Si hay una industria
cinematográfica doble moralista por excelencia, esa es la estadounidense. El
cine norteamericano se ha dedicado a mostrar gran cantidad de perspectivas
sobre lo que fue el Holocausto Judío, sobre las tópicas atrocidades nazis
incurridas en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con títulos de calidad muy
variable como El diario de Ana Frank (George
Stevens, 1959), La decisión de Sophie
(Alan J. Pakula, 1952) o La lista de
Schindler (Steven Spielberg, 1993). Sin embargo, es de llamar la atención
que esa industria cinematográfica no se haya preocupado por abordar otras brutalidades
mundiales como el hoy vigente Holocausto Palestino, existente desde hace más de
50 años y propiciado por el falaz régimen sionista israelí. Y peor aún, han
preferido obviar en sus películas algunos capítulos de la historia
estadounidense que dejan muy mal parada a una nación que se posiciona
idílicamente en el imaginario global, pero que se ha forjado a través de más de
un atropello.
Películas hechas en Estados
Unidos que aborden el racismo sí hay, y muchas, algunas tan referenciales como
sutiles del tamaño de Matar a un ruiseñor
(Robert Mulligan, 1962), otras de gran complejidad moral y excelente
manufactura como Gran Torino (Clint
Eastwood, 2008) y, por supuesto, no faltan títulos facilones que caen en el
escenario común, como la sobrevalorada Crash
(Paul Haggis, 2004). Sin embargo, la industria hollywoodense tiene una enorme
deuda con los capítulos de esclavitud legalizada que se vivieron en los Estados
Unidos durante los siglos XVIII y XIX, en donde se comerciaba a los negros como
si fueran animales, quedando sus destinos a la suerte, pudiendo vivir, en el
mejor de los casos, bajo el yugo de un amo que no le gustara torturarlos
demasiado.
12
años de esclavitud
Tuvo que llegar un cineasta
británico para poner el dedo sobre la llaga en un tema que afecta puntualmente
a la comunidad negra en el país que se dice “de las libertades”. El director
londinense Steve McQueen (no confundir con el fallecido actor estadounidense, homónimo
del cineasta) cogió el proyecto 12 años
de esclavitud (12 Years a Slave,
2013), basado en el texto biográfico escrito por alguien que sufrió en carne
propia las atrocidades de los campos de trabajo para esclavos: Solomon Northup.
El texto fílmico nos
lleva al año 1850, siguiendo los pasos del violinista Solomon Northup (Chiwetel
Ejiofor), quien vivía al lado de su familia en Nueva York, con papeles que lo
avalaban como un hombre libre. Sin embargo, Northup cayó en las manos de un par
de timadores que, con engaños, terminan por venderlo como si éste fuera un
esclavo. De ahí en más, vamos tras Northup a través de diversas plantaciones,
hasta que llega a una en donde vivirá sus peores días, recogiendo algodón, bajo
las órdenes de un tan enfermizo como inhumano patrón (Michael Fassbender),
acompañado por otros esclavos, entre ellos, una híper vejada joven de nombre Patsey
(Lupita Nyong’o), con quien llegará a tener una amistad fracturada por las
propias circunstancias.
Desde los avances
cinematográficos ya uno se sabe la trama de 12
años de esclavitud, en cuanto al planteamiento, desarrollo y desenlace (y más
tomando en cuenta que quien escribió el texto original fue partícipe de la
historia), por lo que el gran desafío de McQueen recaía en las formas, en el
“cómo” nos iba a contar la historia.
Steve McQueen es un cineasta
que, apenas con tres largometrajes, ya tiene desarrollado un lenguaje cinematográfico
muy personal, con planos compuestos siempre de manera pulcra, dispuestos a
partir del hiperrealismo. En 2008 debutó con Hunger, una cinta que nos metía a una cárcel irlandesa, siguiendo
los pasos de su actor fetiche, Michael Fassbender, quien interpretaba a un
prisionero del Ejército Revolucionario Irlandés que encabezó una huelga de
hambre, mostrándonos el paulatino deterioro de aquel tipo, de una forma tan
cruda como poco emocional, un título que me sorprendió en su momento pero con
el que nunca conecté. Caso contrario fue el de Shame (2011), una tragedia psicológica en la que el propio Fassbender
daba vida a un joven obsesionado con el sexo, aunque también limitado en sus
relaciones personales, en una cinta lo mismo devastadora que melancólica, una
obra maestra a la cual recurro cada determinado tiempo.
12 años de esclavitud tiene los mismos
defectos que Hunger: es una película
visualmente avasalladora, temáticamente comprometida y narrativamente
hermética. En 12 años de esclavitud
se retrata con gran realismo la violencia ejercida en contra los esclavos, con
una caligrafía fílmica que se aleja del efectismo gratuito pero que para nada
conecta en lo emocional con el espectador. El conflicto moral planteado por el
director, de manera correcta, gira en torno a lo relativo que pueden ser
conceptos como el amor propio, la subordinación en nombre de un objetivo final
o aquella frase acuñada por el zapatismo
mexicano, eso de “preferible morir de pie que vivir de rodillas”. Digamos que
es la contraposición individualista a las ideas revolucionarias que se pueden
apreciar en la cinta cubana La última
cena (Tomás Gutiérrez Alea, 1976), título en el que los esclavos, cansados
de tanto atropello, se revelan ante sus amos.
Avance cinematográfico de 12 años de esclavitud
En el terreno de las
actuaciones, el protagonista Chiwetel Ejiofor (Cinturón rojo. David Mamet, 2008) no me pareció acertado, no
encontré la gran actuación que me esperaba, incluso lo vi rebasado por algunos
de sus compañeros de reparto, concretamente por Fassbender y la novel Lupita
Nyong’o; él, transmitiéndonos un sadismo religioso y patológico que lo hacen
quedar como el peor de los villanos, y ella, mostrándonos con gran veracidad
las marcas físicas y emocionales de una vida tortuosa. Por ahí también está la
aparición del a veces excelente y en ocasiones fallido Brad Pitt (El árbol de la vida. Terrence Malick, 2011),
cuya presencia en el filme me parece de lo más malogrado, aunque entendible
toda vez que también fungió como productor de la cinta.
Veo 12 años de esclavitud como una cinta que
representa un paso atrás en la filmografía de Steve McQueen, sobre todo si la
comparamos con Shame, aunque quizá
haya sido para él, en un plano muy personal, una película que necesitaba hacer
(consideremos que es un cineasta de raza negra); igualmente, es un título que
en el contexto cinematográfico industrial de los Estados Unidos viene a voltear
los ojos, lo mismo de productores que de espectadores, a un tema que
históricamente había sido borrado, que seguramente para cierto sector de la
población deberá ser de obligado visionado, sobre todo para entender desde la
historia algunos de los más que justificados resentimientos del tiempo
presente.


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