Cuando pienso en la
perfección cinematográfica, de gente que se planta frente a una cámara de
manera inmejorable, irremediablemente llega a mi cabeza ese inconmensurable
actor estadounidense llamado Gene Hackman.
El nacido en San Bernardino,
California (Estados Unidos) ha hecho una variedad incalculable de papeles, en
películas que van desde la comedia más superflua hasta el western más clásico.
A Hackman seguramente le vi
por primera vez dando vida a Lex Luthor en Superman
(Richard Donner, 1978), haciéndola de un villano de lo más ameno, de hecho me
cayó mejor que el superhéroe en cuestión (un Christopher Reeve que lo hizo bien
de Clark Kent).
Repasando a su carrera como
intérprete, la película que le dio fama mundial fue la ya clásica Bonnie y Clyde (Arthur Penn, 1967),
violento thriller en el que Hackman
se juntaba con la pareja protagónica (Warren Beatty y Faye Dunaway), destacando
su natural explosividad y quedando a la altura de un filme por demás destacado.
Para mi gusto, su siguiente
papel destacado fue ese potente drama policiaco titulado Contacto en Francia (William Friedkin, 1971), en donde aparecía
como un agente justiciero bastante al margen de la ley, codeándose al lado de
ese inigualable intérprete español llamado Fernando Rey, que hacía de
antagonista, en una cinta que sin duda situó a Hackman del lado de esos actores
que son cosa seria, que por sí solos te llenan la pantalla.
El 1978, ya consolidado en
la industria hollywoodense, se juntó con Francis Ford Coppola para hacer La conversación, cinta de intriga
psicológica en la que interpretó a un enfermizo espía independiente llamado
Harry Caul, que hacía grabaciones de personas de una manera obsesiva, un tipo
solitario que se la vivía en su muy particular obsesión de escucha, en una interpretación
que para mi gusto lo llevó al peldaño más alto de los intérpretes de la
historia del cine; es de los personajes de ficción que más me han apabullado,
una actuación trazada con insuperable maestría.
Gene Hackman incluso tuvo el
privilegio (mutuo privilegio) de trabajar con Woody Allen en Otra mujer (1988), en un papel de
reparto más contenido que en títulos anteriores, haciéndola de amante de Gena
Rowlands, perteneciente a un amoroso recuerdo que le quedó al pie.
Ya en los noventa, el actor norteamericano se puso a las órdenes de Clint Eastwood
en el majestuoso western titulado Los imperdonables, película en la que
retomaba el papel de policía rudo, esta vez con un registro más contenido que el
del agente «Popeye» Doyle en Contacto en
Francia, dando muestras de su capacidad para matizar papeles que uno
pensaría son paralelos, casi idénticos, dando fe de su enorme capacidad de dar
en el blanco a la hora d hablar de registros histriónicos.
Hackman incluso la hizo de
presidente de los Estados Unidos en ese sabroso thriller llamado Poder absoluto (1996), también dirigido
por Eastwood, en el que se veía a un mandatario norteamericano más bien
depravado, cobarde, que tiene que ocultar un crimen. Aunque su interpretación
fue complementaria en esta película, sin duda nos regaló un papel pequeño pero
sustancial.
En la parte final de su
carrera, Hackman se dio el lujo de elegir a placer papeles tan disímiles como
correctamente ejecutados, en títulos como El
último golpe (David Mamet, 2001), Los
Tenenbaums (Wes Anderson, 2001) o El
jurado (Gary Fleder, 2003).
En 2004, Gene Hackman puso
fin a su carrera cinematográfica por decisión propia, con una muy ligera
comedia, Bienvenido a Mooseport (Gary
Fleder), en la cual, como siempre, llevó a cabo una interpretación de la mejor
manera posible, poniéndose en la piel de un ex presidente de EE.UU. (otra vez)
que es sacado del retiro para ser candidato a la alcaldía de un modesto pueblo.
Está bien, la película es malísima pero Hackman sale airoso.
En las siete decenas de
películas que participó Gene Hackman, ya sea como secundario de lujo o como
inmenso protagonista, buenas malas y regulares, siempre se vio extraordinario.
Hackman decidió retirarse del cine para dedicarse enteramente a la literatura
(no sé si ya publicó algo; me imagino que como escritor también debe ser muy bueno), pero dejó un legado inigualable
en el cine, representando a ese modelo de actor que raya la perfección.
Cierro este artículo
con una frase que me parece define a Hackman de la mejor manera, retomada de la
película en la cual participó con David Mamet: «El hijo de puta es tan cabrón
que cuando se va a dormir las ovejas lo cuentan a él».


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