viernes, 7 de marzo de 2014

Realismo poco efectivo pero necesario


Si hay una industria cinematográfica doble moralista por excelencia, esa es la estadounidense. El cine norteamericano se ha dedicado a mostrar gran cantidad de perspectivas sobre lo que fue el Holocausto Judío, sobre las tópicas atrocidades nazis incurridas en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con títulos de calidad muy variable como El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959), La decisión de Sophie (Alan J. Pakula, 1952) o La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993). Sin embargo, es de llamar la atención que esa industria cinematográfica no se haya preocupado por abordar otras brutalidades mundiales como el hoy vigente Holocausto Palestino, existente desde hace más de 50 años y propiciado por el falaz régimen sionista israelí. Y peor aún, han preferido obviar en sus películas algunos capítulos de la historia estadounidense que dejan muy mal parada a una nación que se posiciona idílicamente en el imaginario global, pero que se ha forjado a través de más de un atropello.

Películas hechas en Estados Unidos que aborden el racismo sí hay, y muchas, algunas tan referenciales como sutiles del tamaño de Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), otras de gran complejidad moral y excelente manufactura como Gran Torino (Clint Eastwood, 2008) y, por supuesto, no faltan títulos facilones que caen en el escenario común, como la sobrevalorada Crash (Paul Haggis, 2004). Sin embargo, la industria hollywoodense tiene una enorme deuda con los capítulos de esclavitud legalizada que se vivieron en los Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, en donde se comerciaba a los negros como si fueran animales, quedando sus destinos a la suerte, pudiendo vivir, en el mejor de los casos, bajo el yugo de un amo que no le gustara torturarlos demasiado.

12 años de esclavitud

Tuvo que llegar un cineasta británico para poner el dedo sobre la llaga en un tema que afecta puntualmente a la comunidad negra en el país que se dice “de las libertades”. El director londinense Steve McQueen (no confundir con el fallecido actor estadounidense, homónimo del cineasta) cogió el proyecto 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013), basado en el texto biográfico escrito por alguien que sufrió en carne propia las atrocidades de los campos de trabajo para esclavos: Solomon Northup.

El texto fílmico nos lleva al año 1850, siguiendo los pasos del violinista Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), quien vivía al lado de su familia en Nueva York, con papeles que lo avalaban como un hombre libre. Sin embargo, Northup cayó en las manos de un par de timadores que, con engaños, terminan por venderlo como si éste fuera un esclavo. De ahí en más, vamos tras Northup a través de diversas plantaciones, hasta que llega a una en donde vivirá sus peores días, recogiendo algodón, bajo las órdenes de un tan enfermizo como inhumano patrón (Michael Fassbender), acompañado por otros esclavos, entre ellos, una híper vejada joven de nombre Patsey (Lupita Nyong’o), con quien llegará a tener una amistad fracturada por las propias circunstancias.


Desde los avances cinematográficos ya uno se sabe la trama de 12 años de esclavitud, en cuanto al planteamiento, desarrollo y desenlace (y más tomando en cuenta que quien escribió el texto original fue partícipe de la historia), por lo que el gran desafío de McQueen recaía en las formas, en el “cómo” nos iba a contar la historia.

Steve McQueen es un cineasta que, apenas con tres largometrajes, ya tiene desarrollado un lenguaje cinematográfico muy personal, con planos compuestos siempre de manera pulcra, dispuestos a partir del hiperrealismo. En 2008 debutó con Hunger, una cinta que nos metía a una cárcel irlandesa, siguiendo los pasos de su actor fetiche, Michael Fassbender, quien interpretaba a un prisionero del Ejército Revolucionario Irlandés que encabezó una huelga de hambre, mostrándonos el paulatino deterioro de aquel tipo, de una forma tan cruda como poco emocional, un título que me sorprendió en su momento pero con el que nunca conecté. Caso contrario fue el de Shame (2011), una tragedia psicológica en la que el propio Fassbender daba vida a un joven obsesionado con el sexo, aunque también limitado en sus relaciones personales, en una cinta lo mismo devastadora que melancólica, una obra maestra a la cual recurro cada determinado tiempo.

12 años de esclavitud tiene los mismos defectos que Hunger: es una película visualmente avasalladora, temáticamente comprometida y narrativamente hermética. En 12 años de esclavitud se retrata con gran realismo la violencia ejercida en contra los esclavos, con una caligrafía fílmica que se aleja del efectismo gratuito pero que para nada conecta en lo emocional con el espectador. El conflicto moral planteado por el director, de manera correcta, gira en torno a lo relativo que pueden ser conceptos como el amor propio, la subordinación en nombre de un objetivo final o  aquella frase acuñada por el zapatismo mexicano, eso de “preferible morir de pie que vivir de rodillas”. Digamos que es la contraposición individualista a las ideas revolucionarias que se pueden apreciar en la cinta cubana La última cena (Tomás Gutiérrez Alea, 1976), título en el que los esclavos, cansados de tanto atropello, se revelan ante sus amos.


Avance cinematográfico de 12 años de esclavitud

En el terreno de las actuaciones, el protagonista Chiwetel Ejiofor (Cinturón rojo. David Mamet, 2008) no me pareció acertado, no encontré la gran actuación que me esperaba, incluso lo vi rebasado por algunos de sus compañeros de reparto, concretamente por Fassbender y la novel Lupita Nyong’o; él, transmitiéndonos un sadismo religioso y patológico que lo hacen quedar como el peor de los villanos, y ella, mostrándonos con gran veracidad las marcas físicas y emocionales de una vida tortuosa. Por ahí también está la aparición del a veces excelente y en ocasiones fallido Brad Pitt (El árbol de la vida. Terrence Malick, 2011), cuya presencia en el filme me parece de lo más malogrado, aunque entendible toda vez que también fungió como productor de la cinta.

Veo 12 años de esclavitud como una cinta que representa un paso atrás en la filmografía de Steve McQueen, sobre todo si la comparamos con Shame, aunque quizá haya sido para él, en un plano muy personal, una película que necesitaba hacer (consideremos que es un cineasta de raza negra); igualmente, es un título que en el contexto cinematográfico industrial de los Estados Unidos viene a voltear los ojos, lo mismo de productores que de espectadores, a un tema que históricamente había sido borrado, que seguramente para cierto sector de la población deberá ser de obligado visionado, sobre todo para entender desde la historia algunos de los más que justificados resentimientos del tiempo presente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario