viernes, 18 de julio de 2014

El último gran western


La permanentemente disminuida cartelera del cine comercial provoca que uno se sumerja de manera constante en la infalible filmoteca personal, tomando títulos del pasado que se guardan no sólo en un lugar preciado de una estantería sino en lo más profundo del alma.

En el caso del actor, director y hasta político estadounidense Clint Eastwood, tengo por lo menos cuatro películas que revisaré una y otra vez hasta el día de mi muerte. Y es que encuentro todos los elementos para calificar de obras maestras a algunos títulos magnos de su filmografía como Los puentes de Madison (1995), Río místico (2003) o Gran Torino (2008), llevándome a considerar al nacido en San Francisco, California, como uno de los más grandes directores en activo y, por supuesto, un cineasta destacado en la historia del cine. No tengo dudas de que, aunque iconográficamente la figura de Eastwood trascienda más desde su faceta como actor, haciendo de tipio duro del spaghetti western (El bueno, el malo y el feo. Sergio Leone, 1966) o de policía fuera de la ley (Harry el sucio. Don Siegel, 1971), su gran valía cinematográfica debe ser considerada en su rol como director, siendo un creador de filmes que se pueden inscribir en apartados tan heterogéneos y contrastantes como lo son el cine comercial y el cine de autor.
De lo poco que he visto de la obra de Clint Eastwood (atendamos que su filmografía como director comprende casi 40 películas) es posible retomar constantes como la importancia del pasado en sus personajes principales, así como una marcada vocación por la desmitificación de lo que para las narraciones convencionales sería el héroe absoluto, acercándose a la línea de un artista iconoclasta que encuentra en la ambigüedad vital su medio de supervivencia; quizás el mejor ejemplo de lo anterior podría sea aquel trágico drama biográfico que realizó en 1988 a propósito de la figura de aquel superlativo jazzista apólogo de la autodestrucción, Charle Parker, con la cinta Bird.

Los imperdonables

A principios de la década de los 90, el género del western parecía extinto. Por esos años ya nadie estaba interesado en presentar en pantalla grande siquiera un proyecto mediocre que involucrara a los vaqueros que antaño habían tocado la cúspide cinematográfica de  la mano de autores estadounidenses como John Ford o Howard Hawks, en una primera etapa, seguidos de cineastas como Sam Peckinpah y Anthony Mann, pasando por excentricidades procedentes de Italia firmadas por Sergio Leone. Hablar de western era aludir a una connotación en el imaginario que remitía a lo clásico, a tiempos pasados. Sin embargo, Clint Eastwood opinó lo contrario y, de la mano de una historia escrita por David Webb Peoples, a quien también se le debe el guión de esa obra maestra titulada  Blade Runner (Ridley Scott, 1982), realizaron una de las películas más transgresoras, desmitificadoras y refrescantes no sólo para el género sino para el cine en general: Los imperdonables (Unforgiven, 1992).

La historia de Los imperdonables está ambientada a finales del siglo XIX, en un pueblo llamado Big Whiskey (en el estado de Wyoming), en donde a una prostituta (Anna Levine) le marcan el rostro con una navaja luego de que insinuó que uno de sus clientes tenía el pene muy pequeño, por lo que su mentora (Frances Fisher) y sus compañeras ofrecen una cuantiosa recompensa para aquel o aquellos que le quiten al vida al agresor. Pero en el pueblo Big Whiskey la ley es dura y el sheriff Little Bill (Gene Hackman) impedirá a toda costa que el caos se posicione en sus territorios.  La noticia sobre el botín ofrecido llega a oídos del matón retirado y viudo William Munny (interpretado por el propio Eastwood), quien es orillado a aceptar el encargo pues tiene problemas económicos y dos hijos que mantener, misión para la cual convocará a su amigo de viejas batallas Ned Logan (Morgan Freeman). Durante desarrollo de la trama, nos damos cuenta de que William Munny ya no es capaz ni siquiera de montar un caballo con dignidad, teniendo permanentemente la presencia de su fallecida mujer quien lo había desviado del camino de balas, el alcohol y la insensibilidad, sustentándose la historia a través de los hirientes recuerdos que no dejan de perturbar al protagonista.

Clint Eastwood nos presenta en Los imperdonables un western crepuscular de una ambigüedad moral notable. La misión de William y Ned, aparentemente redimidos, es la de asesinar a un par de vaqueros mientras que, quien nominalmente resguarda el título de la justicia, Little Bill, a ratos luce como el malo, pero también como una persona sensible y vanidosa, que hará respetar su ley hasta las últimas consecuencias.

Inclusive para los mismos códigos del viejo oeste vemos en Los imperdonables lo que nunca: gente a la que le cuesta disparar su arma, tiroteos imprecisos, largas agonías tras recibir balazos, desenmascaramientos de supuestos matones temerarios, caballos difíciles de montar, cowboys que no son capaces de disparar con precisión a causa de problemas de la vista y verdaderos criminales que un día son héroes y otro villanos.

Desde cualquier punto de vista sería un pecado revelar cómo concluye la cinta, con lo cual me limitaré a describir, en términos generales, que el protagonista al que da vida Eastwood sea quizá el pistolero del oeste más humano que ha dado el cine, que no es lo mismo a heroico, sobresaliendo junto con la figura del gran Gene Hackman como dos verdaderos portentos con una formidable presencia a cuadro, dándole una épica oscura a un relato que conforme avanza se va enturbiando cada vez más hasta llegar a estados prácticamente infernales.

El manejo de la cámara en Los imperdonables es soberbio: deudora a ratos de la economía visual clásica de un John Ford (El hombre que mató a Liberty Balance, 1962) y referente claro a los planos de conversaciones reflexivas presentadas por Howard Hawks (Río Rojo, 1948), no pudiéndose soslayar tampoco la mano virtuosa del propio  Eastwood al tomar ciertas postales panorámicas de un preciosismo absoluto, así como algún traveling tan perturbador como sugerente, antesala de un fastuoso clímax para una película inolvidable.

Los imperdonables es entrañable, hiriente, refrescante, un filme como pocos que se te queda en la retina, que sin duda es una obra maestra, que hay que rememorar por lo menos una vez al año para recordar qué es eso a lo que muchos nos referimos cuando hablamos de «cine con letras mayúsculas».

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