Cada quién debe tener su
definición sobre lo que es el «buen cine». La mía gira en torno a cuatro puntos
específicos: que la película me emocione, que me haga reflexionar, que se me
quede en la memoria y que me invite a visionarla en repetidas ocasiones.
Una vez que se ha revisado
el grueso de las filmografías de cineastas como Ingmar Bergman, Billy Wilder,
Alfred Hitchcock o Luis Buñuel, la capacidad de asombro cinematográfico
comienza a disminuir, llegando a cuentagotas. En tiempos recientes (de 2004
hasta hoy, por decir) esa sensación gustosa de renovación fílmica me la han
dado títulos tan diversos como Secreto en la montaña (Ang
Lee, 2005), Antes que el
diablo sepa que has muerto (Sidney
Lumet, 2007), Déjame entrar (Tomas
Alfredson, 2008), Shame (Steve McQueen,
2011), o El árbol de la
vida (Terrence Malick, 2011)
y, desde luego, ese par de series de televisión producidas por la HBO que me
remiten al mejor cine que se haya filmado jamás: hablo de Los Soprano (David Chase, 1999 a 2007) y de The Wire (David Simon, 2002 a 2008). Por
supuesto, también están aquellos títulos dirigidos por los grandes maestros del
arte cinematográfico que se mantienen en activo: Aki Kaurismäki (Le Havre, 2011), Michael Haneke (Amor, 2012) y el
incombustible Woody Allen (Match Ponit, 2005). Y la lista se acorta
considerablemente si tomamos como universo las películas que son proyectadas en
las salas de cine comercial.
Pero tanta sequía de buen
cine se ve recompensada cuando se aprecia una obra maestra del tamaño de La vida de Adèle (La vie d'Adèle - Chapitre 1 & 2. Abdellatif Kechiche, 2013).
La
vida de Adèle
Con las más altas
expectativas entré a la sala de cine a ver La
vida de Adèle, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2013,
con una calificación de excelencia por parte de la crítica mundial. Y no es
para menos.
Del director tunecino
radicado en Francia, Abdellatif Kechiche, sólo había visto con anterioridad el
título La escurridiza (L'Esquive, 2003), una cinta romántica de
adolescentes, en la que también se dejan ver de refilón situaciones como los
migración norafricana en el país galo y las circunstancias sociales en las que
se desenvuelve la juventud parisina. Una cinta hecha con realismo, irregular,
pero buena en términos generales.
Esta vez, Kechiche nos
presenta un drama romántico con La vida
de Adèle. Adèle (Adèle Exarchopoulos), una adolescente de 15 años, tiene la
vida de muchos estudiantes preparatorianos a esa edad: está llena de dudas,
tiene su grupo de amigos, la escuela a ratos le fastidia, tiene momentos en los
que se siente sola. Hasta que llega el detonante, el instante en el que se
cuestiona sus preferencias sexuales que, en un inicio, son las que le marca la
tradición: en teoría le gustan los hombres. Y en la interrogante conoce a quien
será el primer amor de su vida (quizá el más grande), Emma (Léa Seydoux), una estudiante de Bellas
Artes que resalta del promedio de los jóvenes, tanto por su cabello azul como
por su cultivado acervo, a la par de su amenidad. Adèle y Emma llevarán una
relación amorosa durante una década, en la que irán del enamoramiento al quebranto,
pasando por los problemas.
Es evidente que la anécdota
que nos muestra Kechiche a través de su cámara no es una vuelta de tuerca per
se. Tampoco hay hallazgos formales en esta cinta como para que se consolide
como un antes y un después en el arte de la imagen en movimiento. Sin embargo, La vida de Adèle conjuga todos los
elementos de la cinematografía y va más allá de ellos. De entrada, estamos ante
un guión preciso al que no le sobra nada; tenemos actuaciones sencillamente perfectas;
hay una economía de la narrativa cinematográfica notable; la cinta es potente
de inicio a fin.
La
vida de Adèle tiene, por mucho, las secuencias de sexo
mejor filmadas en la historia del cine: hay en ellas seducción, pasión,
catarsis y, sobre todo, una credibilidad que apabulla. Nunca un par de cuerpos
me habían transmitido tanto a través del lenguaje audiovisual, y es que todo en
ellas (Exarchopoulos y Seydoux) es sincronía y complementariedad. Y el sexo en
la obra no es gratuito, en absoluto, es una prolongación de las emociones que a
lo largo de la película uno va codificando.
Avance cinematográfico de La vida de Adèle
Si las secuencias de sexo
fueron rodadas de manera inmejorable, lo mismo ocurre con los momentos en los
que los protagonistas ingieren alimentos: degustan lo mismo pasta a la boloñesa
que ostiones en su concha, con una realismo y un goce que trasciende los
límites de la cinta.
Qué decir de las miradas al
vacío de la actriz Adèle Exarchopoulos; la
cámara funge en este caso como la unión entre el espectador y el interior de
la protagonista. Los planos que maneja Kechiche son cortos, la cámara todo el
tiempo está pegada a los cuerpos de Adèle y de sus compañeros de reparto. La
joven tiene un prodigioso dominio de sus gestos y de sus actitudes; su sola
presencia ya ameritaba notas positivas para la película. La mujer derrama
lágrimas en más de una ocasión, pero cada llanto tiene un significado distinto.
Con La escurridiza, Abdellatif Kechiche ya bordaba un discurso honesto,
de jóvenes conociendo el amor, a través de formas realistas, pero con La vida de Adèle el cineasta llega a su
culmen, todo lo hace perfecto.
He de decir que salí
sacudido del cine tras ver La vida de
Adèle: me estremeció, me excitó, me enamoró, me entristeció, me hizo querer
verla una y otra vez. Es cine con letras mayúsculas, todo es magistral en esta
obra.
Lo único imperfecto en La vida de Adèle es que no está hecha para todo
el público, sobre todo no es recomendable para los idiotas a los que les da
risa ver escenas de sexo en pantalla, así como tampoco para los inconscientes que hablan
por celular en las salas de cine: es sólo para aquellos a los que nos apasiona
el arte del cinematógrafo.
La vida
de Adèle ya
es una de las películas de mi vida. Es lo que yo llamaría «cine total», cuando
todo en una película está dispuesto de manera precisa e inmejorable.


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