viernes, 21 de marzo de 2014

Cómo no adaptar una novela al cine


Sin duda uno de los axiomas en el cine es aquel que dicta que sin un buen guión es imposible tener una buena película. Y un buen guión cinematográfico no sólo significa tener una historia original, novedosa e imaginativa, es todo lo anterior más otras consideraciones; que sea universal, que genere un interés permanente, que sea consistente entre el qué que se dice y cómo se cuenta, que no se sujete a formulismos baratos y, sobre todo, que esté ideal para dar el paso de lo escrito a lo filmado.

Supongo que todas las películas que se han rodado en la historia del cine y que han tenido una corrida comercial salen a la luz porque parten de una anécdota que en un momento dado a alguien le pareció atractiva. Desde luego que también hay quienes ven la oportunidad de saltarse ese paso del proceso creativo (el de buscar la idea inicial) y buscan textos con probado éxito desde otras manifestaciones culturales, como el teatro y la literatura. Cuando se toman novelas o dramas ya consolidados sólo se requiere tener un buen adaptador de guiones cinematográficos, alguien que sea capaz de trasladar, mediante la economía audiovisual, textos pensados para ser leídos o montados en teatro, algo que no es necesariamente fácil.

Si hablamos de realizadores de guiones cinematográficos originales de alta manufactura, trasladados de manera efectiva a la pantalla grande, es irremediable caer con dos gigantes del cine clásico de Hollywood, Billy Wilder y I.A.L. Diamond, quienes en tres años desarrollaron guiones para títulos monumentales del tamaño de Una Eva y dos Adanes (1959), Uno, dos, tres (1961) y, la mejor tragicomedia que se haya filmado en la historia del cine, El apartamento (1960), obras que reflejan un oficio fílmico notable, con textos a los que nada les sobra ni nada les falta, tramas que conjugan emoción, entretenimiento e ingenio en la misma dosis.

En cuanto a los guiones adaptados, cito nuevamente al maestro Billy Wilder que, junto con Harry Kurnitz, adaptó al cine la obra de teatro Testigo de cargo (1957), original de la escritora inglesa y maestra de la intriga Agatha Christie, en donde al margen de la original historia en la que se busca descifrar la verdad sobre un asesinato, resalta el hecho de que el texto fílmico se siente en estado puro, con el uso efectivo de flashbacks y, por supuesto, la gran disposición de la imagen en movimiento al momento de contar una historia, quitando la idea al espectador de que está viendo teatro filmado (como ocurriera, por ejemplo, con La soga de Alfred Hicthcock). Ya en los terrenos del traslado de la literatura al cine, la manera en la que mejor puedo ejemplificar un efectivo trabajo de adaptación es el que hizo en 1967 el cineasta Richard Brooks con ese insuperable texto de Truman Capote titulado A sangre fría, película homónima en la que no necesariamente Brooks le da la vuelta al texto original pero que sí respira sus propios aires, economizando de manera solvente las tragedias vitales de los dos protagonistas y haciéndolas aún más crudas, respetando los motivos del autor original pero dotando el director a la cinta de sus propias esencias fílmicas.

Aires de esperanza

Todo el rollo anterior viene a colación dado el reciente estreno de la cinta Aires de esperanza (Labor Day, 2013), escrita y dirigida por el cineasta canadiense Jason Reitman.

La película nos pone en la perspectiva del preadolescente Henry (Gattlin Griffith), un chico que vive con su melancólica madre (Kate Winslet) quienes, casualmente, un buen día se encuentran con un reo que ha escapado de prisión (Josh Brolin), mismo que les pedirá ayuda para no ser recapturado por la policía, cautivando desde el primer momento tanto a la madre como al hijo, generándose en un lapso de tres días una relación de tintes familiares entre los protagonistas.


Bastantes expectativas tenía con este título pues, tras la cámara, está un cineasta al que le había visto notables progresiones en sus dos anteriores cintas. Conocí a Reitmann con la cinta Juno: crecer, correr y tropezar (2007), título que me pareció sumamente imperfecto pero que me descubría una historia original, la de aquella adolescente tan inteligente como sarcástica interpretada por Ellen Page, a quien un embarazo precoz le terminaría conduciendo por caminos muy peculiares, con un director detrás que tenía cierta capacidad para contar historias. Luego vino Up in the air (2009), obra que derrochaba encanto tanto en lo dramático como en lo cómico, con un George Clooney que tenía un modus vivendi bastante particular, viajando permanentemente con la constante compañía de su maleta, haciendo de su hábitat lo mismo aeropuertos que hoteles, filme con un final decepcionante pero que no demeritó la consistencia de la trama.

Mi gran problema con Aires de esperanza es que veo que es una cinta adaptada de la manera más pedestre posible desde una novela (original de Joyce Maynard), con una anécdota digna de la explotación fílmica pero que se quedó en algo muy cercano al bochorno. La película parte desde el punto de vista del joven Henry quien, a la par de un acercamiento amoroso que vive su madre y el delincuente en cuestión, tiene que lidiar con circunstancias personales como la poco afectiva relación que sostiene con su padre, que se fue de casa, y sus naturales cambios propios del desarrollo adolescente, algo que para nada se siente natural en su conjunción con el relato central, el del suspenso por tener en casa a un ex prisionero buscado por la justicia. Igual de fallida está la construcción del amorío entre los personajes que interpretan Winslet y Brolin, pues jamás se nota una progresión natural en la afinidad que esas dos personas llegan a desarrollar, propiciado esto principalmente por lo monocromático del trazo de los personajes: él siempre serio, duro, con una respuesta convincente que dar; ella permanentemente al borde del llanto, una nerviosa incansable. Sobre estos dos personajes, Reitmann también falla al querernos contar con pelos y señas los motivos por los cuales estos se comportan de la manera en la que lo hacen. Y es que en cine, como en todo ejercicio narrativo y reproducción artística, a veces «menos es más», máxime cuando se trata de llevar a la pantalla cinematográfica una novela que se puede dar el lujo de desarrollar subtramas harto detalladas; a veces sí importa que nos cuenten literalmente las motivaciones de los personajes en un relato, pero a veces es mejor que uno como espectador (en el caso del cine) las intuya, que se queden en la propia imaginación del receptor. Y si a esas innecesarias explicaciones le sumamos que Reitmann nos las presenta a manera de flashbacks, intentando sacar en todo momento la lágrima del espectador, claramente vislumbramos un resultado fallido, principalmente en la adaptación del guión.

Si no es por alguna que otra buena secuencia de suspenso y por las presencias en pantalla de los siempre solventes de Winslet y Brolin, Aires de esperanza hubiera pasado de ser una cinta fallida a una completa tomadura de pelo.

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