En su segundo largometraje
de ficción dirigido, el también actor Diego Luna (Abel, 2010) presentó al público mexicano su más reciente filme, César Chávez, sobre aquel activista epónimo
de la película, figura controversial que en vida luchó por los derechos de los
trabajadores campesinos descendientes de mexicanos nacidos en Estados Unidos, en
detrimento de los inmigrantes ilegales oriundos de México.
Luna retoma la historia de Chávez,
interpretado por un desabrido Michael Peña (World
Trade Center, 2006), particularmente entre las décadas de 1960 y de 1970,
cuando el activista formó la Unión Campesina de Trabajadores, en coalición con
inmigrantes filipinos, mismos que consiguieron ponerse al tú por tú con los
grandes dueños de viñedos en California, particularmente en conflicto con el
productor de uvas Bogdanovich (un también insipiente John Malkovich), en una
lucha prolongada que, finalmente, vio signada la justicia entre las partes.
El biopic también nos muestra parte de la fragmentada y a ratos
ríspida relación familiar de Chávez con su esposa (America Ferrera) y con sus
hijos, quienes pasaron a segundo plano en la realidad del sindicalista por su
férreo y permanente activismo.
La película peca de ser
escueta y reduccionista, talante que Luna ya nos había demostrado en la tan
superflua como alelada Abel, sólo que,
en este caso, toma a un personaje de la realidad dándole una repasada a cierto
momento de su vida, de forma parcial y maniquea, poniéndonos a César Chávez
como si fuera poco menos que el mismísimo Gandhi cuando, en realidad, fue una
figura cuanto más cuestionable, sobre todo en su animadversión hacia los
mexicanos de nacimiento que pretendían buscar el sueño americano.
Al margen del burdo
tratamiento que hace Luna sobre César Chávez, el mismo relato está contado de
forma ineficaz, pues nunca se cimentan las motivaciones de un protagonista que,
sin más y de la nada, lo mismo forma un sindicato que se pone en huelga de
hambre, sumado a que sus conflictos familiares parecen más de relleno que otra
cosa, retomados por el director a manera de prolongación del largometraje, sin
que tengan a ciencia cierta un peso específico en el desenvolvimiento de la
narración. Es notorio el empleo de los clichés de toda la vida, retomando a
ratos los peores convencionalismos de la industria cinematográfica comercial,
como aquella parte sensiblera que mostró en su momento la cinta Gandhi (Richard Attenborough, 1982), el
tono de heroicidad inocua de Corazón
valiente (Mel Gibson, 1995) o la esencia mesiánica de Lincoln (Steven Spielberg, 2012), todo ello expuesto de la peor
manera posible.
Uno comenzó odiando César Chávez ya desde su inicio, cuando
en los créditos se leía «Televisa presenta», fungiendo esto como un signo
premonitorio de que lo proyectado a continuación iba a ser, en el mejor de los
casos, un producto tendencioso y fallido (que lo fue), confirmándose que Diego
Luna es tan mal actor como director.
Más allá de la frustración
habitual que supone ver una película a la cual les estás pidiendo que termine
desde los primeros diez minutos, lo que más me dejó con bronca fue el hecho de
que algunos espectadores comenzaran a aplaudir al concluir la proyección, situación
que me pareció enfermiza pero muy lógica,
esto si consideramos que las películas más vistas en la historia del cine
mexicano son un par de abyecciones llamadas Nosotros
los nobles (Gary Alazraki, 2013) y la recientemente apaleada por la crítica
española No se aceptan devoluciones
(Eugenio Derbez, 2013).
En defensa de César Chávez, he de decir que su
fotografía es de gran manufactura, obra del ecuatoriano Enrique Chediak, quien
ya había demostrado sus dotes en un título tan complicado en su rubro como fue 127 Horas (Danny Boyle, 2010). Allá
aquellos que se traguen ese cuento de decir que les gustó una película «por su
fotografía»; siempre ha sido el último recurso para defender a una obra indefendible
(argumento usado —claro está— por aquellos que van de listos y conocedores del
arte).

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