El cineasta estadounidense
Wes Anderson es uno de esos directores que hace unos años me parecían
sobrevalorados, amados por ciertos cinéfilos modernos que priorizan elementos
fílmicos visuales y tonos de narración irónicos por encima de un relato eficaz
y sentido. Lo anterior puede que responda a que, como todo artista, el oriundo
de Texas ha ido evolucionando en la forma de concretar sus películas.
De la filmografía de
Anderson recuerdo haber visto con mucha indiferencia el filme Viaje a Darjeeling (2007), título que
nos conducía hacia un periplo lleno de irónicas situaciones que pretendían
desmembrar la relación entre tres hermanos. Luego vi Los excéntricos Tenenbaum (2001), cinta que lejos de dejarme
indiferente se me hizo hasta cierto punto chocante, con una preocupación visual
supina por parte del director, cayendo en lo que se ha llegado a denominar
«cine de diseño», concibiendo planos desde su estética individual y no
respondiendo a una narración, en un relato sarcástico fallido, a excepción de
ese monstruo de la interpretación que fungía como protagonista, Gene Hackman. Sin
embargo, hace dos años apareció la película Moonrise
Kingdom (2012), un filme que si bien seguía inscrito en los tonos irónicos
y visualmente híper geométricos de su director, también mostraba una preocupación
por dotar de consistencia a lo que se cuenta, siguiendo la historia de un par
de niños enamorados que huyen de sus respectivas casas, en una aventura
conmovedora y divertida, alejada de cualquier esencia pretenciosa que por lo
menos yo sí identificaba en los anteriores trabajos de Anderson.
El
gran hotel Budapest
Durante el pasado Festival
de Cine de Berlín, Wes Anderson presentó la cinta El gran hotel Budapest (The
Grand Budapest Hotel), película recibida positivamente casi de forma
unánime por la crítica.
En El gran hotel Budapest seguimos la historia narrada por un veterano
escritor europeo (Tom Wilkinson), quien en el pasado (interpretado por Jude Law)
se entrevistó con el dueño del Hotel Budapest (F. Murray Abraham), mismo que a
su vez le cuenta de forma pretérita la manera en que se hizo propietario del
antes prestigioso y hoy decadente mesón, trasladándose a su juventud
(interpretado por el novel Tony Revolori), quien fungía como botones de aquel
lugar, contratado, formado y protegido por el conserje Gustave H. (Ralph
Fiennes). En términos generales, se cuenta cómo en un país de Europa del este,
en el periodo de entreguerras (siglo XX), Gustave H. hereda una fortuna tras
estar relacionado con la millonaria anciana Madame D. (Tilda Swinton), suceso
que le generará problemas con los familiares de ella (Adrien Brody y Willem
Dafoe), por lo que estaremos ante una constante persecución y develación de actos
criminales, en medio de un relato nostálgico de amor y de amistad.
La anécdota de El gran hotel Budapest se ve envuelta
por una composición visual geométrica, colorida y casi coreográfica, retratando
el director cada plano con una perfección que por sí sola deslumbra, pero que
se aleja de la simple superficialidad al estar llevada de la mano de un relato
que entretiene lo mismo que emociona, en un registro de comedia de los
recuerdos muy sutil, alejada de cualquier risa prolongada o incitación
lacrimógena, pero en definitiva construida con un nervio de un cineasta que,
paulatinamente, ha ido encontrando la perfección dentro de su muy particular
universo.
Destacadísimo el papel de Ralph
Fiennes como personaje central en una narración básicamente coral, encarnando a
un gerente de hotel romántico, superficial, vanidoso, algo amanerado, pero,
sobre todo, leal, trazando a un protagonista hasta cierto punto ingenuo,
perteneciente a una época pasada, quizá a manera de alegoría de todo el relato,
y es que Wes Anderson, aunque ambienta el filme en un país ficticio, hace
referencias a los contrastes de lo que fue la Europa centro-oriental (acaso
austrohúngara) en un tono nostálgico, en las postrimerías de lo que en realidad
fue la Segunda Guerra Mundial, diríamos que exponiendo los últimos destellos del
romanticismo decimonónico.
Y me dejan también una buena
impresión las intervenciones breves pero bien logradas de otros primerísimos
actores de la talla de Harvey Keitel, Mathieu Amalric, Edward Norton, Bill
Murray y Owen Wilson, dándole empaque a
una cinta redondísima.
Wes Anderson me
confirma con El gran hotel Budapest
que la buena experiencia que supuso apreciar Moonrise Kingdom no fue obra de la casualidad: ahí está un director
capaz de generar un mundo propio, quizá irrepetible, con un manejo de la cámara
y una meticulosa composición del plano ampliamente reconocible, pero también
con la capacidad de crear relatos tan satíricos como sentidos, de una
perspicacia notable.

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