viernes, 5 de septiembre de 2014

El portentoso Chaplin y la magia del cine


Hay razones indescifrables por las cuales el acto ritual de asistir a una sala de cine para muchos supone un máximo placer indeleble, no obstante la aparición de nuevas tecnologías. Quizá esta propiedad esté más enraizada en aquellos que hicimos de ir al cine un hábito en la juventud, temiendo que posiblemente las nuevas generaciones se hayan adaptado a los avances tecnológicos que los inviten a apreciar películas de una manera más bien heterodoxa.

Lo anterior lo pude comprobar —una vez más— al disfrutar de una de las obras maestras del gran Charles Chaplin: El chico (The Kid, 1921), en una retrospectiva que acertadamente organizaron la exhibidora mexicana Cinépolis y la Cineteca Nacional, recordando al ícono del cine silente, a una de las primeras estrellas cinematográficas a nivel mundial, un autor en toda la extensión de la palabra, el vagabundo más entrañable de todos los tiempos. Y es que, durante el mes de agosto, en distintos puntos de México se exhibieron títulos ya clásicos como La quimera del oro, El circo, Luces de la ciudad, Tiempos modernos y El gran dictador, en una práctica que me parece encomiable y, por tanto, no debería ser limitante; qué daría uno por ver en pantalla grande y sala obscura las obras maestras de solemnes cineastas como Ingmar Bergman, Alfred Hitchcock, Luis Buñuel, Billy Wilder, Woody Allen o Robert Bresson, maximizando la experiencia de contemplar notables piezas que a muchos nos han dejado marcados de por vida.
El chico

Habiendo rodado un sinnúmero de cortos y mediometrajes, en 1921 Charles Chaplin (1889-1977) filmó la que considero (muchos así lo pensarán también) la primera de sus obras maestras, El chico, título que se circunscribe en las claves de la comedia dramática, con una hora de duración que se va como el agua.

La cinta gira en torno al encuentro de un vagabundo (Charles Chaplin) con un recién nacido, al que recoge de la calle, advirtiendo un mensaje escrito en el que se solicita cuidar al huérfano. El vago atiende durante cinco años de vida al niño (Jackie Coogan), con quien vive una modestísima existencia, teniendo que valerse de artimaña y media para conseguir el pan de cada día, siendo perseguidos permanentemente por la ley. El conflicto se suscita cuando al vagabundo lo despojan del niño, reclamado por su madre biológica (Edna Purviance), arrepentida por haberlo dejado en la calle en un inicio.

Como en muchas otras de sus películas, en El chico Charles Chaplin no sólo es el protagonista estelar, también es el director, guionista, productor y encargado de la música, lo cual nos habla de un dominio pleno de todos los componentes fílmicos por parte de este coloso cinematográfico, no pudiéndose expresar de mejor forma el término «cine de autor», refiriéndonos la cinta en cuestión a un universo muy personal, a elementos emanados de una mente tan perspicaz como incansable.

En El chico está todo lo que define en gran medida al cine de Chaplin, principalmente el de la etapa silente: ahí está el tono tragicómico en la narración, la originalidad de los gags visuales, un sentido humanista subrayado permanentemente, la denuncia entre líneas de una sociedad llena de desigualdades y, sobre todo, ese sentido del director británico por priorizar la armonía de la película a fin de entretener al espectador.

El chico es una de esas películas a las que nada les sobra ni nada les falta, demostrando Chaplin ser un adelantado a su tiempo, exponiendo una solvencia narrativa que muchos cineastas hoy en día son incapaces de alcanzar, dominando los sentidos del tiempo y del espacio particularmente en la configuración de sus gags. Ahí está Chaplin rescatando a su hijo adoptivo, corriendo sobre los tejados mientras el chico es raptado —irónicamente— por la justicia en una camioneta, tomando al pequeño nuestro vagabundo, ahuyentando a los raptores de la manera más graciosa posible.

Recuerdo que una de las primeras ocasiones en las que observé El chico, una escena onírica que se presenta en la cinta me parecía algo sobrante, como un relleno simplemente para prolongar la narración; sin embargo, en este reciente visionado, aunque no propiamente me pareció la referida escena como crucial para la historia, sí que me reí mucho con ella, al tiempo que el director deja entrever en esta parte algunas de sus consideraciones morales sobre lo que es el bien y lo que es el mal.


Chaplin acierta en el inicio de la cinta cuando advierte, de manera gráfica, que la historia de El chico «sacará muchas risas y alguna que otra lágrima»; es una indudable obra maestra, un manual de cómo hacer una buena comedia y un buen drama combinados, no pudiendo soslayar las magníficas interpretaciones del mismo Chaplin y del entonces niño Jackie Coogan (1914-1984), formando una de las parejas a cuadro más entrañables de la historia del cine.

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