Sin duda uno de los axiomas en
el cine es aquel que dicta que sin un buen guión es imposible tener una buena
película. Y un buen guión cinematográfico no sólo significa tener una historia
original, novedosa e imaginativa, es todo lo anterior más otras
consideraciones; que sea universal, que genere un interés permanente, que sea
consistente entre el qué que se dice y cómo se cuenta, que no se sujete a
formulismos baratos y, sobre todo, que esté ideal para dar el paso de lo
escrito a lo filmado.
Supongo que todas las
películas que se han rodado en la historia del cine y que han tenido una
corrida comercial salen a la luz porque parten de una anécdota que en un
momento dado a alguien le pareció atractiva. Desde luego que también hay
quienes ven la oportunidad de saltarse ese paso del proceso creativo (el de
buscar la idea inicial) y buscan textos con probado éxito desde otras
manifestaciones culturales, como el teatro y la literatura. Cuando se toman
novelas o dramas ya consolidados sólo se requiere tener un buen adaptador de
guiones cinematográficos, alguien que sea capaz de trasladar, mediante la
economía audiovisual, textos pensados para ser leídos o montados en teatro,
algo que no es necesariamente fácil.
Si hablamos de realizadores
de guiones cinematográficos originales de alta manufactura, trasladados de
manera efectiva a la pantalla grande, es irremediable caer con dos gigantes del
cine clásico de Hollywood, Billy Wilder y I.A.L. Diamond, quienes en tres años desarrollaron
guiones para títulos monumentales del tamaño de Una Eva y dos Adanes (1959), Uno,
dos, tres (1961) y, la mejor tragicomedia que se haya filmado en la
historia del cine, El apartamento (1960),
obras que reflejan un oficio fílmico notable, con textos a los que nada les
sobra ni nada les falta, tramas que conjugan emoción, entretenimiento e ingenio
en la misma dosis.
En cuanto a los guiones
adaptados, cito nuevamente al maestro Billy Wilder que, junto con Harry
Kurnitz, adaptó al cine la obra de teatro Testigo
de cargo (1957), original de la escritora inglesa y maestra de la intriga
Agatha Christie, en donde al margen de la original historia en la que se busca
descifrar la verdad sobre un asesinato, resalta el hecho de que el texto
fílmico se siente en estado puro, con el uso efectivo de flashbacks y, por
supuesto, la gran disposición de la imagen en movimiento al momento de contar
una historia, quitando la idea al espectador de que está viendo teatro filmado
(como ocurriera, por ejemplo, con La soga
de Alfred Hicthcock). Ya en los terrenos del traslado de la literatura al cine,
la manera en la que mejor puedo ejemplificar un efectivo trabajo de adaptación
es el que hizo en 1967 el cineasta Richard Brooks con ese insuperable texto de
Truman Capote titulado A sangre fría,
película homónima en la que no necesariamente Brooks le da la vuelta al texto
original pero que sí respira sus propios aires, economizando de manera solvente
las tragedias vitales de los dos protagonistas y haciéndolas aún más crudas,
respetando los motivos del autor original pero dotando el director a la cinta
de sus propias esencias fílmicas.
Aires
de esperanza
Todo el rollo anterior viene
a colación dado el reciente estreno de la cinta Aires de esperanza (Labor Day,
2013), escrita y dirigida por el cineasta canadiense Jason Reitman.
La película nos pone en la
perspectiva del preadolescente Henry (Gattlin Griffith), un chico que vive con
su melancólica madre (Kate Winslet) quienes, casualmente, un buen día se
encuentran con un reo que ha escapado de prisión (Josh Brolin), mismo que les
pedirá ayuda para no ser recapturado por la policía, cautivando desde el primer
momento tanto a la madre como al hijo, generándose en un lapso de tres días una
relación de tintes familiares entre los protagonistas.
Bastantes expectativas tenía
con este título pues, tras la cámara, está un cineasta al que le había visto
notables progresiones en sus dos anteriores cintas. Conocí a Reitmann con la
cinta Juno: crecer, correr y tropezar
(2007), título que me pareció sumamente imperfecto pero que me descubría una
historia original, la de aquella adolescente tan inteligente como sarcástica
interpretada por Ellen Page, a quien un embarazo precoz le terminaría
conduciendo por caminos muy peculiares, con un director detrás que tenía cierta
capacidad para contar historias. Luego vino Up
in the air (2009), obra que derrochaba encanto tanto en lo dramático como
en lo cómico, con un George Clooney que tenía un modus vivendi bastante particular,
viajando permanentemente con la constante compañía de su maleta, haciendo de su
hábitat lo mismo aeropuertos que hoteles, filme con un final decepcionante pero
que no demeritó la consistencia de la trama.
Mi gran problema con Aires de esperanza es que veo que es una
cinta adaptada de la manera más pedestre posible desde una novela (original de Joyce
Maynard), con una anécdota digna de la explotación fílmica pero que se quedó en
algo muy cercano al bochorno. La película parte desde el punto de vista del
joven Henry quien, a la par de un acercamiento amoroso que vive su madre y el
delincuente en cuestión, tiene que lidiar con circunstancias personales como la
poco afectiva relación que sostiene con su padre, que se fue de casa, y sus
naturales cambios propios del desarrollo adolescente, algo que para nada se
siente natural en su conjunción con el relato central, el del suspenso por
tener en casa a un ex prisionero buscado por la justicia. Igual de fallida está
la construcción del amorío entre los personajes que interpretan Winslet y Brolin,
pues jamás se nota una progresión natural en la afinidad que esas dos personas
llegan a desarrollar, propiciado esto principalmente por lo monocromático del
trazo de los personajes: él siempre serio, duro, con una respuesta convincente
que dar; ella permanentemente al borde del llanto, una nerviosa incansable.
Sobre estos dos personajes, Reitmann también falla al querernos contar con
pelos y señas los motivos por los cuales estos se comportan de la manera en la
que lo hacen. Y es que en cine, como en todo ejercicio narrativo y reproducción
artística, a veces «menos es más», máxime cuando se trata de llevar a la
pantalla cinematográfica una novela que se puede dar el lujo de desarrollar
subtramas harto detalladas; a veces sí importa que nos cuenten literalmente las
motivaciones de los personajes en un relato, pero a veces es mejor que uno como
espectador (en el caso del cine) las intuya, que se queden en la propia
imaginación del receptor. Y si a esas innecesarias explicaciones le sumamos que
Reitmann nos las presenta a manera de flashbacks, intentando sacar en todo
momento la lágrima del espectador, claramente vislumbramos un resultado
fallido, principalmente en la adaptación del guión.
Si no es por alguna
que otra buena secuencia de suspenso y por las presencias en pantalla de los
siempre solventes de Winslet y Brolin, Aires
de esperanza hubiera pasado de ser una cinta fallida a una completa
tomadura de pelo.


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