Siempre que me acerco al
cine del director estadounidense Darren Aronofsky lo hago con cierta reserva.
Este cineasta es capaz de entregar relatos tan sublimes como desgarradores del
tamaño de El luchador (2008), como
también títulos pretenciosos y complacientes para sus esnobistas y adolescentes
seguidores del calado de Réquiem por
un sueño (2000).
Lo más reciente que vi de
este director fue la muy sólida y perturbadora cinta Cisne negro (2010), retratando el delirio obsesivo de una danzarina
de ballet (Natalie Portman) que llega hasta límites insospechados en busca de
la perfección, mostrándonos el cineasta su capacidad para bordar dramas
psicológicos personales, aunque en algún pasaje del filme también dejándonos
esencias de su búsqueda por la trascendencia, lo que no llega a ser más que una
fallida pretensión.
Noé
Pienso que el cine bíblico debió haber finalizado sus adaptaciones con aquella polémica cinta dirigida por Martin Scorsese titulada La última tentación de Cristo (1988), pues me parece que es la última revisión fresca del tan manipulado texto religioso que es La Biblia. En el pináculo del subgénero cinematográfico «judeocristiano/religioso» (si es que existe algo así), tengo en mente dos grandes clásicos: por un lado, la épica y colosal obra de William Wyler Ben-Hur (1959), una cinta que por casi cuatro horas te adentra en el sacrificado periplo de aquel noble romano interpretado por Charlton Heston, que se topa en el camino con un tal Jesús de Nazaret, una cinta todo emociones que, por cierto, era infaltable en la programación televisiva de cada Semana Santa; por otro lado, me viene a la cabeza aquel austero título dirigido por el controversial Pier Paolo Pasolini, El evangelio según San Mateo (1964), encaramándose como una revisión marxista de la vida del mesías del catolicismo, una adaptación libre al texto bíblico, quizá la mejor de todas.
Pienso que el cine bíblico debió haber finalizado sus adaptaciones con aquella polémica cinta dirigida por Martin Scorsese titulada La última tentación de Cristo (1988), pues me parece que es la última revisión fresca del tan manipulado texto religioso que es La Biblia. En el pináculo del subgénero cinematográfico «judeocristiano/religioso» (si es que existe algo así), tengo en mente dos grandes clásicos: por un lado, la épica y colosal obra de William Wyler Ben-Hur (1959), una cinta que por casi cuatro horas te adentra en el sacrificado periplo de aquel noble romano interpretado por Charlton Heston, que se topa en el camino con un tal Jesús de Nazaret, una cinta todo emociones que, por cierto, era infaltable en la programación televisiva de cada Semana Santa; por otro lado, me viene a la cabeza aquel austero título dirigido por el controversial Pier Paolo Pasolini, El evangelio según San Mateo (1964), encaramándose como una revisión marxista de la vida del mesías del catolicismo, una adaptación libre al texto bíblico, quizá la mejor de todas.
Este año, Darren Aronofsky llevó
a la pantalla grande aquel cuento bíblico del tipo que creó un arca para salvar
a las especies terrestres del gran diluvio universal con la cinta Noé (Noah,
2014), una libre adaptación de la cual también redactó el guión junto con Ari
Handel.
La cinta se basa en la
anécdota por demás conocida del Arca de Noé: Dios le encarga a Noé (acá
interpretado por Russell Crowe), descendiente de Set (el tercer hijo de Adán y
Eva del Génesis), el único hombre justo y puro de su generación, crear una
gigantesca embarcación, esto con el objetivo de salvar a las especies animales
de la Tierra de la gran tormenta que terminará por aniquilar a la pecadora
humanidad. Junto con Noé se encuentra su esposa (Jennifer Connelly) y sus tres
hijos varones (Logan Lerman, Douglas Booth y Leo McHugh Carroll), además de una
hija adoptiva (Emma Watson), mismos que ayudarán al padre en la construcción del
monumental arcón. Sin embargo, el resto de la humanidad se entera de los planes
de Noé y buscarán a toda costa despojarlo de su arca, comandados por un
descendiente de Caín (interpretado por Ray Winstone). A esta historia también
se agregan gigantes de piedra, los «vigilantes», seres castigados por el
creador que, en primera instancia, obstaculizan a Noé pero, después, le
ayudarán en su objetivo.
Noé es
un cóctel fallido de muchas cosas. Tenemos un drama familiar tan prosaico como
cursi, en donde el hijo interpretado por Lerman se sumerge en un conflicto
existencial al no poder subir a la embarcación a una mujer que a la postre sea
su pareja; está también el caso de Emma Watson, que primero sufre por ser
estéril y, después, porque a Noé se le ocurre la idea de acabar con la vida de
todos los humanos que suban al arca. Hay igualmente trazos de película épica
cuasi fantástica, en el registro de la saga de El Señor de los anillos, con majestuosas batallas que para nada
cuajan con la leyenda bíblica ni con el dramón de los humanos. Desde luego
también hay señas del cine de catástrofes naturales, por aquello del diluvio,
un hecho que termina por quedar en segundo plano. Y, finalmente, encontramos en
la cinta el peor lado de Aronofsky, ese aire pretencioso que ya antes había
referido, con algunas animaciones que nos trasladan a los mitos del fruto
prohibido y de la creación del planeta, en un malogrado intento por emular
aquello que hizo inmejorablemente el cineasta Terrence Malick en El árbol de la vida (2011).
Avance cinematográfico de Noé
En pocas palabras, veo a Noé como una superproducción que
representa el lado más banal del cine industrial estadounidense, con un tipo
como Darren Aronofsky que, pese a estar considerado como un representante mundial
del «cine de autor», no tiene problemas con inmiscuirse en un filme efímero que,
seguramente, recaudará millones de
dólares, pero que se irá disolviendo no sólo en la historia del cine sino en su
propia filmografía, como ocurriera con aquel otro título de su autoría, un
experimento fantástico titulado La fuente
de la vida (2006), que pasó sin pena ni gloria.
Esta vez ni la encantadora
presencia de Jennifer Connelly alcanza para rescatar algo de Noé, una película de aquellas que te
mantienen atento al reloj, esperando que de una buena vez termine.
Y por respeto a ese
maravilloso actor que es Anthony Hopkins no menciono su pecaminosa
participación en esta fallida cinta.


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