Continúa mi estado de
éxtasis al seguir disfrutando en pantalla de
cine los clásicos del maestro Charles Chaplin. Esta vez tocó el turno de
revisar acaso su película más aplaudida, aquella que los especialistas
cinematográficos encuentran como su obra maestra: Tiempos modernos (Modern
Times, 1936).
Para el año 38, Chaplin ya
había cumplido más de 20 años interpretando al personaje de Charlot, aquel
vagabundo de bombín, bigote tipo Hitler y pies planos, por lo que decidió
entonces poner un «hasta aquí» a una de las figuras icónicas del cine, quizá la
más representativa de la etapa silente. Con Charlot se quedan los mejores
recuerdos de la comedia, un humanismo matizado por la ingenuidad, la bondad, la
pillería, la rebeldía y la constante lucha por sobrevivir dentro de una
sociedad que permanentemente propicia escenarios de adversidad.
Al final, Chaplin decidió
retirar a Charlot de una manera inusitada…
Tiempos
modernos
En Tiempos modernos le seguimos la pista a Charlot (Chaplin), quien
trabaja de forma frenética en una fábrica de componentes acereros. Es tal la
dedicación de nuestro protagonista que llega virtualmente a la locura, inclusive
visitando el frenopático, posteriormente inmiscuyéndose de forma más que
circunstancial en una manifestación en pro de la justicia laboral (enmarcado en
años de plena depresión económica), siendo confundido por la policía que lo
considera el cabecilla de la revuelta, llevándolo esta situación a la cárcel,
sitio que dejará también de manera fortuita. Al salir de prisión, Charlot se
encuentra con una joven pobre y huérfana (Paulette Goddard), una dama que por
cualquier medio busca saciar sus necesidades básicas, incluso transgrediendo la
ley. De esta forma, ambos emprenden la difícil tarea de sobrevivir, dentro y en
contra de una sociedad en decadencia, alzándose en medio de ambos un halo de
romanticismo.
El arranque de Tiempos modernos es memorable; Charlot
trabajando como loco, apretando una y mil veces las tuercas dentro de una línea
de producción que, a la postre, acabará estropeando. Igualmente, es gloriosa la
secuencia en la que el vagabundo, dentro de la cárcel, ingiere cocaína,
poniéndose un subidón que desemboca en una de las secuencias más graciosas que
le recuerde.
La película está llena
(cuándo no) de gags que se quedan en el recuerdo, pero también es de notable
relevancia el espíritu crítico que expone Chaplin, de la manera más álgida y
puntual, presentándonos una realidad que no es muy distinta a la que en muchos
países vivimos actualmente: ahí está la explotación laboral, el problema del
desempleo, las manifestaciones que claman por justicia, la represión de las
fuerzas de seguridad del estado o la dignidad de los desahuciados a pesar de
los pesares.
Al margen del incansable
prodigio de Chaplin, destacaría también la incursión de una tan encantadora
como bien llevada Paulette Goddard, quien con su personaje demuestra grandes
matices, lo mismo dramáticos que cómicos, encaramándose su interpretación como
un estandarte de digna subversión, de ánimo libertario y de amor incondicional;
realmente portentosa.
Y, a manera de colofón,
Chaplin despide al eterno enmudecido Charlot nada menos que con un número
musical en el que lo hace cantar, un acto que muestra las dotes de genio
artístico que el actor y director británico se encargó de verter por las
pantallas cinematográficas durante más de cinco décadas.
He de decir que, en estricto
rigor, en el más reciente visionado que hice de Tiempos modernos me quedé con una impresión de que es una película
narrativamente inconsistente, con reductos a nivel de la trama que suponen
rompimientos dentro de la misma historia (ejemplo de ello, la escena un tanto
edulcorada dentro de una tienda departamental), aunque nunca ensuciando esta
condición el innegable calificativo de «obra maestra» que siempre pronunciaré
al referirme a esta película.
Tiempos
modernos fue el adiós del vagabundo más entrañable de la historia
del cine, yéndose por la puerta grande, en una cinta de ineludible visionado.

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