lunes, 17 de marzo de 2014

La gran decepción


Cuando el director italiano Paolo Sorrentino recibió el Oscar a la mejor película extranjera por la cinta La gran belleza (La grande bellezza, 2013), dentro de su discurso dio las gracias al histórico cineasta Federico Fellini, por ser una fuente de inspiración para él.

Y vaya que se nota la devoción de Sorrentino hacia Fellini, pero más con aquellas películas en las que este segundo se consolidó como representante del llamado «cine de autor», en donde a nivel estético y temático desarrolló un universo propio y reconocible, a partir de obras como La dolce vita (1960) y Ocho y medio (1963), cintas en las cuales el artista fílmico se alejó de la corriente neorrealista que lo vio nacer como cineasta, catapultándolo a ser el icono cinematográfico que hoy en día es. Sin embargo, a mí ese Fellini tan alabado no es el que más me llegó, yo prefiero a aquel cineasta de la década del 50 que, aunque limitado en recursos para filmar, consiguió hacer títulos tan grandes y entrañables como El jeque blanco (1952), Las noches de Cabiria (1957) y, la que considero su obra mayor, La strada (1954).

En el caso de la obra de Paolo Sorrentino soy muy limitado para dar una opinión, pues antes de la La gran belleza sólo había visto Il divo (2008), un filme que me agradó en su espíritu crítico de la clase política italiana tan frívola pero que, como obra en conjunto, no me enganchó.

La gran belleza

Con un palmarés destacado (Oscar, Premio del Cine Europeo, Globo de Oro y BAFTA) y con una amplia aprobación de la crítica, fue con la expectativa que acudí a ver La gran belleza, el sexto largometraje de Sorrentino.


La cinta nos pone en la vida del literato sesentón Jep Gambardella (Toni Servillo), un tipo que escribió una novela en su juventud, de gran éxito, y que de ahí en más sólo se dedicó a vivir en la opulencia, al lado de otros artistas que una noche sí y la otra también se la pasan de fiesta, en la frivolidad total, excéntricos en medio de una ciudad tan mítica como Roma. Gambardella tiene un particular don para ser receptivo de su entorno pero no así para expresar sus sentimientos, desarrollándose socialmente como un tipo tan irónico como corrosivo, que muestra cierto desencanto por su presente y recoge lo mejor de la vida desde el pasado, desde un amor que fue y que no siguió.

Más que dudas sobre las sensaciones que me produjo La gran belleza, tengo dos claras certezas: es una película rodada de la manera más preciosista posible, con una técnica fílmica notable; también es un filme que me dejó frío.

Y es que se supone que el director nos está mostrando a un tipo vacío, desfondado, cuyas mejores experiencias vitales quedaron en tiempos lejanos, que camina las calles romanas en la madrugada, con cierta nostalgia; todo eso que se supone que el cineasta está intentando comunicárnoslo a través de la imagen en movimiento, pero nunca hace efecto en mí, muy al margen de que reconozca que cada plano rodado tuvo detrás de sí una exhaustiva composición y una ejecución inmejorable. La gran belleza habla de sentimientos que tienen que ver con una ruptura vital, pero se intentan transmitir desde la hilaridad, desde un tono irónico y hasta burlón, que no terminan por cuajar a la obra en su conjunto.


Avance cinematográfico de La gran belleza

Es posible que La gran belleza sea una actualización de aquella festividad nocturna italiana retratada por Fellini en La dolce vita, pero es que a mí la misma «dulce vida» felliniana tampoco me llenó, creo que adolece de un componente fundamental que requiere toda película para ser digna de un calificativo como el de «obra maestra»: la emoción. Me gusta lo que veo, me entretiene lo que veo, me parece de una gran hermosura lo que veo, pero no me emociona.

Creo que también gran parte de mi desencanto por La gran belleza pasa por su protagonista, Toni Servillo, un intérprete en el que denoté un punto de sobreactuación desde Il divo, al que no le creo cuando se planta enfrente de la cámara.

Si hablamos de retratar a la aristocracia y todos los problemas que les llegan a las personas acaudaladas en lo individual, prefiero quedarme con el espíritu crítico del también italiano Luchino Visconti, alguien que más allá de tener un estilo visual perfeccionista y pulcro, también sabía cómo meterte en la piel de personas aparentemente poco proclives a tener similitudes con el público masivo, con títulos incontestables como El gatopardo (1963) o Muerte en Venecia (1971).


Con lo anterior tampoco quiero decir que La gran belleza sea una porquería, no, tiene sus momentos (la secuencia del funeral me pareció bastante buena) y algunos personajes entrañables (la directora de la revista con enanismo, la stripper cuarentona o la Santa, con sus 103 años), pero es que la expectativa que tenía sobre esta cinta era muy alta y el resultado fue más bien discreto.

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