Pocos directores en la
cinematografía mexicana poseen el nervio de trazar historias redondas,
interesantes de principio a fin, solventes narrativamente. Esta condición quizá
es la que marque el perpetuo estado de crisis del cine en México tras la extinción
de eso que fue la «época dorada», con directores que cada año presentaban
cintas, si no obras maestras, sí mínimamente bien hechas; hablo de los legendarios
Emilio “Indio” Fernández, Alejandro Galindo o Ismael Rodríguez. En el presente,
el déficit de calidad fílmica comercial también responde al hecho de que
nombres como los de Alfonso Cuarón o Guillermo del Toro, al encontrar nulo
respaldo de la industria cinematográfica mexicana, han tenido que emigrar a
países en donde disponen de amplios presupuestos, excelentes actores y una
masiva distribución.
Uno de los nombres que
relativamente han podido sobrellevar su carrera muy a pesar de las condiciones
presentadas en el cine nacional es Luis Estrada, alguien que de cualquier modo
apenas ha logrado filmar cuatro películas en los últimos 15 años, propiciando
un hondo espacio en la cartelera comercial mexicana, con títulos más bien
impresentables que, por no sé qué razón (sospecho de la gran y abyecta influencia
de la televisión), se alzan como los más taquilleros anualmente.
Como todo seguidor regular
del cine mexicano, mi primer acercamiento a Luis Estrada se dio con La ley de Herodes (1999), grandiosa
representación de la política mexicana, parábola de los vicios del sistema
partidista, en donde un presidente municipal es asignado al dedazo para
gobernar una conflictiva comunidad con todas las carencias habidas y por haber,
en el México de los años 40. Luego vino la muy mediana Un mundo maravilloso (2006), que retrataba la dificultad social por
tener una vida medianamente acomodada, siempre en tono de sátira, siguiendo a
un tipo que dadas las condiciones socioeconómicas en las que se desenvuelve no
encuentra más salida que quitarse la vida. Después llegó El infierno (2010), negrísima comedia que conforme avanza va
ganando en turbiedad, relato que muestra cierta entraña del mundo del
narcotráfico, en medio de la guerra contra las drogas que falazmente emprendió
el gobierno mexicano por ahí del año 2007 y hasta la fecha.
La
dictadura perfecta
Sin duda hay un espíritu crítico
a la vida institucional mexicana en el cine de Luis Estrada, prácticamente
desmembrando todos los vicios de un sistema político que nunca ha favorecido a
los más, es decir a los que tienen menos, valiéndose el cineasta del humor como
elemento sinérgico para dar unión a una serie de acontecimientos que más bien
tienen connotaciones de fatalidad en el mundo real.
Este año Estrada presentó La dictadura perfecta, película en la
cual seguimos al gobernador Carmelo Vargas (Damián Alcázar), un político
corrupto que está sumergido profundamente en el mundo del crimen organizado por
lo que, para limpiar su imagen pública, se hace de los servicios que ofrece la
televisora más grande de México, TV MX (alegoría de Televisa), compañía que envía
al mandatario estatal a un productor en ciernes (Alfonso Herrera) para lograr su
objetivo.
El entramado se va nutriendo
de elementos como las cortinas de humo que la televisión emplea con el fin de dar
menos reflectores a una noticia adversa para alguna figura pública, la
interminable problemática del crimen organizado, la ascensión inescrupulosa que
se vive en las empresas, la lejanía que tiene la plutocracia respecto a sus
gobernados (más bien sometidos) y, de refilón, la alienación social ante los
medios masivos de comunicación.
Mi problema con La dictadura perfecta desde luego que no
recae en el hecho de exponer la carcoma político-mediática que sufre
actualmente México, lo que más bien me mosquea es el atrabancado guión y la
desalmada forma de abordarlo. Da la impresión que el ímpetu de Estrada por
denunciar todas y cada una de las vomitivas prácticas cupulares nacionales da
al traste con aquello que uno le pide básicamente al buen cine; una buena
historia bien contada. Y es que en La
dictadura perfecta seguimos un buen rato a la farsa de los medios, luego un
secuestro, después a la figura del cínico político y los conflictos con un legislador de
oposición, más el trabajo de escritorio del productor televisivo. No veo simbiosis
adecuada en cada una de las partes del relato, aparte de que el humor empleado
llega a rozar lo pueril. Da la impresión de que a Estrada le ganó la militancia
en detrimento del relato.
Eso sí, mención aparte para
un Damián Alcázar que vuelve a regalarnos otro papel entrañable, estando
perfecto en el trazado del personaje de ese corrupto gobernador, que unas veces
te hace reír y hasta le perdonas una que otra falta cometida pero que, al
momento de dotarlo de sombrío dramatismo, lo hace excepcionalmente. Alcázar
está muy por encima de sus compañeros de reparto, se nota el gran oficio de
este histrión; a ratos, sus papeles me hacen recordar al gran Jack Lemmon (El apartamento, 1960), sobre todo por
ese rango interpretativo, pudiendo moverse a través de matices de comedia
inocente hasta un desenvolvimiento dramático más que eficaz.
Dada la realidad
social que vive México, sin duda que sería mi deseo que a La dictadura perfecta le fuera bien en taquilla, porque eso querría
decir que la gran masa poblacional habría acudido a visualizarla, quedando
expuestas de esta manera las funestas prácticas oligárquicas. Pero, a título
personal, me parece una cinta fallida, complaciente con cierto público que per
se ya es crítico de la realidad, representando un notable retroceso para Luis
Estrada dada su muy consistente filmografía previa.

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