Apreciar una película que te
hable de la inmigración ilegal casi siempre supone un ejercicio de encuentro
con la fatalidad.
De manera tangencial, la
cinta A la orilla del cielo (Fatih
Akin, 2007) trataba el tema, en un drama coral que vivían algunos turcos
afincados en Alemania, una suerte de retrato contemporáneo en donde se
visualizan las interrelaciones culturales. También están títulos como Al otro lado (Gustavo Loza, 2005),
película que directamente muestra, casi en forma comparativa, los fenómenos
migratorios que acontecen en puntos tan distintos como México, Cuba o
Marruecos, trama inscrita en un registro melodramático un tanto reduccionista.
Igualmente, hay relatos que se concentran en exponer las vicisitudes que
representa el hecho de viajar a otro país de manera ilegal, principalmente captando
las adversidades de un viaje que más bien resulta un calvario, como en la cinta
Sin nombre (Cary Joji Fukunaga,
2009), película que nos subía a los vagones de un tren en donde padre e hija
centroamericanos viajaban por México en las peores condiciones posibles,
intentando alcanzar el sueño americano.
No hay mucho más que decir
sobre el tema de la inmigración: hay fenómenos económicos globales que
propician el hecho de que personas de países subdesarrollados busquen un mejor
futuro en países desarrollados, estas segundas naciones mostrando reticencia ante
la llegada de ciudadanos del tercer mundo, dificultándose así el ingreso e
integración de inmigrantes a los idealizados pueblos.
La
jaula de oro
El multigalardonado
largometraje de ficción La jaula de oro
(Diego Quemada-Díez, 2013) no habla más que de los tópicos consabidos aunque no
por ello poco sentidos.
La historia se centra en el
viaje que emprenden tres amigos adolescentes guatemaltecos con destino a los
Estados Unidos, Juan (Brandon López), Sara (Karen Martínez) y Samuel (Carlos
Chajón), mismos que al llegar a la frontera con México se juntarán con el
indígena tzotzil Chauk (Rodolfo Domínguez), emprendiendo un periplo por demás
dificultoso que, entre otras cosas, retrata la negligencia con la que los
cuerpos de seguridad mexicana avasallan a los viajeros, mostrando la
dificultosa travesía que se tiene que sufrir encima de los vagones de los trenes;
nos habla sobre fenómenos de inseguridad latentes en una región sometida por el
crimen organizado, además del mayor grado de dificultad que representa para las
mujeres el exponerse a un viaje tan riesgoso. También salen a relucir gestos de
solidaridad para con los migrantes, la amistad de los viajeros que se agudiza
conforme van compartiendo experiencias de toda índole, al igual que el sentido
de perseverancia, de continuar no obstante los monumentales obstáculos que se
presentan en tan tortuoso camino.
No tenía ningún antecedente
sobre el cineasta Diego Quemada-Díez pero, sin duda, muestra un notable oficio
al filmar su ópera prima, desarrollando con La
jaula de oro un relato que en ningún momento desfallece desde el punto de
vista narrativo, que casi desde el inicio te genera empatía con cada uno de los
personajes plasmados. Es muy meritorio el hecho de que contándote algo que ya
de entrada sabes que tendrá tintes dramáticos e, incluso, tienes noción de qué
reductos puede tomar la cinta, aun así lo que se cuenta resulte ser fresco y de
permanente interés. La cinta es asertiva en el hecho de que, no obstante está
codificada desde el realismo, lleva intrínsecamente un drama bien construido, a
ratos tierno pero también desasosegante, casi diría que en la misma medida
optimista que pesimista.
El gran acierto de Quemada-Díez
es la selección de su reparto, todos actores inexpertos, que gracias a esta
propiedad se hacen más creíbles en pantalla, sobre todo empáticos, respaldados
por inmigrantes reales que complementan de la mejor manera las presencias de
los jóvenes a cuadro.
Veo como punto flaco en La jaula de oro el uso de la poesía
visual un tanto fuera de contexto,
particularmente en planos que el director intercala entre el relato realista de
los inmigrantes con imágenes de nieve cayendo, elemento que quizá luce como
premonitorio sobre el destino de alguno de los personajes, pero que le quita un
poco de consistencia a la sucesión de imágenes. Asimismo, veo una carga
excesiva en las vivencias que van teniendo los personajes durante su viaje, adicionando
situaciones como un triángulo amoroso, la discriminación, la muerte, el
secuestro, el alejamiento de algún amigo, y todo lo anterior envuelto en un suspenso
permanente, sobre el hecho de si conseguirán o no su objetivo. Quizá hubiera
preferido que la cinta acabara un poco antes, con uno de esos finales abiertos.
En términos generales, se
nota que el trabajo previo por parte de Diego Quemada-Díez fue tremendamente
exhaustivo, delineando cada aspecto del viaje de los inmigrantes
centroamericanos por México con un realismo tan asombroso que te llega a aterrorizar,
plausiblemente quitando cualquier esencia de victimización vacua a un fenómeno
que, por otro lado, te está hablando de víctimas económicas en un contexto
global.

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