La cinematografía francesa
es quizá la más importante de Europa (al margen de considerar que en ese país
se inventó el cine). En Francia vemos que existe la suficiente canalización de
recursos como para equilibrar tanto proyectos autorales (calificados como «cine
de arte») como producciones estrictamente industriales (el famoso «cine
comercial»). Me doy cuenta, a la distancia (desde México), de que algo se está
haciendo bien en aquel país en materia de cine, pues en esa nación hay espacio
para cineastas con propuestas diversas.
Del otro lado del Pacífico
nos llegan lo mismo títulos de directores consagrados (Polanski, Haneke o los
hermanos Dardenne) cuyos trabajos fortuitamente son financiados y promovidos desde
el país galo, a la par de producciones que se nota pertenecen a lo más mundano
(en el mejor sentido del término), pero que para nada desmerecen el aplauso del
espectador.
Reflexionando sobre lo
anterior, me doy cuenta con buen ánimo que a pesar de la escasa difusión cinematográfica
(más allá de los blockbuster, que
esos sí acaparan la cartelera) al país nos han llegado bien que mal películas
ampliamente disfrutables; cintas que no son obras maestras, ni mucho menos,
pero que tienen consistencia. Me remito entonces a algunas comedias francesas
que tienen quizá argumentos facilones, guiones con cierta irregularidad, pero
que sí nos muestran profesionalismo en todos sus procesos, empaque y
sensibilidad narrativa-cinematográfica.
Así, títulos como Amigos (Olivier Nakache, Eric Toledano;
2011), Mujeres al Poder (François
Ozon, 2010) o Un amor de altura (Rémi
Bezançon, 2005) me parecen modelos aspiracionales para las cinematografías comerciales,
en donde el público más amplio puede acudir a disfrutar una película ordinaria
y simple, pero que a final de cuentas está bien construida.
Camille Regresa
Para mí, era inédita
cualquier realización con la firma de Noémie Lvovsky, actriz, directora y
escritora de cine, cuyos trabajos han tenido reconocimiento en Francia y en
ciertas parte de Europa. Es hasta el presente 2013 cuando tuve la oportunidad
de ver algún título suyo, en este caso la comedia Camille Regresa (2012).
La película va de una
cuarentona actriz en decadencia (aunque tampoco parece que le haya ido muy bien
antes) de nombre Camille, encarnada por la propia Lvovsky, que en el año 2008,
en medio de un divorcio y un desahucio, experimentas un viaje en el tiempo,
regresando a la época pasada de 1985, justo cuando ella tenía 16 años.
Camile está consciente de
que ella no pertenece a ese tiempo pero decide aprovechar su estancia pretérita
para modificar aquellas situaciones que en el presente le han traído más
desdichas que nada. Entre otras cosas, intentará evitar la muerte de su madre,
así como relacionarse con su ex esposo del futuro, piezas claves de su
amargura. También, se reunirá con sus amigas de toda la vida, en plena época de
la escuela secundaria.
Avance cinematográfico de Camille Regresa
La cinta tiene mucha gracia
porque, a pesar de que uno está viendo en pantalla a una señora cuarentona, su interacción en el
pasado se da como si fuera una adolescente. Como muchos filmes que recurren a
la figura de los viajes en el tiempo, la directora aprovecha para mostrarnos
referentes icónicos culturales de los años 80, que da toda la impresión de que
a la también guionista la marcaron.
Camille
Regresa me remite a títulos como Volver al Futuro (Robert Zemeckis, 1985) o a Si Yo Tuviera 30 (Gary Winick, 2004), en el sentido de que los
referentes temporales dan el tono cómico de la narración (Camille en tiempo
presente es una alcohólica, por lo que y al encontrarse con sus padres en el
85, cuando ella era todavía menor, esa condición se consolida como un elemento propicio
para la risa). Veo también que la película se emparenta con Medianoche en París (Woody Allen, 2011),
principalmente por su tono reflexivo, que se queda en este caso muy al borde de
llegar al didactismo.
En general, todos los
elementos técnicos y artísticos están en correcto orden en Camille Regresa. A mí lo que más me gustó de la película, por
encima de lo que nos cuenta, es esa transparencia de Noémie Lvovsky para no
querernos vender algo más de lo que es su producto fílmico, con todas sus
características buenas y malas. Creo que para que la cosa funcione en una
película, sobre todo desde el lado artístico, es esencial que los encargados
medulares de trasladar la narración a imágenes en movimiento sean honestos ellos
mismos y con el espectador.
Posiblemente no me
identifique mucho con lo que veo en Camille
Regresa, pero debo decir que es una cinta que disfruté en su medida, un
título ejemplar de lo que debería ser el cine comercial en México, por ejemplo,
ese también llamado «dominguero»; Camille
Regresa es una buena comedia que te saca más de una risa, que te va
llevando en el ritmo indicado y que no se sale por la tangente de la
chabacanería o de lo gratuito.

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