La permanentemente
disminuida cartelera del cine comercial provoca que uno se sumerja de manera
constante en la infalible filmoteca personal, tomando títulos del pasado que se
guardan no sólo en un lugar preciado de una estantería sino en lo más profundo
del alma.
En el caso del actor,
director y hasta político estadounidense Clint Eastwood, tengo por lo menos
cuatro películas que revisaré una y otra vez hasta el día de mi muerte. Y es
que encuentro todos los elementos para calificar de obras maestras a algunos
títulos magnos de su filmografía como Los
puentes de Madison (1995), Río
místico (2003) o Gran Torino
(2008), llevándome a considerar al nacido en San Francisco, California, como
uno de los más grandes directores en activo y, por supuesto, un cineasta
destacado en la historia del cine. No tengo dudas de que, aunque
iconográficamente la figura de Eastwood trascienda más desde su faceta como
actor, haciendo de tipio duro del spaghetti
western (El bueno, el malo y el feo.
Sergio Leone, 1966) o de policía fuera de la ley (Harry el sucio. Don Siegel, 1971), su gran valía cinematográfica
debe ser considerada en su rol como director, siendo un creador de filmes que
se pueden inscribir en apartados tan heterogéneos y contrastantes como lo son
el cine comercial y el cine de autor.
De lo poco que he visto de
la obra de Clint Eastwood (atendamos que su filmografía como director comprende
casi 40 películas) es posible retomar constantes como la importancia del pasado
en sus personajes principales, así como una marcada vocación por la desmitificación
de lo que para las narraciones convencionales sería el héroe absoluto,
acercándose a la línea de un artista iconoclasta que encuentra en la ambigüedad
vital su medio de supervivencia; quizás el mejor ejemplo de lo anterior podría
sea aquel trágico drama biográfico que realizó en 1988 a propósito de la figura
de aquel superlativo jazzista apólogo de la autodestrucción, Charle Parker, con
la cinta Bird.
Los
imperdonables
A principios de la década de
los 90, el género del western parecía
extinto. Por esos años ya nadie estaba interesado en presentar en pantalla
grande siquiera un proyecto mediocre que involucrara a los vaqueros que antaño
habían tocado la cúspide cinematográfica de
la mano de autores estadounidenses como John Ford o Howard Hawks, en una
primera etapa, seguidos de cineastas como Sam Peckinpah y Anthony Mann, pasando
por excentricidades procedentes de Italia firmadas por Sergio Leone. Hablar de western era aludir a una connotación en
el imaginario que remitía a lo clásico, a tiempos pasados. Sin embargo, Clint
Eastwood opinó lo contrario y, de la mano de una historia escrita por David
Webb Peoples, a quien también se le debe el guión de esa obra maestra
titulada Blade Runner (Ridley Scott, 1982), realizaron una de las películas
más transgresoras, desmitificadoras y refrescantes no sólo para el género sino
para el cine en general: Los
imperdonables (Unforgiven, 1992).
La historia de Los imperdonables está ambientada a
finales del siglo XIX, en un pueblo llamado Big Whiskey (en el estado de Wyoming),
en donde a una prostituta (Anna Levine) le marcan el rostro con una navaja
luego de que insinuó que uno de sus clientes tenía el pene muy pequeño, por lo
que su mentora (Frances Fisher) y sus compañeras ofrecen una cuantiosa
recompensa para aquel o aquellos que le quiten al vida al agresor. Pero en el
pueblo Big Whiskey la ley es dura y el sheriff Little Bill (Gene Hackman)
impedirá a toda costa que el caos se posicione en sus territorios. La noticia sobre el botín ofrecido llega a
oídos del matón retirado y viudo William Munny (interpretado por el propio Eastwood),
quien es orillado a aceptar el encargo pues tiene problemas económicos y dos
hijos que mantener, misión para la cual convocará a su amigo de viejas batallas
Ned Logan (Morgan Freeman). Durante desarrollo de la trama, nos damos cuenta de
que William Munny ya no es capaz ni siquiera de montar un caballo con dignidad,
teniendo permanentemente la presencia de su fallecida mujer quien lo había
desviado del camino de balas, el alcohol y la insensibilidad, sustentándose la
historia a través de los hirientes recuerdos que no dejan de perturbar al
protagonista.
Clint Eastwood nos presenta
en Los imperdonables un western crepuscular de una ambigüedad
moral notable. La misión de William y Ned, aparentemente redimidos, es la de
asesinar a un par de vaqueros mientras que, quien nominalmente resguarda el
título de la justicia, Little Bill, a ratos luce como el malo, pero también
como una persona sensible y vanidosa, que hará respetar su ley hasta las
últimas consecuencias.
Inclusive para los mismos
códigos del viejo oeste vemos en Los
imperdonables lo que nunca: gente a la que le cuesta disparar su arma,
tiroteos imprecisos, largas agonías tras recibir balazos, desenmascaramientos
de supuestos matones temerarios, caballos difíciles de montar, cowboys que no
son capaces de disparar con precisión a causa de problemas de la vista y
verdaderos criminales que un día son héroes y otro villanos.
Desde cualquier punto de
vista sería un pecado revelar cómo concluye la cinta, con lo cual me limitaré a
describir, en términos generales, que el protagonista al que da vida Eastwood
sea quizá el pistolero del oeste más humano que ha dado el cine, que no es lo
mismo a heroico, sobresaliendo junto con la figura del gran Gene Hackman como
dos verdaderos portentos con una formidable presencia a cuadro, dándole una
épica oscura a un relato que conforme avanza se va enturbiando cada vez más
hasta llegar a estados prácticamente infernales.
El manejo de la cámara en Los imperdonables es soberbio: deudora a
ratos de la economía visual clásica de un John Ford (El hombre que mató a Liberty Balance, 1962) y referente claro a los
planos de conversaciones reflexivas presentadas por Howard Hawks (Río Rojo, 1948), no pudiéndose soslayar
tampoco la mano virtuosa del propio Eastwood
al tomar ciertas postales panorámicas de un preciosismo absoluto, así como
algún traveling tan perturbador como
sugerente, antesala de un fastuoso clímax para una película inolvidable.
Los imperdonables es entrañable,
hiriente, refrescante, un filme como pocos que se te queda en la retina, que
sin duda es una obra maestra, que hay que rememorar por lo menos una vez al año
para recordar qué es eso a lo que muchos nos referimos cuando hablamos de «cine
con letras mayúsculas».

No hay comentarios:
Publicar un comentario