viernes, 21 de febrero de 2014

Amor, pasión y catarsis: cine total


Cada quién debe tener su definición sobre lo que es el «buen cine». La mía gira en torno a cuatro puntos específicos: que la película me emocione, que me haga reflexionar, que se me quede en la memoria y que me invite a visionarla en repetidas ocasiones.
Una vez que se ha revisado el grueso de las filmografías de cineastas como Ingmar Bergman, Billy Wilder, Alfred Hitchcock o Luis Buñuel, la capacidad de asombro cinematográfico comienza a disminuir, llegando a cuentagotas. En tiempos recientes (de 2004 hasta hoy, por decir) esa sensación gustosa de renovación fílmica me la han dado títulos tan diversos como Secreto en la montaña (Ang Lee, 2005), Antes que el diablo sepa que has muerto (Sidney Lumet, 2007), Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008), Shame (Steve McQueen, 2011), o El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) y, desde luego, ese par de series de televisión producidas por la HBO que me remiten al mejor cine que se haya filmado jamás: hablo de Los Soprano (David Chase, 1999 a 2007) y de The Wire (David Simon, 2002 a 2008). Por supuesto, también están aquellos títulos dirigidos por los grandes maestros del arte cinematográfico que se mantienen en activo: Aki Kaurismäki (Le Havre, 2011), Michael Haneke (Amor, 2012) y el incombustible Woody Allen (Match Ponit, 2005). Y la lista se acorta considerablemente si tomamos como universo las películas que son proyectadas en las salas de cine comercial.

Pero tanta sequía de buen cine se ve recompensada cuando se aprecia una obra maestra del tamaño de La vida de Adèle (La vie d'Adèle - Chapitre 1 & 2. Abdellatif Kechiche, 2013).

La vida de Adèle

Con las más altas expectativas entré a la sala de cine a ver La vida de Adèle, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2013, con una calificación de excelencia por parte de la crítica mundial. Y no es para menos.


Del director tunecino radicado en Francia, Abdellatif Kechiche, sólo había visto con anterioridad el título La escurridiza (L'Esquive, 2003), una cinta romántica de adolescentes, en la que también se dejan ver de refilón situaciones como los migración norafricana en el país galo y las circunstancias sociales en las que se desenvuelve la juventud parisina. Una cinta hecha con realismo, irregular, pero buena en términos generales.

Esta vez, Kechiche nos presenta un drama romántico con La vida de Adèle. Adèle (Adèle Exarchopoulos), una adolescente de 15 años, tiene la vida de muchos estudiantes preparatorianos a esa edad: está llena de dudas, tiene su grupo de amigos, la escuela a ratos le fastidia, tiene momentos en los que se siente sola. Hasta que llega el detonante, el instante en el que se cuestiona sus preferencias sexuales que, en un inicio, son las que le marca la tradición: en teoría le gustan los hombres. Y en la interrogante conoce a quien será el primer amor de su vida (quizá el más grande), Emma (Léa Seydoux), una estudiante de Bellas Artes que resalta del promedio de los jóvenes, tanto por su cabello azul como por su cultivado acervo, a la par de su amenidad. Adèle y Emma llevarán una relación amorosa durante una década, en la que irán del enamoramiento al quebranto, pasando por los problemas.

Es evidente que la anécdota que nos muestra Kechiche a través de su cámara no es una vuelta de tuerca per se. Tampoco hay hallazgos formales en esta cinta como para que se consolide como un antes y un después en el arte de la imagen en movimiento. Sin embargo, La vida de Adèle conjuga todos los elementos de la cinematografía y va más allá de ellos. De entrada, estamos ante un guión preciso al que no le sobra nada; tenemos actuaciones sencillamente perfectas; hay una economía de la narrativa cinematográfica notable; la cinta es potente de inicio a fin.

La vida de Adèle tiene, por mucho, las secuencias de sexo mejor filmadas en la historia del cine: hay en ellas seducción, pasión, catarsis y, sobre todo, una credibilidad que apabulla. Nunca un par de cuerpos me habían transmitido tanto a través del lenguaje audiovisual, y es que todo en ellas (Exarchopoulos y Seydoux) es sincronía y complementariedad. Y el sexo en la obra no es gratuito, en absoluto, es una prolongación de las emociones que a lo largo de la película uno va codificando.


Avance cinematográfico de La vida de Adèle

Si las secuencias de sexo fueron rodadas de manera inmejorable, lo mismo ocurre con los momentos en los que los protagonistas ingieren alimentos: degustan lo mismo pasta a la boloñesa que ostiones en su concha, con una realismo y un goce que trasciende los límites de la cinta.

Qué decir de las miradas al vacío de la actriz  Adèle Exarchopoulos; la cámara funge en este caso como la unión entre el espectador y el interior de la protagonista. Los planos que maneja Kechiche son cortos, la cámara todo el tiempo está pegada a los cuerpos de Adèle y de sus compañeros de reparto. La joven tiene un prodigioso dominio de sus gestos y de sus actitudes; su sola presencia ya ameritaba notas positivas para la película. La mujer derrama lágrimas en más de una ocasión, pero cada llanto tiene un significado distinto.

Con La escurridiza, Abdellatif Kechiche ya bordaba un discurso honesto, de jóvenes conociendo el amor, a través de formas realistas, pero con La vida de Adèle el cineasta llega a su culmen, todo lo hace perfecto.

He de decir que salí sacudido del cine tras ver La vida de Adèle: me estremeció, me excitó, me enamoró, me entristeció, me hizo querer verla una y otra vez. Es cine con letras mayúsculas, todo es magistral en esta obra.

Lo único imperfecto en La vida de Adèle es que no está hecha para todo el público, sobre todo no es recomendable para los idiotas a los que les da risa ver escenas de sexo en pantalla, así como tampoco para los inconscientes que hablan por celular en las salas de cine: es sólo para aquellos a los que nos apasiona el arte del cinematógrafo.

La vida de Adèle ya es una de las películas de mi vida. Es lo que yo llamaría «cine total», cuando todo en una película está dispuesto de manera precisa e inmejorable.

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