viernes, 15 de noviembre de 2013

La maestría de Akira Kurosawa


Habiendo visto apenas la mitad de la filmografía del legendario Akira Kurosawa, uno al escuchar su nombre se hace de ideas sobre las temáticas de su cine.  El director japonés es icónico en parte por sus obras relacionadas con samuráis, retratando épocas pasadas, un artista al que podríamos encaramar como un constructor de dramas épicos.

Al cine de Kurosawa le entré por la puerta más grande, Rashomon (1950), una película que enteramente proporciona las claves generales de su obra, filme que lo convirtió en referente mundial, en donde veíamos lo mismo a un samurái renegado que a una mujer que vive a la sombra de los guerreros, más las grandes reflexiones humanistas en torno a la vida. Adicional a lo anterior, en Rashomon vemos una importante cavilación sobre el uso del tiempo fílmico, sobre la generación de atmósferas, sobre lo subjetivo de contar una historia. La trama nos muestra como tres personas dan versiones diferentes sobre el asesinato de un hombre y la presunta violación de una mujer a manos de un bandido solitario. Una cinta completamente adelantada a su tiempo, que hoy mismo luce vanguardista. También, en Rashomon Kurosawa nos presenta a dos de sus actores fetiche, los portentosos Toshirô Mifune y Takashi Shimura.
Otras cintas destacadas que también recuerdo de Kurosawa son Vivir (1952), excelso pero depresivo retrato de la soledad y la vejez; Los siete samuráis (1954), trepidante película de acción contextualizada en el Japón de hace 500 años, que no me maravilló como muchos cuentan; Trono de sangre, sublime drama shakesperiano lleno de samuráis, incluso moderno para estos días; y Kagemusha (1980), drama épico cuya anécdota tiene mucha gracia (un donnadie, por su tremendo parecido con un líder militar, es elegido para sustituirlo), además de poseer una magna coreografía de colores, que al final no me dejó del todo convencido.

Por supuesto que no puedo dejar de hablar de una de mis películas favoritas del cineasta japonés, Dersu Uzala (1975), obra culmen del drama y de las emociones, en donde un militar soviético perdido en los bosques siberianos conoce a un solitario nómada, Dersu, personaje que más allá de ayudarlo a sobrevivir le dará una tremenda lección de vida al soldado, despertando las sensibilidades que representa la comunión entre los humanos y la naturaleza, haciendo un retrato puro de la amistad.

Con lo antes mencionado, Akira Kurosawa tiene todas las cualidades para ser descrito como un cineasta representante de eso que llamamos «cine de autor», porque lo que hace sólo responde a los propios códigos de su universo personal.

El Infierno del Odio

Dejando de lado cualquier referencia al Japón feudal y a las disertaciones sobre los valores y la vida misma, Kurosawa realizó en 1963 El Infierno del Odio, obra  que para mí era un hecho inusitado: el «emperador» incursionó en el cine de género, en este caso el «thriller» en clave de «cine negro».


La anécdota de El Infierno del Odio nos lleva al drama que vive un empresario de la industria del calzado (Toshirô Mifune) quien, a punto de dar un gran paso en su desarrollo profesional, recibe la noticia de que su hijo fue secuestrado. Más tarde, el empresario y su mujer se encuentran con el niño, enterándose que en el proceso del secuestro hubo una equivocación, privando de la libertad al hijo del chófer del propio empresario. El protagonista deberá decidir entre pagar el rescate del niño (que no es su hijo) o usar el recurso económico para emprender el negocio de su vida.

La sinopsis descrita tiene que ver sólo con una de tres partes en las que dividida El Infierno del Odio, porque precisamente, después del drama que le genera al protagonista la disyuntiva entre pagar o no pagar el rescate del chico secuestrado, la película nos lleva en un segundo episodio hacia la investigación del caso de secuestro, para desembocar en un tercer capítulo que sería el de la persecución del criminal.

Esa primera parte de la película es prodigiosa; a nivel espacio, Kurosawwa nos encierra en el apartamento del protagonista, en donde se experimenta la tensión producto del secuestro, sitio en donde se hacen las negociaciones del rescate así como también quedamos inmersos en la mente del personaje al que da vida Mifune, con todos sus cambios de ánimo, de punto de vista, bajo la terrible visión de que si se trata del hijo de uno no hay duda, hacemos todo por recuperarlo, pero cuando se trata del hijo de otro, tenemos nuestras reservas. Esta parte me recordó a la tensión suscitada en la película La Soga (1948), de Alfred Hitchcock, recluyéndonos en un solo espacio, concentrando la tensión entre cuatro paredes aunque, en el caso de Kurosawa, dotando a la atmósfera más de dilemas en estado puro que de ese nerviosismo del propio del suspense, aunque esta última característica sí que se puede ver en una secuencia posterior que se desarrolla en un tren, justo en la culminación de las negociaciones del secuestro.

En el apartado de la investigación de El Infierno del Odio, vemos el retrato de una minuciosa pesquisa por parte del cuerpo de policía, en donde nos alejamos de la tensión dramática de la primera parte para inmiscuirnos en terrenos propios de lo policiaco/detectivesco, con una agilidad narrativa que empareja a Kurosawa con gente del cine industrial del Hollywood del tamaño de Billy Wilder (Perdición, 1944).

Finalmente, está la parte de la persecución del criminal, momento en el que El Infierno del Odio me lleva a recordar algunas de las mejores secuencias de ese gran cineasta llamado Orson Welles, en cintas emblemáticas del «cine negro» como La dama de Shanghái (1947) o Sed de Mal (1958), en las que prima la confusión y algunos espacios laberínticos que desconciertan tanto al persecutor como al propio espectador.

No quiero tampoco dejar de mencionar la inmensa interpretación de Toshirô Mifune, que demuestra algo más que la explosividad que nos había regalado en su rol de samurái en otras películas de Kuroswa; en El Infierno del Odio se contiene cuando hay que hacerlo, explota en el momento preciso, es cerebral cuando así lo requiere su personaje; es el gran papel de Mifune.

Otro elemento que pasará a la historia del cine es el empleo del color como un elemento que dota de sentido a la narración. Y es que esta película, a pesar de haber sido filmada en blanco y negro, tiene sólo un momento en el que aparece el color (rosado), instante determinante para dar con el paradero del criminal que se persigue, en un ejercicio que me recordó totalmente al empleo del sonido ejercido en M, el Vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang, que en su caso utilizó el recurso sonoro como herramienta para dar con la identidad del villano.

Sin  dudarlo, El Infierno del Odio está entre mis películas favoritas no sólo de la filmografía de Kurosawa sino del cine en general, dando una lección el cineasta japonés de cómo puede pasar de enfoques narrativos diferentes en una misma obra, con consistencia, recogiendo lo mejor de otros grandes maestros (Hitchcock, Welles o Wilder), una aptitud que sólo tienen los superdotados del cine, que son muy pocos.

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