Se suponía que esta vez iba
a escribir sobre una de las películas que más expectativa ha generado en los
últimos meses, el más reciente trabajo de Lars von Trier, Ninfomanía: Primera Parte. Sin embargo, problemas de salud me
impidieron acudir a la sala de cine, por lo cual se ha pospuesto mi crítica
sobre la mencionada película. La anterior circunstancia me permite retomar uno de
los títulos que más relucen en mi filmoteca personal, de uno de mis tres o
cuatro directores preferidos en la historia del cine: estoy hablando de la
cinta Otra mujer (Another Woman, 1988), del genio
neoyorquino Woody Allen.
La filmografía de muy pocos directores
es capaz de abarcar casi media centena de títulos pero, sobre todo, que la gran
mayoría de esos títulos sean de menos muy buenas películas.
Para el año 1988, Allen ya
había filmado algunas de las que hoy se consideran como sus obras maestras, filmes
de la talla de Annie Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986) o, mi
favorita, Interiores (1978), lo cual
ya lo convertía en un icono de la comedia intelectual y en un consolidadísimo
director.
Así
como en su momento fue el drama Interiores,
una suerte de punto y aparte en su obra, Otra
mujer servirá de vaso comunicante para aquella cinta, en donde forma y
fondo se inscriben en un registro totalmente distanciado de la comedia que encumbró
al cineasta estadounidense, resaltando características dramáticas más propias
del cine europeo, particularmente con claras referencias a la obra de Ingmar
Bergman, dejando este par de filmes tanto a crítica como a público algo fríos
en su recibimiento, algo que con el tiempo se aprecia como que injusto.
Otra mujer
En
Otra mujer nos enfocamos al personaje
de Marion Post (Gena Rowlands), una profesora de filosofía de 50 años de edad
que se encuentra iniciando un nuevo libro, por lo cual alquila un departamento
para realizar su trabajo. Al lado del lugar habita un psicoanalista que da
terapias, escuchando Marion algunos de los relatos de los pacientes. Sin
embargo, son las palabras de una mujer (Mia Farrow) las que servirán de piedra
de toque para que la catedrática haga un ejercicio introspectivo que, entre
otras cosas, la harán cuestionarse sobre el paso del tiempo, sobre la relación
con su esposo (Ian Holm), sobre la pérdida de quien aparentemente fue el
verdadero amor de su vida (Gene Hackman), sobre la relación con sus familiares
y sobre las decisiones que ha de tomar para modificar su aparentemente idílica
pero, en realidad, su cansina cotidianeidad.
Lo
que hace Woody Allen en Otra mujer es
sencillamente avasallador. Desmenuza la intríngulis de la psique, subrayando el
peso de los recuerdos y sus posteriores consecuencias en la vida misma,
bordando un filme tan dramático como sobrecogedor, generando lo mismo
desasosiego que nostalgia. Asimismo, el manejo de los tiempos por parte de
Allen le confirman como un narrador más que eficaz, mostrándonos por momentos
el presente en clave de realismo, aunque también intercalando secuencias de
flashbacks y referencias del pasado a manera de ensoñaciones, con un elemento
onírico que terminará por darle la potencia necesaria al relato, recordando
esta última característica a aquella obra capital dirigida por el propio Bergman,
Fresas salvajes (1957).
Gena
Rowlands hace el papel de su carrera, encarnando a un personaje humano pero, a
la vez, con una decadencia sutil, arrepentida a ratos pero también con ganas de
corregir el camino, dando en el punto preciso de contención expresiva, en una
interpretación injustamente olvidada por la crítica. Y lo poco que aparecen a
cuadro Mia Farrow, Gene Hackman e Ian Holm es suficiente, cada uno de ellos
mostrando la necesaria precisión histriónica.
Hay
otro elemento en Otra mujer que hace
recordar al cine de Bergman, y es que Allen eligió al cinefotógrafo de cabecera
del cineasta sueco, Sven Nykvist, para fotografiar la cinta, lo cual le brinda
una elegante, sugerente y precisa apariencia al filme.

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