Revisando la filmografía del
cineasta francés François Ozon, me doy cuenta de que apenas he visto cinco
películas de la veintena de cintas que comprenden el total de su obra.
Los filmes de Ozon no son
propiamente reconocibles en un primer vistazo, lo mismo puede rodar con
recursos austeros, en cuanto a la puesta en escena, como también puede
sobrecargar los decorados y la fotografía de sus cintas.
Mi primer acercamiento con
el cineasta se dio a través de la cinta 5X2
(2004), película que retrataba el declive conyugal de una pareja a partir de
cinco episodios, con una modesta economía narrativa y un sentido de la
temporalidad transgresor, propiedades contrastantes, por ejemplo, con el filme Potiche, mujeres al poder (2010), película
ambientada en los años setenta en donde seguimos la pista de una Catherine
Deneuve en plan de ricachona, que de pronto debe hacerse cargo de la fábrica de
su marido, a la postre convirtiéndose, circunstancialmente, en una activista
política, todo en clave de comedia, una película visualmente muy colorida.
Ozon vio el éxito y se hizo
popular en el año 2002 con el filme Ocho
mujeres, una comedia musical envuelta en un manto de humor negro, en donde
un grupo de féminas al interior de una mansión busca dar con el asesino de una
persona, convocando el director para este filme a la crema y nata de las
actrices francesas, encabezando la lista mi muy admirada, querida e idolatrada
Isabelle Huppert, junto con otras grandes intérpretes de la talla de la misma
Deneuve, Emmanuelle Béart, Fanny Ardant o Virginie Ledoyen.
No obstante que las películas
de François Ozon de menos son «buenas a secas», lo mejor que le he visto al
director es el filme titulado En la casa
(2012), cinta en la que un chico, influenciado por su profesor de literatura,
comienza a escribir una novela en la que los protagonistas son los miembros de
la familia de su mejor amigo, entrecruzándose así realidad y ficción, quedando en
el centro del relato el enamoramiento en el que cae joven de la madre de su camarada,
interpretada por la bella Emmanuelle Seigner, en una comedia dramática tan
original como redonda.
Mientras escribo estas
líneas y recuerdo las cintas de Ozon, es posible establecer símiles sobre todo
en el tono en el que son contados sus relatos, siempre rescatando claves que
podrían caer en dramas profundos a partir de cierta ironía y humor contenido,
paralelamente escudriñando en temáticas como el amor y la sexualidad, aunque no
sean estas condiciones propiamente las que fungen centrales dentro de sus
historias.
Joven
y bella
Como parte de los rezagos en
la cartelera nacional, esta semana llegó a los cines la cinta Joven y bella (Jeune et jolie, 2013), obra presentada en el Festival de Cannes del
año pasado, recibida de forma positiva por la crítica aunque sin obtener ningún
galardón.
La película está dividida en
cuatro capítulos, correspondientes a las cuatro estaciones del año, iniciando
en el verano en el que Isabelle (Marine Vacth) cumple 17 años, una joven
perteneciente a una familia francesa acomodada que vive con su madre (Géraldine
Pailhas), hermano menor (Fantin Ravat) y padrastro (Frédéric Pierrot). Isabelle
se encuentra en una época de su vida de iniciación sexual, de descubrimiento
corporal, de establecer relaciones carnales con otras personas. Tras el verano
llega el otoño, y con él la chica experimenta cierto deseo por tener encuentros
sexuales con desconocidos, ejerciendo así la prostitución, con el simple
objetivo de saciar sus necesidades eróticas. Sus motivos reales son todo un
misterio, en cierto momento explica que no siente ningún placer al hacerlo con
desconocidos, pero parece que todo lo que rodea a sus clandestinos encuentros
es aquello que la mueve. Sin embargo, ya entrado el invierno, el conflicto
dramático aparece, pues su madre se entera de la doble vida que lleva su hija.
El gran mérito de Joven y bella radica en que es un drama
adolescente bien contado aunque ligero, con una joven protagonista atractiva,
que te envuelve en su misterio, alguien que soporta llevar un relato
enteramente con su presencia.
Aunque ciertamente el filme
te mantiene entretenido durante su hora y media de duración, es evidente la
inconsistencia en cuanto a la composición dramática del relato, sacado de la
mejor manera cuando se enfoca en la complejidad moral de su protagonista, pero
flaqueando cuando ésta se ve confrontada en su seno familiar, sobre todo con la
madre, compaginando el director estas dos situaciones de manera fallida,
pudiendo haber quedado como una cinta más redonda si Ozon le hubiera bajado un
poco a su habitual tono irónico y si, además, hubiera descartado algunas
subtramas que terminan por distraer la propuesta central.
Y sí, es inevitable traer a
colación al gran referente cinematográfico que es Bella de día (Belle de jour,
1967), filme argumentalmente muy parecido a
Joven y bella, en donde Luis
Buñuel nos muestra a la mismísima Catherine Deneuve como una esposa aristócrata
que, por las noches, ejerce la prostitución, en un filme compacto, formalmente clásico
pero, en el fondo, totalmente retorcido; una obra maestra.
En términos
generales, Joven y bella supone la
materialización de pensamientos y pulsiones poco claros en torno al encuentro
adolescente con el sexo, en un filme que si bien posee el don de estar contado
de manera adecuada, emocionalmente toma distancia del espectador, quedando como
una película que parecía conducirse hacia la turbiedad pero estacionándose al
final como un simple drama ligero.

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