodada, siempre en tono de sátira, siguiendo a un tipo que dadas las condiciones socioeconómicas en las que se desenvuelve no encuentra más salida que quitarse la vida. Después llegó El infierno (2010), negrísima comedia que conforme avanza va ganando en turbiedad, relato que muestra cierta entraña del mundo del narcotráfico, en medio de la guerra contra las drogas que falazmente emprendió el gobierno mexicano por ahí del año 2007 y hasta la fecha.

La dictadura perfecta

Sin duda hay un espíritu crítico a la vida institucional mexicana en el cine de Luis Estrada, prácticamente desmembrando todos los vicios de un sistema político que nunca ha favorecido a los más, es decir a los que tienen menos, valiéndose el cineasta del humor como elemento sinérgico para dar unión a una serie de acontecimientos que más bien tienen connotaciones de fatalidad en el mundo real.

Este año Estrada presentó La dictadura perfecta, película en la cual seguimos al gobernador Carmelo Vargas (Damián Alcázar), un político corrupto que está sumergido profundamente en el mundo del crimen organizado por lo que, para limpiar su imagen pública, se hace de los servicios que ofrece la televisora más grande de México, TV MX (alegoría de Televisa), compañía que envía al mandatario estatal a un productor en ciernes (Alfonso Herrera) para lograr su objetivo.

El entramado se va nutriendo de elementos como las cortinas de humo que la televisión emplea con el fin de dar menos reflectores a una noticia adversa para alguna figura pública, la interminable problemática del crimen organizado, la ascensión inescrupulosa que se vive en las empresas, la lejanía que tiene la plutocracia respecto a sus gobernados (más bien sometidos) y, de refilón, la alienación social ante los medios masivos de comunicación.

Mi problema con La dictadura perfecta desde luego que no recae en el hecho de exponer la carcoma político-mediática que sufre actualmente México, lo que más bien me mosquea es el atrabancado guión y la desalmada forma de abordarlo. Da la impresión que el ímpetu de Estrada por denunciar todas y cada una de las vomitivas prácticas cupulares nacionales da al traste con aquello que uno le pide básicamente al buen cine; una buena historia bien contada. Y es que en La dictadura perfecta seguimos un buen rato a la farsa de los medios, luego un secuestro, después a la figura del cínico político  y los conflictos con un legislador de oposición, más el trabajo de escritorio del productor televisivo. No veo simbiosis adecuada en cada una de las partes del relato, aparte de que el humor empleado llega a rozar lo pueril. Da la impresión de que a Estrada le ganó la militancia en detrimento del relato.

Eso sí, mención aparte para un Damián Alcázar que vuelve a regalarnos otro papel entrañable, estando perfecto en el trazado del personaje de ese corrupto gobernador, que unas veces te hace reír y hasta le perdonas una que otra falta cometida pero que, al momento de dotarlo de sombrío dramatismo, lo hace excepcionalmente. Alcázar está muy por encima de sus compañeros de reparto, se nota el gran oficio de este histrión; a ratos, sus papeles me hacen recordar al gran Jack Lemmon (El apartamento, 1960), sobre todo por ese rango interpretativo, pudiendo moverse a través de matices de comedia inocente hasta un desenvolvimiento dramático más que eficaz.


Dada la realidad social que vive México, sin duda que sería mi deseo que a La dictadura perfecta le fuera bien en taquilla, porque eso querría decir que la gran masa poblacional habría acudido a visualizarla, quedando expuestas de esta manera las funestas prácticas oligárquicas. Pero, a título personal, me parece una cinta fallida, complaciente con cierto público que per se ya es crítico de la realidad, representando un notable retroceso para Luis Estrada dada su muy consistente filmografía previa.

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