viernes, 1 de agosto de 2014

Perfección visual y narrativa


El cineasta estadounidense Wes Anderson es uno de esos directores que hace unos años me parecían sobrevalorados, amados por ciertos cinéfilos modernos que priorizan elementos fílmicos visuales y tonos de narración irónicos por encima de un relato eficaz y sentido. Lo anterior puede que responda a que, como todo artista, el oriundo de Texas ha ido evolucionando en la forma de concretar sus películas.
De la filmografía de Anderson recuerdo haber visto con mucha indiferencia el filme Viaje a Darjeeling (2007), título que nos conducía hacia un periplo lleno de irónicas situaciones que pretendían desmembrar la relación entre tres hermanos. Luego vi Los excéntricos Tenenbaum (2001), cinta que lejos de dejarme indiferente se me hizo hasta cierto punto chocante, con una preocupación visual supina por parte del director, cayendo en lo que se ha llegado a denominar «cine de diseño», concibiendo planos desde su estética individual y no respondiendo a una narración, en un relato sarcástico fallido, a excepción de ese monstruo de la interpretación que fungía como protagonista, Gene Hackman. Sin embargo, hace dos años apareció la película Moonrise Kingdom (2012), un filme que si bien seguía inscrito en los tonos irónicos y visualmente híper geométricos de su director, también mostraba una preocupación por dotar de consistencia a lo que se cuenta, siguiendo la historia de un par de niños enamorados que huyen de sus respectivas casas, en una aventura conmovedora y divertida, alejada de cualquier esencia pretenciosa que por lo menos yo sí identificaba en los anteriores trabajos de Anderson.

El gran hotel Budapest

Durante el pasado Festival de Cine de Berlín, Wes Anderson presentó la cinta El gran hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel), película recibida positivamente casi de forma unánime por la crítica.

En El gran hotel Budapest seguimos la historia narrada por un veterano escritor europeo (Tom Wilkinson), quien en el pasado (interpretado por Jude Law) se entrevistó con el dueño del Hotel Budapest (F. Murray Abraham), mismo que a su vez le cuenta de forma pretérita la manera en que se hizo propietario del antes prestigioso y hoy decadente mesón, trasladándose a su juventud (interpretado por el novel Tony Revolori), quien fungía como botones de aquel lugar, contratado, formado y protegido por el conserje Gustave H. (Ralph Fiennes). En términos generales, se cuenta cómo en un país de Europa del este, en el periodo de entreguerras (siglo XX), Gustave H. hereda una fortuna tras estar relacionado con la millonaria anciana Madame D. (Tilda Swinton), suceso que le generará problemas con los familiares de ella (Adrien Brody y Willem Dafoe), por lo que estaremos ante una constante persecución y develación de actos criminales, en medio de un relato nostálgico de amor y de amistad.

La anécdota de El gran hotel Budapest se ve envuelta por una composición visual geométrica, colorida y casi coreográfica, retratando el director cada plano con una perfección que por sí sola deslumbra, pero que se aleja de la simple superficialidad al estar llevada de la mano de un relato que entretiene lo mismo que emociona, en un registro de comedia de los recuerdos muy sutil, alejada de cualquier risa prolongada o incitación lacrimógena, pero en definitiva construida con un nervio de un cineasta que, paulatinamente, ha ido encontrando la perfección dentro de su muy particular universo.

Destacadísimo el papel de Ralph Fiennes como personaje central en una narración básicamente coral, encarnando a un gerente de hotel romántico, superficial, vanidoso, algo amanerado, pero, sobre todo, leal, trazando a un protagonista hasta cierto punto ingenuo, perteneciente a una época pasada, quizá a manera de alegoría de todo el relato, y es que Wes Anderson, aunque ambienta el filme en un país ficticio, hace referencias a los contrastes de lo que fue la Europa centro-oriental (acaso austrohúngara) en un tono nostálgico, en las postrimerías de lo que en realidad fue la Segunda Guerra Mundial, diríamos que exponiendo los últimos destellos del romanticismo decimonónico.

Y me dejan también una buena impresión las intervenciones breves pero bien logradas de otros primerísimos actores de la talla de Harvey Keitel, Mathieu Amalric, Edward Norton, Bill Murray y  Owen Wilson, dándole empaque a una cinta redondísima.

Wes Anderson me confirma con El gran hotel Budapest que la buena experiencia que supuso apreciar Moonrise Kingdom no fue obra de la casualidad: ahí está un director capaz de generar un mundo propio, quizá irrepetible, con un manejo de la cámara y una meticulosa composición del plano ampliamente reconocible, pero también con la capacidad de crear relatos tan satíricos como sentidos, de una perspicacia notable.

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