No encontré cosa mejor qué hacer
en una tarde lluviosa y fresca que dirigirme a mi filmoteca personal y
seleccionar uno de los clásicos con letras mayúsculas de la historia del cine: Casablanca (1942).
Dirigida por Michael Curtiz
en plena Segunda Guerra Mundial, la cinta está basada en un texto dramático que
nunca llegó a montarse, titulado Everybody
comes to Rick’s (Murray Burnett y Joan Alison), escrito para cine por los
hermanos Julius J. Epstein y Philip G. Epstein (Arsénico por compasión. Frank Capra, 1944), junto con Howard Koch (Carta de una desconocida. Max Ophüls,
1948), filme que desde su primera exhibición tuvo un recibimiento favorable,
alabado tanto por la crítica como por el público en general, obteniendo nada
menos que tres Oscar como mejor película, mejor director y mejor guión adaptado
pero, más importante aún, consiguiendo de inmediato el título de «clásico del
cine», convirtiéndose lo mismo en una película de culto que en una cinta
alabada por las masas.
Casablanca
La anécdota de Casablanca nos habla del reencuentro de
un par de enamorados, Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman), en la
ciudad marroquí epónima de la película, quienes se conocieron y se declararon
su amor en París, pero que la invasión de las tropas alemanas en suelo francés durante
la Segunda Guerra Mundial los separó, al
tiempo que la mujer ya estaba comprometida con el activista político
checoslovaco de La Resistencia,
Victor Laszlo (Paul Henreid), girando así la trama en un triángulo amoroso en
el cual, primero, la dama habrá de debatirse entre sus dos amores y, después,
los caballeros experimentarán la disyuntiva de dar rienda suelta a sus
sentimientos o valorar el momento socio-histórico en el cual se encuentran
inmersos, decidiéndose a realizar actos íntimos de heroicidad que abonarán por
rescatar al mundo del conflicto bélico, en detrimento de sus pulsiones más
personales.
La ciudad de Casablanca que
se propone en la cinta es un sitio en el que confluyen exiliados europeos del
nacismo, un lugar que presenta dificultades para salir pues la Gestapo lo tiene
controlado, con policías corruptos que se relacionan con personajes que tampoco
se presentan como los moralmente más puros. Así, por ejemplo, la dinámica de
relaciones que se nos presenta con Rick, estadounidense dueño del bar Rick’s Café (en el cual confluye lo
mismo gente de a pie y criminales que policías y activistas políticos) es de
bajas connotaciones, interactuando el norteamericano con el agente del orden
Renault (Claude Rains), tipo al que soborna con tal de que su garito continúe
operando no obstante las actividades ilegales que ahí se practican (como el
juego). También vemos a Rick relacionarse con gente como el señor Ferrari
(Sydney Greenstreet), quien también posee un bar y que, como negocio turbio,
tramita ilegalmente salvoconductos para los inmigrantes que quieren dejar
Casablanca; de la misma forma, Rick entabla cierta amistad seca con el ladrón
de poca monta Ugarte (Peter Lorre). Y no se puede dejar de lado al eterno amigo
de nuestro protagonista, el pianista Sam (Dooley Wilson), tipo que, cual fiel
escudero, ha acompañado a Rick en los momentos malos y en los peores.
Casablanca es
una obra clara en su estructura narrativa pero compleja en su espíritu, con una
composición de personajes y de diálogos notables, llena de momentos
estrictamente fílmicos que se quedan grabados en el imaginario. Y es que, desde
la lectura más superflua, podríamos por comenzar por enaltecer la maestría de
Curtiz al presentarnos a la Bergman de la manera en la que lo hizo, con un
rostro diáfanamente expuesto, irradiando pureza, con incontestables primeros planos de una belleza
cinematográfica de primer orden. Asimismo, Bogart se hace completamente de un
personaje irrepetible, el cínico perfecto desencantado de la sociedad por
excelencia, roto por dentro pero también con cierta compasión por los demás,
trazando a un hombre de formas cuestionables pero que es todo legalidad, un
tipo que al preguntarle su nacionalidad responde «soy un borracho», alguien a
quien el capitán Renault describe como «el hombre del que yo me enamoraría si
fuera mujer».
Por supuesto que Casablanca es una película llena de
momentos potentes, como aquel reencuentro entre Rick e Ilsa, con la canción As times goes by de fondo (interpretada
por Sam), en una mezcla de sorpresa, felicidad y dolor, una reunión de dimensiones
antológicas. O el desenlace (no leer esta parte de la crítica si no se ha visto
la película en cuestión), con una tercia de inconmensurables actores (Bogart,
Bergman y Henreid) parados en una pista de aterrizaje/despegue, en medio de la
niebla, con una aeronave que espera por
ser abordada; los tres con sombrero a la cabeza entendiendo que el destino de
Ilsa en mucho determinará el camino que habrá de tomar la lucha contra los
nazis: si se queda con Bogart, aparentemente el verdadero amor de su vida,
destruirá a su marido, Lazlo, un personaje clave para el rumbo que tomará el
conflicto bélico mundial… finalmente Rick se despide de Ilsa con un «siempre
tendremos París», frase que simbolizará la vida de un amor a través del
recuerdo.
Casablanca es
de esas películas que necesariamente debo ver un par de veces al año, es una
obra que me supone oxígeno puro, filme de múltiples lecturas que hace
referencia a una manera de hacer cine como lo fue el Hollywood clásico, rodando
en estudios, con verdaderos profesionales de oficio (dirección, fotografía,
guión, decorados), cinta que discursivamente nos habla de seres universales que
ponen en la balanza sus sentimientos y el deber social que les ha correspondido
asumir.
En Casablanca todo es perfecto, es una de
las cuatro o cinco películas de mi vida.

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