jueves, 1 de mayo de 2014

Lágrimas seguras con Alfredo y Totó



El cine para muchos es la razón de existir, ya sea en el plan creadores, espectadores o críticos. Decía François Truffaut en La noche americana (1973) que «el cine es mejor que la vida», y estoy de acuerdo con él.  Y es que el hecho de ver películas a algunos nos representa oxígeno puro y, cuando éstas son obras maestras, nos motivan a seguir viviendo.

Creo que quien mejor ha filmado esa importancia del cine en la vida es Woody Allen con la cinta La rosa púrpura del Cairo (1985), en donde una mujer (Mia Farrow), en los años de la Gran Depresión estadounidense, encuentra en el arte de la imagen el movimiento el escaparate perfecto a sus problemas conyugales, económicos y existenciales, metida a diario en la sala oscura, viendo una y otra vez la misma película, a tal grado que uno de los personajes del filme en cuestión se sale de la pantalla transgrediendo los límites de la realidad y de la ficción.
De las cintas que hablan del «cine dentro del cine», quizá la más popular y exitosa a nivel de crítica y público sea la italiana Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso. Giuseppe Tornatore, 1888), una obra que cosechó todos los premios habidos y por haber en el mundo, quedando como el retrato de amor cinematográfico por excelencia.




Giuseppe Tornatore no es un director al que le haya seguido la pista en demasía. Aparte de Cinema Paradiso, he visto esa peculiar cinta titulada Una simple formalidad (1994), con un duelo histriónico entre el también cineasta Roman Polanski y el actor francés Gérard Depardieu, obra que formalmente no se parece a ninguna otra de las películas de Tornatore; también vi La leyenda del pianista en el océano (1998), sobre aquel prodigio del piano llamado «Novecento», tratando desde el drama la migración italiana a los Estados Unidos; y Malena (2000), mi favorita de su filmografía, que nos hablaba de los deseos eróticos adolescentes, pero también del enamoramiento, de la nostalgia y de la añoranza de la mujer más bella de un pueblo siciliano en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.


Cinema Paradiso


Con motivo del 25 aniversario de su estreno, volvió este año a las pantallas de cine Cinema Paradiso, una película que ya la había visto como tres veces, en versión original y extendida, un título que progresivamente me ha ido desencantando. Sin embargo, acudí a revisionarla con los menores prejuicios posibles.



La historia, a manera de flashback, nos lleva hacia los años cuarenta, a un poblado de Sicilia en el que todos se conocen, en donde espectáculo del cine va ganando en popularidad. Ahí coinciden dos amantes del séptimo arte: el viejo Alfredo (Philippe Noiret), que es el único operador del cinematógrafo en el lugar, y Salvatore «Totó» Di Vita (interpretado en niñez, juventud y adultez por Salvatore Cascio, Marco Leonardi y Jacques Perrin, respectivamente), quienes entablan una profunda relación, casi paterno filial, en donde el primero fungirá como el mentor vital del segundo. El «Nuevo Cinema Paradiso» (epónimo de la película) es el cine del pueblo, el entretenimiento por excelencia de los habitantes, el lugar que concentrará y simbolizará el aprecio entre Totó y Alfredo por unos 15 años, hasta que el joven se larga a Roma; también representará la evolución de aquel poblado.


Quizá el principal encanto de Cinema Paradiso sea el visualizar la coexistencia del público en una sala de cine, la evolución del séptimo arte y, principalmente, ver en pantalla grandes clásicos cinematográficos de Jean Renoir, Luchino Visconti o Charles Chaplin, muy en la línea de lo que en años más recientes nos mostró Martin Scorsese con el título La invención de Hugo (2011).


Cinema Paradiso nos habla del amor al cine, de la nostalgia, de la amistad, del desapego, es una cinta totalmente emocional. Sin embargo, esas emociones generadas me parecen un tanto tramposas, producto de un guión diseñado a exactitud, de tal manera que al espectador no le quede otra más que vivir una experiencia lacrimógena. Lo anterior se ve reflejado en circunstancias tan facilonas como funcionales, desde los planos en los que el niño Totó hace su cara de sufrido hasta ese final de los besos calculado a precisión, pasando por la tragedia del incendio en el cine. Cuanto más veo este filme todo me va pareciendo artificial en mayor medida, incluso caricaturizado, de tal forma que no exige nada al espectador más que ser aceptar sin más los formulismos de la trama.


Aunque en menor grado, creo que Cinema Paradiso peca del mismo dramatismo vacuo que otra icónica cinta italiana, La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), filmes en los que sus directores se preocuparon más por sacar lágrimas y risas efímeras que por invitar al espectador a la perdurable emoción y a la reflexión.


Reconozco en Cinema Paradiso un muy buen homenaje al cine, pero también veo en la cinta un drama harto complaciente.

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