viernes, 4 de abril de 2014

El malogrado cóctel bíblico de Aronofsky


Siempre que me acerco al cine del director estadounidense Darren Aronofsky lo hago con cierta reserva. Este cineasta es capaz de entregar relatos tan sublimes como desgarradores del tamaño de El luchador (2008), como también títulos pretenciosos y complacientes para sus esnobistas y adolescentes seguidores del calado de Réquiem por un  sueño (2000).

Lo más reciente que vi de este director fue la muy sólida y perturbadora cinta Cisne negro (2010), retratando el delirio obsesivo de una danzarina de ballet (Natalie Portman) que llega hasta límites insospechados en busca de la perfección, mostrándonos el cineasta su capacidad para bordar dramas psicológicos personales, aunque en algún pasaje del filme también dejándonos esencias de su búsqueda por la trascendencia, lo que no llega a ser más que una fallida pretensión.

Noé

Pienso que el cine bíblico debió haber finalizado sus adaptaciones con aquella polémica cinta dirigida por Martin Scorsese titulada La última tentación de Cristo (1988), pues me parece que es la última revisión fresca del tan manipulado texto religioso que es La Biblia. En el pináculo del subgénero cinematográfico «judeocristiano/religioso» (si es que existe algo así), tengo en mente dos grandes clásicos: por un lado, la épica y colosal obra de William Wyler Ben-Hur (1959), una cinta que por casi cuatro horas te adentra en el sacrificado periplo de aquel noble romano interpretado por Charlton Heston, que se topa en el camino con un tal Jesús de Nazaret, una cinta todo emociones que, por cierto, era infaltable en la programación televisiva de cada Semana Santa; por otro lado, me viene a la cabeza aquel austero título dirigido por el controversial Pier Paolo Pasolini, El evangelio según San Mateo (1964), encaramándose como una revisión marxista de la vida del mesías del catolicismo, una adaptación libre al texto bíblico, quizá la mejor de todas.

Este año, Darren Aronofsky llevó a la pantalla grande aquel cuento bíblico del tipo que creó un arca para salvar a las especies terrestres del gran diluvio universal con la cinta Noé (Noah, 2014), una libre adaptación de la cual también redactó el guión junto con Ari Handel.


La cinta se basa en la anécdota por demás conocida del Arca de Noé: Dios le encarga a Noé (acá interpretado por Russell Crowe), descendiente de Set (el tercer hijo de Adán y Eva del Génesis), el único hombre justo y puro de su generación, crear una gigantesca embarcación, esto con el objetivo de salvar a las especies animales de la Tierra de la gran tormenta que terminará por aniquilar a la pecadora humanidad. Junto con Noé se encuentra su esposa (Jennifer Connelly) y sus tres hijos varones (Logan Lerman, Douglas Booth y Leo McHugh Carroll), además de una hija adoptiva (Emma Watson), mismos que ayudarán al padre en la construcción del monumental arcón. Sin embargo, el resto de la humanidad se entera de los planes de Noé y buscarán a toda costa despojarlo de su arca, comandados por un descendiente de Caín (interpretado por Ray Winstone). A esta historia también se agregan gigantes de piedra, los «vigilantes», seres castigados por el creador que, en primera instancia, obstaculizan a Noé pero, después, le ayudarán en su objetivo.

Noé es un cóctel fallido de muchas cosas. Tenemos un drama familiar tan prosaico como cursi, en donde el hijo interpretado por Lerman se sumerge en un conflicto existencial al no poder subir a la embarcación a una mujer que a la postre sea su pareja; está también el caso de Emma Watson, que primero sufre por ser estéril y, después, porque a Noé se le ocurre la idea de acabar con la vida de todos los humanos que suban al arca. Hay igualmente trazos de película épica cuasi fantástica, en el registro de la saga de El Señor de los anillos, con majestuosas batallas que para nada cuajan con la leyenda bíblica ni con el dramón de los humanos. Desde luego también hay señas del cine de catástrofes naturales, por aquello del diluvio, un hecho que termina por quedar en segundo plano. Y, finalmente, encontramos en la cinta el peor lado de Aronofsky, ese aire pretencioso que ya antes había referido, con algunas animaciones que nos trasladan a los mitos del fruto prohibido y de la creación del planeta, en un malogrado intento por emular aquello que hizo inmejorablemente el cineasta Terrence Malick en El árbol de la vida (2011).


Avance cinematográfico de Noé

En pocas palabras, veo a Noé como una superproducción que representa el lado más banal del cine industrial estadounidense, con un tipo como Darren Aronofsky que, pese a estar considerado como un representante mundial del «cine de autor», no tiene problemas con inmiscuirse en un filme efímero que, seguramente, recaudará  millones de dólares, pero que se irá disolviendo no sólo en la historia del cine sino en su propia filmografía, como ocurriera con aquel otro título de su autoría, un experimento fantástico titulado La fuente de la vida (2006), que pasó sin pena ni gloria.

Esta vez ni la encantadora presencia de Jennifer Connelly alcanza para rescatar algo de Noé, una película de aquellas que te mantienen atento al reloj, esperando que de una buena vez termine.


Y por respeto a ese maravilloso actor que es Anthony Hopkins no menciono su pecaminosa participación en esta fallida cinta.

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