jueves, 12 de septiembre de 2013

Algo sobre el inmenso Buñuel. Parte II


En una de las entregas anteriores hablé sobre la etapa mexicana del cineasta LuisBuñuel, concentrándome específicamente en esa obra perturbadora titulada Él (1952).

Dentro del mencionado artículo hice referencia a la carencia de recursos con la que filmaba sus películas el director aragonés, que se las tuvo que ingeniar para poder poner una parte de su mundo muy personal inscrito en el melodrama comercial mexicano.
Dando seguimiento cronológico a la filmografía de Buñuel, nos encontramos que a partir de los años 60 comenzó a intercalar producciones mexicanas con europeas, periodo en el que rodó títulos como Viridiana (1961), Simón del desierto (1965), Bella de día (1967) y mi favorita de la década, El ángel exterminador (1962). Los trabajos de Buñuel de dichos años denotan una mayor libertad creativa, saliéndose de la circunscripción narrativa más clásica, dando paso a la experimentación, a la provocación argumental y a la disposición de mayores recursos técnicos-artísticos.

Sin embargo, su establecimiento definitivo en Europa (principalmente en Francia) se dio en la década del  70, cuando ya era un cineasta en vías de la consagración, reconocidísimo en el mundo del cine.

Tristana

La última película que Luis Buñuel rodó en España fue Tristana (1970), obra que significó su retorno al país que lo vio nacer luego de que 10 años atrás hubiera desatado polémicas con el filme Viridiana.


Tristana cuenta la historia de una joven (Catherine Deneuve) que tras la pérdida de sus padres queda bajo el resguardo de Don Lope (Fernando Rey), un burgués de edad avanzada venido a menos, en algún pueblo de la España de principios del siglo XX.  Lope da signos de ser una figura paterna estricta, pero no tardará en enamorarse de la joven Tristana (epónima de la película). 

Habiendo pasado algún tiempo enclaustrada en casa de Lope, y bajo su yugo, Tristana comienza a ver el mundo exterior, a respirar, y termina enamorada de un joven artista (Franco Nero), mismo de quien acabará enganchada, alejándose de Don Lope. Más adelante, Tristana y su novio (que nunca esposo) regresan al pueblo luego de que a ella se le detectara un tumor en una pierna y quisiera pasar su convalecencia cerca de su tutor. Así, Tristana se aleja del amor y reinicia su vida con Lope, aunque de una forma muy distinta a la inicial, pues ella llevará ahora las riendas de la relación.

La película tiene todo lo que el buen cine demanda para pasar a la inmortalidad: una dirección precisa, interpretaciones inmejorables, un guión completo y un despliegue artístico excelso.

Aunque la cinta está basada en una novela de Benito Pérez Galdós (así como también Nazarín, 1959), Buñuel optimiza el texto original y lo calza como mejor no se pudo haber hecho al complejo arte de la imagen en movimiento y, sobre todo, a su muy particular visión de la vida. En Tristana están presentes todas las inquietudes de su director: cuestionamientos al catolicismo (hay un desencanto permanente de la religión), el tono irónico, el perfil surrealista (visto en los sueños de Tristana) e, incluso, un reflejo de lo que fue la visión crítica del propio Buñuel hacia el franquismo (con el ascenso de Franco en España el cineasta tuvo que exiliarse).


Avance cinematográfico de Tristana

Los protagonistas ostentan una complejidad tan profunda como bien llevada. Está Tristana, quien nos es presentada como una inocente juguetona, que pasa luego a ser un objeto de deseo, una romántica, desembocando en la amargura, en una turbiedad inquietante que sólo alguien con los alcances histriónicos de la francesa Catherine Deneuve lo podía haber hecho. Por supuesto que también está Don Lope, ese aspirante a aristócrata que por otro lado tiene como filosofía defender al más débil, con un lado obscuro que en algún momento lo lleva a decirle a Tristana que él es su padre y su esposo (se percibe una atmósfera incestuosa en toda la cinta); para mí la mejor interpretación que he visto de Fernando Rey (que no es poca cosa). Y los secundarios igualmente portentosos: desde el amante perfecto al que da vida Franco Nero, hasta Lola Gaos, que encarna a una ama de llaves que funge como receptora de los protagonistas; y ese chico sordomudo que será el enamorado secreto pero fiel de Tristana, encarnado por Jesús Fernández.

Tristana es probablemente el trabajo más refinado de Luis Buñuel, con una historia hasta cierto punto corta, pero que encierra a mi juicio la visión más crítica y turbia en la filmografía del autor. Para mí es su obra maestra absoluta.

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