El cine para muchos es la
razón de existir, ya sea en el plan creadores, espectadores o críticos. Decía
François Truffaut en La noche americana
(1973) que «el cine es mejor que la vida», y estoy de acuerdo con él. Y es que el hecho de ver películas a algunos
nos representa oxígeno puro y, cuando éstas son obras maestras, nos motivan a
seguir viviendo.
Creo que quien mejor ha
filmado esa importancia del cine en la vida es Woody Allen con la cinta La rosa púrpura del Cairo (1985), en
donde una mujer (Mia Farrow), en los años de la Gran Depresión estadounidense,
encuentra en el arte de la imagen el movimiento el escaparate perfecto a sus problemas
conyugales, económicos y existenciales, metida a diario en la sala oscura,
viendo una y otra vez la misma película, a tal grado que uno de los personajes
del filme en cuestión se sale de la pantalla transgrediendo los límites de la
realidad y de la ficción.
De las cintas que hablan del
«cine dentro del cine», quizá la más popular y exitosa a nivel de crítica y
público sea la italiana Cinema Paradiso
(Nuovo Cinema Paradiso. Giuseppe
Tornatore, 1888), una obra que cosechó todos los premios habidos y por haber en
el mundo, quedando como el retrato de amor cinematográfico por excelencia.
Giuseppe Tornatore no es un
director al que le haya seguido la pista en demasía. Aparte de Cinema Paradiso, he visto esa peculiar
cinta titulada Una simple formalidad
(1994), con un duelo histriónico entre el también cineasta Roman Polanski y el
actor francés Gérard Depardieu, obra que formalmente no se parece a ninguna otra
de las películas de Tornatore; también vi La
leyenda del pianista en el océano (1998), sobre aquel prodigio del piano
llamado «Novecento», tratando desde el drama la migración italiana a los
Estados Unidos; y Malena (2000), mi
favorita de su filmografía, que nos hablaba de los deseos eróticos
adolescentes, pero también del enamoramiento, de la nostalgia y de la añoranza
de la mujer más bella de un pueblo siciliano en tiempos de la Segunda Guerra
Mundial.
Cinema
Paradiso
Con motivo del 25
aniversario de su estreno, volvió este año a las pantallas de cine Cinema Paradiso, una película que ya la
había visto como tres veces, en versión original y extendida, un título que
progresivamente me ha ido desencantando. Sin embargo, acudí a revisionarla con
los menores prejuicios posibles.
La historia, a manera de
flashback, nos lleva hacia los años cuarenta, a un poblado de Sicilia en el que
todos se conocen, en donde espectáculo del cine va ganando en popularidad. Ahí
coinciden dos amantes del séptimo arte: el viejo Alfredo (Philippe Noiret), que
es el único operador del cinematógrafo en el lugar, y Salvatore «Totó» Di Vita
(interpretado en niñez, juventud y adultez por Salvatore Cascio, Marco Leonardi
y Jacques Perrin, respectivamente), quienes entablan una profunda relación,
casi paterno filial, en donde el primero fungirá como el mentor vital del
segundo. El «Nuevo Cinema Paradiso» (epónimo de la película) es el cine del
pueblo, el entretenimiento por excelencia de los habitantes, el lugar que
concentrará y simbolizará el aprecio entre Totó y Alfredo por unos 15 años,
hasta que el joven se larga a Roma; también representará la evolución de aquel poblado.
Quizá el principal encanto
de Cinema Paradiso sea el visualizar la
coexistencia del público en una sala de cine, la evolución del séptimo arte y,
principalmente, ver en pantalla grandes clásicos cinematográficos de Jean
Renoir, Luchino Visconti o Charles Chaplin, muy en la línea de lo que en años
más recientes nos mostró Martin Scorsese con el título La invención de Hugo (2011).
Cinema
Paradiso nos habla del amor al cine, de la nostalgia, de la
amistad, del desapego, es una cinta totalmente emocional. Sin embargo, esas
emociones generadas me parecen un tanto tramposas, producto de un guión
diseñado a exactitud, de tal manera que al espectador no le quede otra más que
vivir una experiencia lacrimógena. Lo anterior se ve reflejado en
circunstancias tan facilonas como funcionales, desde los planos en los que el
niño Totó hace su cara de sufrido hasta ese final de los besos calculado a
precisión, pasando por la tragedia del incendio en el cine. Cuanto más veo este
filme todo me va pareciendo artificial en mayor medida, incluso caricaturizado,
de tal forma que no exige nada al espectador más que ser aceptar sin más los
formulismos de la trama.
Aunque en menor grado, creo
que Cinema Paradiso peca del mismo
dramatismo vacuo que otra icónica cinta italiana, La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), filmes en los que sus
directores se preocuparon más por sacar lágrimas y risas efímeras que por
invitar al espectador a la perdurable emoción y a la reflexión.
Reconozco en Cinema Paradiso un muy buen homenaje al
cine, pero también veo en la cinta un drama harto complaciente.



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