Cuando el director italiano
Paolo Sorrentino recibió el Oscar a la mejor película extranjera por la cinta La gran belleza (La grande bellezza, 2013), dentro de su discurso dio las gracias al
histórico cineasta Federico Fellini, por ser una fuente de inspiración para él.
Y vaya que se nota la
devoción de Sorrentino hacia Fellini, pero más con aquellas películas en las
que este segundo se consolidó como representante del llamado «cine de autor»,
en donde a nivel estético y temático desarrolló un universo propio y reconocible,
a partir de obras como La dolce vita
(1960) y Ocho y medio (1963), cintas
en las cuales el artista fílmico se alejó de la corriente neorrealista que lo
vio nacer como cineasta, catapultándolo a ser el icono cinematográfico que hoy en
día es. Sin embargo, a mí ese Fellini tan alabado no es el que más me llegó, yo
prefiero a aquel cineasta de la década del 50 que, aunque limitado en recursos
para filmar, consiguió hacer títulos tan grandes y entrañables como El jeque blanco (1952), Las noches de Cabiria (1957) y, la que
considero su obra mayor, La strada
(1954).
En el caso de la obra de
Paolo Sorrentino soy muy limitado para dar una opinión, pues antes de la La gran belleza sólo había visto Il divo (2008), un filme que me agradó
en su espíritu crítico de la clase política italiana tan frívola pero que, como
obra en conjunto, no me enganchó.
La
gran belleza
Con un palmarés destacado
(Oscar, Premio del Cine Europeo, Globo de Oro y BAFTA) y con una amplia
aprobación de la crítica, fue con la expectativa que acudí a ver La gran belleza, el sexto largometraje
de Sorrentino.
La cinta nos pone en la vida
del literato sesentón Jep Gambardella (Toni Servillo), un tipo que escribió una
novela en su juventud, de gran éxito, y que de ahí en más sólo se dedicó a
vivir en la opulencia, al lado de otros artistas que una noche sí y la otra
también se la pasan de fiesta, en la frivolidad total, excéntricos en medio de
una ciudad tan mítica como Roma. Gambardella tiene un particular don para ser
receptivo de su entorno pero no así para expresar sus sentimientos,
desarrollándose socialmente como un tipo tan irónico como corrosivo, que
muestra cierto desencanto por su presente y recoge lo mejor de la vida desde el
pasado, desde un amor que fue y que no siguió.
Más que dudas sobre las
sensaciones que me produjo La gran
belleza, tengo dos claras certezas: es una película rodada de la manera más
preciosista posible, con una técnica fílmica notable; también es un filme que
me dejó frío.
Y es que se supone que el
director nos está mostrando a un tipo vacío, desfondado, cuyas mejores
experiencias vitales quedaron en tiempos lejanos, que camina las calles romanas
en la madrugada, con cierta nostalgia; todo eso que se supone que el cineasta
está intentando comunicárnoslo a través de la imagen en movimiento, pero nunca
hace efecto en mí, muy al margen de que reconozca que cada plano rodado tuvo
detrás de sí una exhaustiva composición y una ejecución inmejorable. La gran belleza habla de sentimientos
que tienen que ver con una ruptura vital, pero se intentan transmitir desde la
hilaridad, desde un tono irónico y hasta burlón, que no terminan por cuajar a
la obra en su conjunto.
Avance
cinematográfico de La gran belleza
Es posible que La gran belleza sea una actualización de
aquella festividad nocturna italiana retratada por Fellini en La dolce vita, pero es que a mí la misma
«dulce vida» felliniana tampoco me llenó, creo que adolece de un componente
fundamental que requiere toda película para ser digna de un calificativo como el
de «obra maestra»: la emoción. Me gusta lo que veo, me entretiene lo que veo,
me parece de una gran hermosura lo que veo, pero no me emociona.
Creo que también gran parte
de mi desencanto por La gran belleza pasa
por su protagonista, Toni Servillo, un intérprete en el que denoté un punto de
sobreactuación desde Il divo, al que
no le creo cuando se planta enfrente de la cámara.
Si hablamos de retratar a la
aristocracia y todos los problemas que les llegan a las personas acaudaladas en
lo individual, prefiero quedarme con el espíritu crítico del también italiano Luchino
Visconti, alguien que más allá de tener un estilo visual perfeccionista y
pulcro, también sabía cómo meterte en la piel de personas aparentemente poco
proclives a tener similitudes con el público masivo, con títulos incontestables
como El gatopardo (1963) o Muerte en Venecia (1971).
Con lo anterior tampoco
quiero decir que La gran belleza sea
una porquería, no, tiene sus momentos (la secuencia del funeral me pareció
bastante buena) y algunos personajes entrañables (la directora de la revista
con enanismo, la stripper cuarentona o la Santa, con sus 103 años), pero es que
la expectativa que tenía sobre esta cinta era muy alta y el resultado fue más
bien discreto.


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