El cineasta británico Michael Winterbottom es, como pocos, un director camaleónico en todo el sentido de la palabra: la diversidad de sus películas transcurre desde las temáticas abordadas hasta el tratamiento narrativo de las historias, pasando por el heterogéneo empleo de los recursos formales cinematográficos; incluso los resultados de sus películas son disímiles, desde pequeñas obras maestras hasta notables ejercicios de burda pretensión, igualmente añadiendo obras cuyo valor se sustenta a partir del compromiso humanitario, más allá de la calidad fílmica.
Me acerque al cine de Winterbottom por primera vez con la cinta Camino a Guantánamo (2006), filme que básicamente denuncia las atrocidades cometidas en la prisión estadounidense ubicada en territorio cubano, sitio donde se violenta y tortura a los supuestos terroristas mundiales, todo presentado con un realismo y crudeza extremos, entremezclando imágenes de archivo con planos ficticios. Posteriormente visualicé Wonderland (1999), un tan sencillo como profundo drama urbano que se desarrolla en Londres, retratando las agridulces experiencias sentimentales de tres hermanas de mediana edad. Bienvenido a Sarajevo (1997) quizá fue el filme que le dio reconocimiento internacional al cineasta, dando inicio a su ímpetu por mostrar los atropellos humanos, presentes en este caso en el conflicto de los Balcanes, siempre siguiendo la clave del realismo bélico, desde el punto de vista de tres periodistas anglosajones. La película que en definitiva más cargante me ha parecido de este director es 9 orgasmos (9 Songs), uno de los ejercicios de erotismo cinematográfico más fallidos que recuerde haber visto, tratándose básicamente de una película pornográfica cuya intencionalidad era dotarla de estilismo poético, pero que más bien se encarama como un filme soso, fútil e indiferente. También, en plan negativo, una de las más recientes películas de Winterbottom es El asesino dentro de mí (2010), cinta que me pareció malograda en su búsqueda por revisionar el género «negro», presentándonos un drama psicológico inconsistente centrado en un policía que tiene conflictos con la propia ley, con los maleantes creadores de la intriga y consigo mismo, filme de buenas hechuras pero de fondo insustancial.
El
rey del erotismo
Este año llegó a pantallas
mexicanas la cinta El rey del erotismo
(The Look of Love, 2013), vigésimo
cuarto largometraje dirigido por Michael Winterbottom, en una filmografía
prolífica y variada que comprende poco más de 20 años.
La cinta adapta la historia del magnate británico Paul Raymond (1925-2008), encarnado por Steve Coogan, retratando los pasajes vitales de éste desde que se inicia en el mundo de los burdeles, a principios de los años 50, transcurriendo una vida en donde lo mismo vemos sus relaciones familiares, su condición de promiscuo incansable, sus problemas conyugales, así como su crecimiento exponencial como hombre de negocios, abriendo los primeros clubes nudistas en todo el Reino Unido, garitos de buena y mala reputación, publicando también las primeras revistas pornográficas de consumo mundial.
El rey del erotismo inicia mostrándonos cronológicamente el desarrollo de Raymond como empresario del espectáculo y a nivel humano, estacionándose la trama en la relación que el personaje central tendrá con su hija Debbie (Imogen Poots), plasmándose una correspondencia paterno filial harto compleja, induciendo el padre a la hija a un mundo de degradación física y existencial, paradójicamente estrechando sus lazos estas condiciones a priori nocivas.
La película se sostiene en gran medida por la soberbia actuación de un Steve Coogan en estado de gracia, alguien que hace muy poco ya nos había regalado una cátedra histriónica con el muy buen melodrama Philomena (Stephen Frears, 2013), en este caso dotando de gracia a un personaje que en primera instancia luciría banal pero que, progresivamente, gana en carisma y empatía con el espectador.
En el caso de El rey del erotismo, Michael Winterbottom deja de lado cualquier esencia de realismo, desplegando primeramente un aspecto de filme antiguo en la película, dotándola de un blanco y negro con encuadres propios del cine clásico de Hollywood, transitando con posterioridad a un aspecto colorido y exaltador del oropel británico, con una apuesta cómico-dramática que entretiene durante todo su metraje. Sin embargo, el filme carece de profundidad emocional, de estremecimiento en los puntos más altos del drama biográfico que se cuenta, ubicando al relato en un término bastante mediano en cuestión de sensaciones.
A diferencia de
algunas otras de las cintas mencionadas, El
rey del erotismo cumple con lo mínimo que se le puede pedir al cine: que te
haga pasar un buen rato. Y nada más.

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