Ya antes he hablado sobre
las injusticias que se presentan en el mundo del arte y, en particular, en el
cine.
Así como grandes directores
han sido revalorados a lo largo de la historia por la trascendencia de sus filmografías, ocurre lo mismo con las películas que, dado el contexto
en que fueron rodadas, muchas veces sufrieron algún tipo de desprecio, ya
sea por los productores, el público o la crítica.
Por ejemplo: es
posible que la obra fílmica del enorme Alfred Hitchcock no hubiera sido
valorada a partir de su trascendencia cinematográfica y de sus esencias que la
enmarcan en el llamado «cine de autor» de no ser porque la crítica francesa en su momento destapó las claves de un cine muy personal, con un discurso
auténtico y, por si fuera poco, aderezado de grandes ejercicios técnicos que
marcaron las películas del maestro del suspense, sobre todo en su etapa
estadounidense.
La
noche del cazador
Por muchos considerado el
mejor intérprete masculino en la historia del cine (Billy Wilder así lo creía),
Charles Laughton (1899-1962) buscó nuevos derroteros en la
industria fílmica en 1955, pasando de actor a director al adaptar La noche del cazador (The Night of the Hunter), novela homónima escrita por Davis Grubb ,
con un guión redactado inicialmente por James Agee (La reina de África. John Huston, 1951) pero, según cuenta la
leyenda, depurado casi en su totalidad por el propio Laughton al momento del
rodaje.
Lanoche del cazador nos lleva a un suburbio sureño de los
Estados Unidos, en tiempos de la Gran Depresión, donde un hombre sentenciado
a la horca (Peter Graves) les encomienda a sus pequeños hijos John (Billy
Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce) la misión de resguardar un cuantioso botín
que ha robado, buscando que sea utilizado para beneficio de los propios chicos en el futuro. Sin embargo, aquel
hombre, previo a ser ejecutado, revela entre sueños a Harry Powell (RobertMitchum), su compañero de celda (un reverendo, «católico ortodoxo») el paradero de la fuerte suma de dinero que había hurtado. El hombre es ejecutado y Powell sale de la
cárcel, dispuesto a encontrar la fortuna que esconden John y Pearl,
conquistando para esto a la madre de éstos (Shelley Winters), misma que
sucumbirá en manos del religioso que, en todo momento, perseguirá a los
infantes con el único propósito de quitarles el dinero.
Sin más, La noche del cazador es el cuento de
hadas más tenebroso en la historia del cine. Y es que la cinta sigue las claves de aquel género literario, contando con un par de niños
protagonistas que emprenden un periplo cuanto más desapegado de la realidad,
perseguidos por un ogro (en este caso el reverendo Powell), posteriormente
rescatados por una mujer de edad avanzada que vendría a ocupar el rol de «hada madrina»
(Lillian Gish).
Más allá de la estructura a nivel del relato, estamos en presencia de una narración que habla sobre menores pero ha sido codificada para mayores. Es cierto que en La noche del cazador hay un cúmulo de referentes a los cuentos de
los hermanos Grimm, particularmente a aquel de Hansel y Gretel (1812), entrecruzándose la trama con algo del
espíritu aventurero que representaban personajes literarios como Huckleberry Finn y Tom Sawyer, aquellos
infantes creados por Mark Twain a finales del Siglo XIX, pero estas esencias
contrastan con algunas turbiedades descritas en el texto fílmico de Laughton,
principalmente en lo referente al fanatismo religioso, a la misoginia y el
contexto de una sociedad decadente, que despoja de cualquier sentido humano al
acto de quitarle la vida a un semejante, muy en paralelo con aquella obra maestra
que Robert Mulligan filmó en 1962 titulada ¿Cómomatar a un ruiseñor?

No conforme con lo anterior,
Charles Laughton, de la mano del cinefotógrafo Stanley Cortez (El cuarto mandamiento. Orson Welles,
1942), le da una apariencia a la película muy cercana al Expresionismo Alemán,
con un contraste de luces y sombras inquietante, decorados de una desproporcionada geometría que
a ratos absorbe, creando una atmósfera inquietante y excepcional, que le da lo
mismo negrura que hipnotismo al relato.
Y a la imagen hay que
añadirle el sonido, ya sea el que sale de la boca de ese monstruo al que da
vida Robert Mitchum, cantando una serie de cancioncillas nocturnas desasosegantes, o aquella música de acompañamiento compuesta por Walter Schumann, que
permanentemente subraya los momentos de angustia que viven los pequeños
protagonistas, dándole empaque a una obra maestra total.
Avance cinematográfico de La noche del cazador
En su momento, La
noche del cazador fue un fracaso a nivel
comercial y de crítica, por lo que Charles Laughton -decepcionado- no volvió a
dirigir jamás, dejándonos tan sólo una película como director (¡qué película!), en un hecho
lamentable pues se notaba que tenía cosas que contar y, sobre todo, tenía el
talento para saber cómo contárnoslas.


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