viernes, 18 de julio de 2014

Un malogrado y petulante biopic


En su segundo largometraje de ficción dirigido, el también actor Diego Luna (Abel, 2010) presentó al público mexicano su más reciente filme, César Chávez, sobre aquel activista epónimo de la película, figura controversial que en vida luchó por los derechos de los trabajadores campesinos descendientes de mexicanos nacidos en Estados Unidos, en detrimento de los inmigrantes ilegales oriundos de México.

Luna retoma la historia de Chávez, interpretado por un desabrido Michael Peña (World Trade Center, 2006), particularmente entre las décadas de 1960 y de 1970, cuando el activista formó la Unión Campesina de Trabajadores, en coalición con inmigrantes filipinos, mismos que consiguieron ponerse al tú por tú con los grandes dueños de viñedos en California, particularmente en conflicto con el productor de uvas Bogdanovich (un también insipiente John Malkovich), en una lucha prolongada que, finalmente, vio signada la justicia entre las partes.

El biopic también nos muestra parte de la fragmentada y a ratos ríspida relación familiar de Chávez con su esposa (America Ferrera) y con sus hijos, quienes pasaron a segundo plano en la realidad del sindicalista por su férreo y permanente activismo.

La película peca de ser escueta y reduccionista, talante que Luna ya nos había demostrado en la tan superflua como alelada Abel, sólo que, en este caso, toma a un personaje de la realidad dándole una repasada a cierto momento de su vida, de forma parcial y maniquea, poniéndonos a César Chávez como si fuera poco menos que el mismísimo Gandhi cuando, en realidad, fue una figura cuanto más cuestionable, sobre todo en su animadversión hacia los mexicanos de nacimiento que pretendían buscar el sueño americano.

Al margen del burdo tratamiento que hace Luna sobre César Chávez, el mismo relato está contado de forma ineficaz, pues nunca se cimentan las motivaciones de un protagonista que, sin más y de la nada, lo mismo forma un sindicato que se pone en huelga de hambre, sumado a que sus conflictos familiares parecen más de relleno que otra cosa, retomados por el director a manera de prolongación del largometraje, sin que tengan a ciencia cierta un peso específico en el desenvolvimiento de la narración. Es notorio el empleo de los clichés de toda la vida, retomando a ratos los peores convencionalismos de la industria cinematográfica comercial, como aquella parte sensiblera que mostró en su momento la cinta Gandhi (Richard Attenborough, 1982), el tono de heroicidad inocua de Corazón valiente (Mel Gibson, 1995) o la esencia mesiánica de Lincoln (Steven Spielberg, 2012), todo ello expuesto de la peor manera posible.

Uno comenzó odiando César Chávez ya desde su inicio, cuando en los créditos se leía «Televisa presenta», fungiendo esto como un signo premonitorio de que lo proyectado a continuación iba a ser, en el mejor de los casos, un producto tendencioso y fallido (que lo fue), confirmándose que Diego Luna es tan mal actor como director.

Más allá de la frustración habitual que supone ver una película a la cual les estás pidiendo que termine desde los primeros diez minutos, lo que más me dejó con bronca fue el hecho de que algunos espectadores comenzaran a aplaudir al concluir la proyección, situación que me  pareció enfermiza pero muy lógica, esto si consideramos que las películas más vistas en la historia del cine mexicano son un par de abyecciones llamadas Nosotros los nobles (Gary Alazraki, 2013) y la recientemente apaleada por la crítica española No se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013).

En defensa de César Chávez, he de decir que su fotografía es de gran manufactura, obra del ecuatoriano Enrique Chediak, quien ya había demostrado sus dotes en un título tan complicado en su rubro como fue 127 Horas (Danny Boyle, 2010). Allá aquellos que se traguen ese cuento de decir que les gustó una película «por su fotografía»; siempre ha sido el último recurso para defender a una obra indefendible (argumento usado —claro está— por aquellos que van de listos y conocedores del arte). 
 
Sugeriría en todo caso que si se ha decido ver César Chávez se considere la posibilidad de adquirirla en copia no oficial, así la inversión sería menor y no se estaría apoyando a una empresa tan detestable como Grupo Televisa.

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