Ver en pantalla grande y
sala obscura al vagabundo de los pies planos supone, más que una grata
experiencia, un sueño cinéfilo materializado, equiparable a acudir al concierto
de algún mito musical.
Esta vez tocó el turno de
revisar otro gran clásico del maestro Charles Chaplin, la última cinta
estrictamente muda en la filmografía del cineasta británico afincado en los Estados
Unidos: El circo (The Circus, 1928).
El
Circo
La anécdota contada en El circo es de lo más básica: el
vagabundo Charlot (Charles Chaplin) circunstancialmente termina trabajando para
un centro de espectáculos circenses, después de que en una persecución una serie
de actos espontáneos lo planten en medio de una pista de circo, cautivando al
público asistente, sacando risas al por mayor. Progresivamente, Charlot se
enamora de una compañera de labores (Merna Kennedy), hija del dueño de la
compañía (Tiny Sandford). Sin embargo, la chica no corresponde al amor de
nuestro protagonista, ella más bien se engancha con un equilibrista todo porte
y simpatía (Harry Crocker).
Con El circo estamos ante un pretexto inmejorable para que el inmenso
Chaplin exponga su gran repertorio de gags visuales, sin dejar de lado su
talante de incansable humanista y de crítico entre líneas de la realidad que le
tocó vivir.
El
circo es una cinta plagada de permanentes momentos de gran humor,
no da tregua, es un gag espléndido tras otro. Esto se ve desde el principio,
cuando Charlot es perseguido por la ley, tras presuntamente haber cometido un
robo, situación que desemboca en un seguimiento al interior de un parque de
diversiones, en donde se presenta una prodigiosa escena adentro de una casa de
los espejos, sitio en el que el vagabundo aprovecha para confundir al policía
que se encuentra tras sus huesos, en un momento que arranca incontables risas,
quizá precursor de aquella otra notable escena (también desarrollada al
interior de una casa de los espejos) de la cinta La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947), sólo que en este segundo caso
siguiendo el tono clásico del «cine negro».
Y hay muchos más momentos de
comedia de primera línea, como la accidental caída de Charlot en una jaula habitada
por un león, o esa imborrable secuencia del vagabundo trepado en la cuerda
floja del circo, haciendo de equilibrista, escena que sólo pudo haber conseguido
un genio de su envergadura, pudiéndose incluso comparar con aquella icónica
imagen de Harold Lloyd colgando de las manecillas de un reloj gigante en El hombre mosca (Fred C. Newmeyer y Sam
Taylor, 1923).
Me parece que El circo es la apoteosis del gag visual,
una película redonda como pocas, que no da respiro. En mi caso, llegué hasta
las lágrimas de tanta risa en más de una ocasión.
Pese a ser un monumento a la
mejor comedia, Chaplin no soslaya el tocar temas socialmente álgidos además de
humanistas, siempre desde una perspectiva humorística: estamos ante
circunstancias como la explotación laboral, vista desde el sometimiento que el
dueño del circo ejerce sobre sus empleados; también nos remite al maltrato a la
mujer, cuando la chica de la cinta se ve incluso agredida físicamente por su
padre; igualmente está un lado de complejidad sentimental, cuando el personaje
de Charlot asume que no es correspondido por la mujer a la que ama, no
impidiendo esta condición que el vagabundo se ocupe por brindarle condiciones
de felicidad.
La leyenda cuenta que el
rodaje de El circo se vio afectado
por una serie de adversidades sucedidas de manera paralela: Chaplin se
divorciaba por segunda ocasión, se presentaban querellas fiscales en su contra,
el estudio de filmación se quemó, además de que la producción paró por varios
meses; pues no se notaron todos esos problemas, la película resultó ser un
éxito rotundo. Es una obra mayor del cine.

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