viernes, 18 de julio de 2014

Woody Allen en estado de gracia


Se suponía que esta vez iba a escribir sobre una de las películas que más expectativa ha generado en los últimos meses, el más reciente trabajo de Lars von Trier, Ninfomanía: Primera Parte. Sin embargo, problemas de salud me impidieron acudir a la sala de cine, por lo cual se ha pospuesto mi crítica sobre la mencionada película. La anterior circunstancia me permite retomar uno de los títulos que más relucen en mi filmoteca personal, de uno de mis tres o cuatro directores preferidos en la historia del cine: estoy hablando de la cinta Otra mujer (Another Woman, 1988), del genio neoyorquino Woody Allen.

La filmografía de muy pocos directores es capaz de abarcar casi media centena de títulos pero, sobre todo, que la gran mayoría de esos títulos sean de menos muy buenas películas.
Para el año 1988, Allen ya había filmado algunas de las que hoy se consideran como sus obras maestras, filmes de la talla de Annie Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986) o, mi favorita, Interiores (1978), lo cual ya lo convertía en un icono de la comedia intelectual y en un consolidadísimo director.

Así como en su momento fue el drama Interiores, una suerte de punto y aparte en su obra, Otra mujer servirá de vaso comunicante para aquella cinta, en donde forma y fondo se inscriben en un registro totalmente distanciado de la comedia que encumbró al cineasta estadounidense, resaltando características dramáticas más propias del cine europeo, particularmente con claras referencias a la obra de Ingmar Bergman, dejando este par de filmes tanto a crítica como a público algo fríos en su recibimiento, algo que con el tiempo se aprecia como que injusto.

Otra mujer

En Otra mujer nos enfocamos al personaje de Marion Post (Gena Rowlands), una profesora de filosofía de 50 años de edad que se encuentra iniciando un nuevo libro, por lo cual alquila un departamento para realizar su trabajo. Al lado del lugar habita un psicoanalista que da terapias, escuchando Marion algunos de los relatos de los pacientes. Sin embargo, son las palabras de una mujer (Mia Farrow) las que servirán de piedra de toque para que la catedrática haga un ejercicio introspectivo que, entre otras cosas, la harán cuestionarse sobre el paso del tiempo, sobre la relación con su esposo (Ian Holm), sobre la pérdida de quien aparentemente fue el verdadero amor de su vida (Gene Hackman), sobre la relación con sus familiares y sobre las decisiones que ha de tomar para modificar su aparentemente idílica pero, en realidad, su cansina cotidianeidad.

Lo que hace Woody Allen en Otra mujer es sencillamente avasallador. Desmenuza la intríngulis de la psique, subrayando el peso de los recuerdos y sus posteriores consecuencias en la vida misma, bordando un filme tan dramático como sobrecogedor, generando lo mismo desasosiego que nostalgia. Asimismo, el manejo de los tiempos por parte de Allen le confirman como un narrador más que eficaz, mostrándonos por momentos el presente en clave de realismo, aunque también intercalando secuencias de flashbacks y referencias del pasado a manera de ensoñaciones, con un elemento onírico que terminará por darle la potencia necesaria al relato, recordando esta última característica a aquella obra capital dirigida por el propio Bergman, Fresas salvajes (1957).

Gena Rowlands hace el papel de su carrera, encarnando a un personaje humano pero, a la vez, con una decadencia sutil, arrepentida a ratos pero también con ganas de corregir el camino, dando en el punto preciso de contención expresiva, en una interpretación injustamente olvidada por la crítica. Y lo poco que aparecen a cuadro Mia Farrow, Gene Hackman e Ian Holm es suficiente, cada uno de ellos mostrando la necesaria precisión histriónica.

Hay otro elemento en Otra mujer que hace recordar al cine de Bergman, y es que Allen eligió al cinefotógrafo de cabecera del cineasta sueco, Sven Nykvist, para fotografiar la cinta, lo cual le brinda una elegante, sugerente y precisa apariencia al filme.

Otra mujer no tiene desperdicio, es una película que te llega a lo más hondo, que en lo personal me tocó fibras muy profundas y que a ratos me tumba; es una completa obra maestra de un director en estado de gracia permanente.

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